martes, 7 de abril de 2026

07/04/2026: Me equivocaría otra vez

Hace unos 10 años, durante el quinto año de carrera, un par de semanas de rotación en Medicina de Familia, bastaron para convencerme de que yo no podía ser médica de familia. Era una especialidad aburrida, simple y desagradecida.

En sexto, el rotatorio volvía a ser obligatorio, aunque esta vez duraba un mes entero.  Podía convertirse en un auténtico infierno.

Busqué la manera de endulzarme la experiencia. Localicé el centro de salud de uno de los profesores de la asignatura. Parecía un tipo motivado que prometía romper los prejuicios y reticencias con los que yo iba absolutamente cargada.  No lo pensé dos veces: miré el listado, llamé a la compañera que se suponía que rotaba con el «superprofesor» en cuestión. Estuvo encantada de hacerme el cambio, y yo feliz, sin sospechar que me estaba equivocando.

Me bailó una línea.

Una sola línea.

Esa línea que lo cambió todo.

Había intercambiado mi puesto con alguien que sí iba a rotar en aquel centro de salud… pero con otra persona.  Me di cuenta la víspera de comenzar las prácticas: mi tutor sería alguien que no conocía, un tal CCS…

No, no, no… ¡No! ¡Otra vez no!

Llamé desesperada a mi compañera para intentar deshacer el cambio, pero ya era imposible… Anticipé un mes desperdiciado de nuevo, lo di todo por perdido: «¿Quién diablos es ese CCS? ¿Cómo he podido despistarme tanto? Esto me pasa por idiota…» La rabia no me dejó descansar bien esa noche.

Al día siguiente llegué al centro de salud resignada, arrastrando los pies. Allí me indicaron cómo llegar a su consulta. Leí su nombre en la puerta y sentí que aquel letrero se burlaba de mí.

—Toc, toc… ¿se puede?

Ahí estaba él. Era mucho peor de lo que podía anticipar.

Parecía mayor.  Llevaba la camisa del pijama blanco, sin una bata que le diese la presencia que yo creía fundamental; un boli Bic en el bolsillo y ni un solo logo farmacéutico, como si ningún “sponsor” quisiera patrocinarle… Me pareció un tipo gris, y antes de conocerlo le adjudiqué el papel de “mi nuevo fracaso” … Porque, lo admito, soy idiota.

Fue un primer día de rotación atípico. Se presentó y, aunque en la consulta no había mucho espacio, me mostró una silla cómoda junto a la suya, preparada para mí. Raro. Se preocupó por saber si desde mi posición leía bien la pantalla. Muy raro. Antes de ver a algunos pacientes me explicaba cosas que sabía de antemano sobre ellos. Muy, pero que muy raro. Incluso comentaba aspectos interesantes cuando se marchaban. Rarísimo. Como si de verdad le importara que yo aprendiera algo en cada consulta. «Qué tipo tan… raro», pensé.

Mi madre, también médica de familia —y conocedora de mi absoluto rechazo a su especialidad—, me llamó al salir:

—¿Qué tal ha ido? —preguntó con miedo.

—Pues... Supongo que muy bien. No sé si me he equivocado o he acertado de lleno. Ya te contaré. — Mi madre debió alucinar.

El segundo día yo fui con la desconfianza de quien piensa que todo lo bueno se acaba, y que la primera impresión puede ser forzadamente buena, pero es difícil de mantener. Cuando llegué a su consulta, me estaba esperando. Me saludó por mi nombre. Sí, dijo “Buenos días MARÍA”. Lo dijo alto y claro, y allí no había nadie más que yo. Ningún tutor recordaba mi nombre al día siguiente de empezar, no señor, ninguno.  “Este tipo es francamente raro y… me encanta”.

Mis resistencias se desmoronaron por completo y los días siguientes fueron indescriptibles. Disfruté tantísimo viendo cómo trataba de ejercer una medicina sin tantas etiquetas, mínimamente impertinente; una medicina que escucha, siente y padece con sus pacientes; que se desplaza hasta sus casas; que no acaba al salir de la consulta; que tolera y convive con la incertidumbre; que se apoya en la ciencia incluso para las cosas sencillas y que maneja la complejidad con prudencia.

Me resolvió algunas preguntas que yo traía -eso lo hicieron muchos-, pero despertó muchas más dudas e inquietudes, aún más importantes -eso no lo hace cualquiera. Me hizo envidiar su mirada crítica, su curiosidad y su voluntad de seguir aprendiendo cada día.

Recuerdo muchos momentos a su lado, se han grabado a fuego en mi memoria aquellos en los que la ciencia mostraba su lado más humano.

Recuerdo la ternura con la que visitaba a una anciana en su casa, sentándose en un sofá muy bajo -y seguro que muy incómodo-, solo para estar a su altura al hablar.  Recuerdo que, instintivamente, yo me agaché para ser espectadora de la magia que había entre ellos. Lo recuerdo enseñándome a explorar, pidiendo permiso a los pacientes y cuidando su intimidad como hasta entonces no había visto hacerlo a nadie. Lo recuerdo confrontando con una paciente la necesidad de una prueba, con asertividad y convicción, pero sin perder el control ni dañar la relación en un ejercicio de equilibrio preciso y cuidadoso. Lo recuerdo preocupado por una urgencia en un paciente conocido —una caída con una brecha en la cabeza—; casi puedo verlo saliendo de su consulta, diciendo “nos vamos” y dejando todo atrás, actuando rápido pero seguro, incluso estando fuera de su zona de confort.

Recuerdo a una compañera, médica de familia, acudir a su consulta.  Él era el médico de otros médicos, confiaban en él aunque no había grandes diferencias en el trato impecable que daba a cualquier otro paciente; o precisamente por eso…

A mitad del rotatorio ya no podía mirarlo sin sentir una tremenda admiración y respeto.  Tenía remordimientos por haber pensado que no sería lo suficientemente bueno para mí; como ya he comentado, soy idiota.

Y hubo muchos más pacientes ese mes, pero hay un recuerdo que supera a los demás, el que lo cambió todo.

Un día fui a casa de un matrimonio de ancianos para hacer una historia clínica.  Era un trabajo propuesto para terminar las prácticas.  Debía acudir yo sola. Con mi fonendo y mi libreta en la mochila, como si aquel fuera ya mi primer maletín. La pareja me recibió en su casa porque iba de parte de su médico, y allí desarrollé la entrevista según lo esperado.  Fue sencillo, fue cómodo, fue gratificante. Inexplicablemente me sentí muy capaz de hacer esas visitas el resto de mi vida.

Aproveché la ocasión para preguntar a aquella pareja algo que no estaba en el guion: ¿cómo era tener a CCS como médico? Contestaron que siempre estaba para ellos, que tenían una confianza ciega en él, que nunca lo culparían si les pasaba algo, porque en su fragilidad entendían que él cuidaría de ellos, siempre. Me dijeron que lo querían, mucho. Lo dijeron honestamente, con los ojos desbordados de un cariño genuino.

Aquel matrimonio me desveló que la medicina de familia es la única especialidad capaz de vincular con una fuerza arrolladora a los médicos con sus pacientes. Era la especialidad más bonita de todas. Y entonces me lo pregunté por primera vez: ¿quizá era para mi?

Cuando el mes terminó escribí una reflexión que quise entregarle para agradecer todo lo que había desatado en mí. La leyó y probablemente no fue consciente de las dudas que empezaban a generarme un agradable hormigueo en la piel.  Aún así, antes de despedirnos dijo:

 —Ya sé que quieres ser pediatra, y serás una pediatra excelente.  Pero si alguna vez albergas dudas, estoy seguro de que también serías una extraordinaria médica de familia.

No creí que lo dijese sin pensarlo, no acostumbra a hablar a la ligera.  Él me mostraba su forma de trabajar sin hacer propaganda de su especialidad, no quería convencerme de nada. Hasta entonces no había hecho mención a mi elección de la especialidad.  Fui yo misma quien confesó que quería ser pediatra, casi en defensa propia cuando vi que las dudas empezaban a aflorar. Aquella frase suya puso en palabras lo que yo llevaba días intuyendo, verbalizó un poderoso presagio que yo aún no sabía gestionar.  Sentí que su mensaje calaba misteriosamente en mí, haciendo tambalear a mi inquieta vocación.

Más de un año después, en el Ministerio, subí al estrado para elegir mi especialidad.  Me acordé de muchas cosas; también de CCS, su consulta y sus pacientes… Convencida de lo que estaba haciendo, estando frente a aquella plaza de pediatría, elegí.

No quise ser como él -aunque le admiro profundamente-. Pero por su culpa me enamoré de la Medicina de Familia que me presentó, la elegí porque quise dedicarle mi vida y practicarla a mi manera y, esta vez, no me equivoqué.

Si has leído todo esto —y tengo la certeza de que lo has hecho, amigo mío—, siento no habertelo contado mucho antes; como sabes, soy idiota.  Quiero que sepas que, de alguna forma, me cambiaste la vida, y siempre te estaré agradecida. Me volvería a equivocar de tutor una y mil veces para encontrarte.  Me encantaría convertirme en esa médica de familia de la que puedas estar orgulloso.

Gracias por todo, Car.. digo CCS.





miércoles, 1 de abril de 2026

01/04/2026: El ficus que se plantó

Hace unos 10 años, durante mi rotación en Ginecología y Obstetricia, se me asignó un periodo de dos semanas en la consulta de reproducción asistida.  Cuando mi tutora faltó, fue un colega suyo quien se comió el marrón de atender a la estudiante.

Yo pensaba, ingenuamente, que continuaríamos la misma cadencia que mi tutora: que aunque no se presentó, no me desvelaba los motivos de consulta de las pacientes que atravesaban su puerta, ni me permitía leer sus anotaciones... quizá dejaría caer alguna explicación ocasional, quizá respondiese alguna de mis dudas si la planteaba en el momento oportuno.

Recuerdo que al salir una de las pacientes, cuando terminó de escribir en su historia, antes de que la enfermera llamase a la siguiente, se me ocurrió preguntar excusándome previamente: 

— ¿Cuál es el número máximo de ciclos de estimulación hormonal sucesivos a los que se puede someter a una paciente con seguridad?

Me pareció una pregunta estándar. Él me miró y me dijo:

-    — Si haces preguntas vamos a ir más despacio y tardarás más en irte a tu casa.

No volví a preguntar absolutamente nada, efectivamente me entraron ganas de irme a mi casa. Tenía que quedarme siguiendo la pauta de "ver, oír y callar", así que me convertí en un ficus (un ficus es una planta de clima subtropical, de porte arbóreo o arbustivo, con hojas grandes, lanceoladas y de haz brillanteuna planta común que decora y no molesta vaya).

No era la primera vez que me convertía en un arbusto, ni sería la última. Pero aquello sólo fue su tarjeta de presentación, lo que mejor recuerdo de él llegó con las últimas citas. 

Era una chica joven, delgadita, pequeña, que entraba con una inquietud palpable.  Venía a su control tras la implantación de embriones por una fecundación in vitro.  Venía sola.  Se desvistió y se colocó en la camilla para su ecografía vaginal. Como si ya supiera realmente los pasos que tenía que dar, como si ese ritual fuera habitual.  Estaba muy nerviosa, yo no entendía por qué, otras mujeres no estaban como ella.  La ecografía duró unos segundos pero aún con el ecógrafo en su interior, el ginecólogo sentenció:

-    — No ha habido suerte tampoco esta vez, ya lo siento.

Y esa mujer se rompió. Toda la tensión que su pequeño cuerpo contenía explotó en esa camilla.  El llanto era desgarrador, temblaba toda ella, temblaba la mesa y el ecógrafo.  Yo temblaba.

El ginecólogo se retiró a escribir en su mesa sin mediar palabra.  La enfermera le ofreció papel para limpiarse, pero la chica lo utilizó para secarse el rostro. Se levantó y se vistió mientras lloraba y trataba de serenarse. Aún con el pantalón a media altura tuvo que escuchar:

-   — Ya sabes que era el último que teníamos conservado y que con tu edad ya no podemos volverlo a intentar aquí.  Pero sabrás que en la privada puedes volver a probar, si quieres.

Ella sollozaba y asentía sin apenas escuchar, subiéndose el pantalón, ella necesitaba otra cosa.  

Entonces comprendí que esa chica había agotado sus posibilidades de ser madre y que venía a la consulta esperando que le dijeran que, por fin, estaba embarazada. Pero recibió una noticia tan demoledora que le quitó la voz.  Se marchó llorando. Cuando cerró la puerta el ficus empezó a llorar en silencio.  Él me vio:

-    — ¿Quieres irte? Sólo queda otra inseminación y eso ya lo has visto bastantes veces.

Asentí con la cabeza, mientras recogía mis cosas me dijo:

-    — Piensa que esto lo tienes que poder soportar si quieres ser médico ¿eh? Hoy te puedes ir, pero cuando estés donde estoy yo… te tendrás que quedar.

Aunque él esperaba que esa frase hiciera recapacitar al ficus y permaneciera en el tiesto, inmóvil como hasta entonces... El ficus se levantó, se secó las lágrimas y se fue sin decir nada. Se fue tras la paciente.

La encontré en la puerta de las consultas llorando. Me senté a su lado y le ofrecí pañuelos y agua. Sólo le pude decir “lo siento muchísimo” y ella no me pudo contestar.  No mediamos palabra, pero al rato me cogió el brazo, lo apretó un instante y se fue caminando hacia la salida.

Aquella chica necesitaba unos minutos para reponerse, un espacio seguro para llorar la pena que surgió de una ecografía, alguien que simplemente se quedara a su lado... 

Aquel tutor me enseñó que cuando ya no respondes preguntas es porque te quieres ir pronto a casa.  Que no es lo mismo “tener que quedarte” que “querer quedarte” con tus pacientes. Me enseñó que dar malas noticias requiere un tiempo y un escenario propicio. Me enseñó que “soportar” el sufrimiento humano no pasa por permanecer impasible frente al que sufre, sino estar a su lado y acompañarlo.

Si te sientes identificado al leer esto quiero darte las gracias porque aprendí un par de cosas útiles contigo.  Te debo un café, porque, humildemente, ahora que estoy donde tú estabas, creo que soy yo quien tiene un par de consejos para ti: si quieres ser médico te tendrás que quedar… con tus pacientes.