lunes, 30 de marzo de 2026

30/03/2026: Donde apoyas tu temblor

Hace unos 10 años, durante el mes de rotación de neumología, me enamoré de mi tutor, metafóricamente, creo.

Yo llegaba con una neumología estudiada sin pena ni gloria, con las manos aún torpes de quien apenas ha tocado pacientes y con la expectativa tibia de quien espera, simplemente, sobrevivir a la rotación.

Se me asignó un tutor, aunque habitualmente esa era una figura meramente nominal, y la estudiante pasaba de mano en mano por el servicio correspondiente sin que nadie reparase demasiado en su presencia.

Pero, en este caso, el tutor fue precisamente eso, una referencia de la que aprender mucho.  Para preservar su identidad, lo llamaremos Jota, pero recuerdo perfectamente su nombre, sus apellidos y el cariño con el que me trató.

La primera semana me animó, una y otra vez, a entrar sola en las habitaciones. A sentarme frente a pacientes desconocidos con un guion que habíamos construido juntos. Después, me esperaba en el despacho para revisar juntos aquellos bocetos de historias clínicas a medio hacer, como si aquello mereciera un tiempo que a él no le sobraba. La primera vez que nos sentamos frente a mis notas me dijo:

-    — ¿Porqué le has preguntado a este señor en qué ha trabajado?

     Mi torpe inocencia le contestó:

-  — Porque es una de las preguntas que figuran en el informe de ingreso, mira. – dije señalándole la pregunta.

Entonces me desveló que no iba a aprender solamente neumología estando a su cargo:

-   — No quiero que vuelvas a preguntar nada a un paciente porque lo pone en un formulario, porque sale en los apuntes o incluso porque te lo diga yo.  Cuando preguntes algo tienes que darle valor a la respuesta: tiene que servir para algo, tiene que ser relevante.

Me habló de la anamnesis como quien habla de un mapa, pero también de una brújula. Me explicó que quien no sabe lo que busca difícilmente sabrá valorar lo que encuentra. Me invitó a construir mi propia manera de escuchar, de escribir, de pensar. No dictaba, no imponía: acompañaba: me daba libertad para escribir con supervisión. Aquello fue un flechazo.

La segunda semana me preguntó si sabía interpretar una espirometría.  Yo le dije que sí, por inconsciente.  No sabía. Al ponerme frente al resultado en papel yo entendía los números y su traducción, pero no era capaz de decirle qué le ocurría al paciente. Me dijo:

-   — Esto es lo que has aprendido en clase. Ahora tienes que ver más allá; para eso son las prácticas.

Me explicó el aire como si fuera algo vivo. El esfuerzo, el límite, la resistencia. Me llevó a ver cómo se hacía la prueba, cómo se validaba, cómo se repetía. Una enfermera me enseñó a distinguir lo correcto de lo que solo lo parecía.

 Y en medio de todo aquello, yo gritándole a una paciente:

—¡Sople más fuerte!

Y ella, sin piedad, despertando una carcajada en nosotras:

—¡Pues sopla tú, niña!

Él me ayudó a comprender que la espirometría, como tantas pruebas, sin contar con el paciente, no sirven para tomar decisiones.

La tercera semana me llevó a ver broncoscopias, me explicó los trayectos bronquiales y me enseñó a orientarme en una imagen circular y dinámica.  De vez en cuando me preguntaba:

-    ¿Dónde estamos ahora María?

Y yo contestaba acertando el lóbulo pulmonar, aunque en realidad quería decirle “en la gloria”.

La cuarta semana llegamos a las toracocentesis.  La primera que le vi hacer me impresionó, pero no me pareció excesivamente compleja, así que cuando me preguntó si quería hacer la segunda, la respuesta estaba clara.

Recuerdo el momento de presentar la aguja frente a la espalda del paciente, y cómo comenzó a temblarme el pulso por los nervios.  Ese instante en el que todo el conocimiento parece retirarse un paso atrás y solo queda el miedo frente a ti.

Le miré preocupada.  Jota no dijo nada.  Se puso los guantes, se colocó detrás de mí y, sin prisa, sostuvo mi mano con la suya. No para sustituirme, sino para acompañar el gesto. Para enseñarme que la firmeza también se puede prestar. Y mientras avanzábamos, en mi cabeza sonaba la música de Ghost y yo ya no sabía si estaba modelando un jarrón o atravesando una pleura.

La toracocentesis salió bien, mi orgullo salió mal parado. La subcultura competitiva y meritocrática del estudiante de medicina le hace incapaz de afrontar una derrota. Pero como es humano tener dudas, inseguridades y miedos, tarde o temprano nos enfrentamos a ellos invadidos de decepción y vergüenza. Jota me vio pelear con la frustración y, cuando el paciente se fue, me dijo:

     — No te preocupes si alguna vez te tiembla el pulso o tienes miedo.  Nos pasa a todos. – me contó una anécdota personal de juventud y me recomendó - Sólo tienes que parar y pedir ayuda; suele haber alguien que te entienda y te eche una mano.

     Le di las gracias e hice la tercera toracocentesis, y la cuarta.

    El mes terminó demasiado rápido. El último día llevé dulces, como se llevan las gracias cuando no caben en las palabras. Recuerdo que, convencido de que elegiría especializarme en pediatría en su hospital, me dijo:

-    — Seguro que nos volvemos a ver cuando seas residente.

Y yo quise creerlo. Pero la vida, que no entiende de promesas implícitas, giró en otra dirección. Jamás lo volví a ver.

Así que, si lees esto y te estás identificando, sólo quiero que sepas que me enamoré de la forma en que hacías medicina; que fue un auténtico placer conocerte; que seguramente has ayudado a muchos estudiantes, como yo, a definirse mejor; que hoy soy médica de familia y no he vuelto a hacer una toracocentesis, pero que muchas veces, cuando me tiembla el pulso antes de pinchar a un paciente técnicamente difícil, pienso en ti y se me pasa.

Gracias, Jota.


jueves, 26 de marzo de 2026

26/03/2026: Puntadas sin hilo para coser sin cantar

De esto hace unos 10 años, durante el mes de rotación de una especialidad médico-quirúrgica. Mi nombre acompañaba al de otros tres compañeros en el cuadrante aquel día.  Nos asignaba un mismo destino; el quirófano del profesor responsable de la asignatura.

Los cuatro esperamos a las puertas de los quirófanos a la hora indicada, pero él no estaba allí.  Esperamos casi una hora y cuando por fin hizo su aparición, nos miró diciendo:

— No puede haber 4 estudiantes en mi quirófano. Díganme la nota que les puse en el trabajo de mi asignatura. 

La dijimos en voz alta. No creo que ninguno mintiese, y no había grandes diferencias.  Se dirigió a los dos estudiantes con notas más bajas y les ordenó:

-    — Ustedes dos, márchense.

Y refiriéndose a una compañera y a mí nos ordenó:

— Ustedes dos vístanse, la enfermera las llevará al quirófano, lávense con ella y espérenme allí sin tocar nada. 

Mientras dos estudiantes se marchaban a casa y perdían un día de prácticas sin que a nadie le importase, nosotras nos sentíamos ingenuamente “afortunadas” por poder quedarnos con él.

Entró en el quirófano y nos indicó que nos colocásemos a su lado, cerca de la zona donde se preparaba el campo quirúrgico. Mientras caminábamos hacia él, mi compañera rozó con el codo una silla preparada para la instrumentista.  Él la vio y le dijo:

-   — Señorita, la esterilidad se ha perdido, puede quedarse a ver la cirugía desde allí – señaló una esquina del quirófano – pero usted ha desperdiciado su oportunidad de intervenir.

Yo me estremecí, me coloqué a su lado y sin moverme, sin decir una palabra, aguanté casi 2 horas en tensión. Imponía su liturgia de luz, acero y normas invisibles. Yo era una presencia inmóvil, casi inexistente. No me miró ni me dirigió la palabra hasta que la cirugía estaba a punto de terminar.  Entonces me dijo:

-    ¿Quiere que le enseñe cómo se hace una sutura intradérmica?

Asentí, casi con alivio. Seguí cada instrucción con una precisión casi obsesiva. No permitía errores, no permitía que diese una puntada si no estaba en el lugar preciso, no concedía margen. Repetí movimientos, corregí gestos, afiné la técnica hasta que la sutura quedó impecable. Con su ayuda —literalmente—, lo bordé.

Fue entonces, con todo el personal de quirófano mirándonos impacientes por terminar, cuando me preguntó:

-    — ¿Sabe usted cocinar?”

Yo no entendí qué quería decir aquello, pero contesté igualmente:

-    — Sí, sé cocinar.

Sonrió por primera vez en toda la mañana, y remató:

-    — Pues si sabe cocinar y ahora también sabe coser, y ha demostrado que sabe estar calladita y obedecer; ya es usted toda una mujer.  Ya puede salir de mi quirófano y empezar a buscar marido.

Y se rió. Se rió de su chiste y de mí.

Nadie compartió su risa, pero tampoco nadie le dijo absolutamente nada.  El auditorio debía estar muy acostumbrado a aquellos desplantes suyos; pero yo no.  No pude articular palabra mientras recibía el golpe seco, preciso, casi quirúrgico, de un machismo autoritario, crudo, incuestionado.  Contenía las lágrimas mientras me volvía diminuta y me quitaba los guantes y la bata, queriendo desprenderme de aquella humillación.

Ese día no aprendí a hacer una sutura intradérmica.  Apenas recuerdo las pautas que me dio.  Eso lo aprendí después, cuando mi tutora en cirugía plástica tuvo la paciencia de explicarme porqué debía usar los materiales que eligió, y cómo debía proceder antes de empezar; y cuando mi profesor de cirugía general trajo patas de cerdo a clase, y me permitió equivocarme al suturar y me enseñó a rectificar.

Pero ese día aprendí algo todavía más importante: por más que seas una eminencia en tu campo, por más conocimiento que atesores, y aunque roces la excelencia técnica y resuelvas tu trabajo con maestría, para ser un buen docente es indispensable ser buena persona y saber tratar con respeto a tus semejantes, a tus superiores y a quienes están en una posición de inferioridad.

Si estás leyendo esto y te reconoces en estas palabras, solo puedo decirte: gracias por la lección que fue valiosa, sin duda. Pero no fue un placer conocerte. Ojalá aquel día también me hubieras mandado a casa.




martes, 24 de marzo de 2026

23/03/2026: "Tutorial DIY: Monta tu maletín rural”

Hace unos días tuve la oportunidad de dinamizar un taller que titulamos “Tutorial DIY: Monta tu maletín rural” en el IV Congreso de residentes, jóvenes médicos de familia, tutores y unidades docentes de la semFYC, celebrado en mi tierra, cerquita de mi casa, en Zaragoza.

Yo ya había trabajado el contenido de mi maletín con anterioridad y lo tienes publicado en este blog (aquí: 12/01/2024: El maletín del médico). Pero esta vez, mientras lo preparaba, me hacía constantemente la misma pregunta: ¿Qué me hubiera gustado que me contasen antes de preparar el maletín que voy a usar todos los días? 

Al responderla, fui construyendo una presentación que parte de una idea clara: el maletín no es solo un contenedor de material; es una herramienta clínica, un símbolo, una extensión de nuestra capacidad resolutiva en el domicilio, una declaración de nuestra intención de actuar en cualquier circunstancia de la forma más eficaz y segura.

Tenía claro que quería evitar las interminables listas de materiales y fármacos que “hay que llevar” en el maletín. Eso ya te lo cuentan los libros y, además, para mí tienen poco sentido. Creo que tanto el tipo de maletín como su contenido deben diseñarse a medida, por y para cada profesional y su entorno. Y también que son dinámicos: cambian con el paso del tiempo, conforme avanza la medicina, crece el profesional y se modifica el contexto en el que trabaja.

Quise centrarme en lo práctico: cómo elegir el tipo de maletín en función de tus necesidades (cabás, mochila, trolley…), cómo organizar sus compartimentos para que realmente funcione en el día a día (priorizando lo práctico sobre lo lógico), dónde transportarlo en el coche y cómo protegerlo de la temperatura y la humedad, cómo cuidarlo mediante una revisión periódica y un control de caducidades sencillo y seguro (que no nos haga sudar tinta cuando toca revisarlo), y cómo gestionar los residuos que generamos al utilizarlo (protegiéndonos a nosotros mismos y al paciente).

Elegirlo con criterio, diseñar su contenido de forma reflexiva y crear un hábito de mantenimiento constante y sólido obliga a anticipar las situaciones reales a las que te enfrentas, revisar tus propias competencias y tomar decisiones conscientes. Evita la improvisación, reduce incidentes, genera autoconfianza, racionaliza el peso y el espacio, disminuye costes y favorece un uso más eficiente de los recursos. En realidad, nuestra forma de preparar y cuidar el maletín, son en sí mismas, prácticas de seguridad, tanto para el profesional como para el paciente.

¡Aquí te dejo la presentación y el material para imprimir y empezar a configurar tu propio maletín rural! 👇👇👇👇

lunes, 16 de marzo de 2026

16/03/2026: Algo más que "control por MAP"

La puerta del consultorio se cierra al final de la mañana y son ya treinta las veces que he oído chirriar ese quicio con amargura. El teléfono espera impaciente a que, aprovechando el silencio que queda tras el portazo, marque los números que aparecen en mi pantalla junto a mi nota "llamar control bronquitis".

Son siete los tonos que suenan sin que haya respuesta, y recibo con extrañeza el pitido ininterrumpido que pone fin a la llamada.  Repito el ritual pero no salgo de mi asombro. Si sabía que la llamaría hoy, no entiendo porqué no me responde.  Busco en mi ordenador el nombre de su marido pero me dirige a la misma serie de dígitos, a una nueva llamada sin respuesta.  Los datos de su hijo son fácilmente deducibles y conducen a un número de teléfono diferente.  Contesta, no sabe nada, ni dónde está su madre, ni menos aún que hoy teníamos que hablar.

Decido ir a buscarla, no puede estar muy lejos de su casa con la tos y las pocas ganas de hablar que ayer tenía. Pero nada más abrir la puerta de la consulta, su marido me sorprende en la sala de espera sosteniéndola del brazo. Han venido porque no se encuentran bien ninguno de los dos, han compartido una muy mala noche de tos y falta de aire.  Ella empeoró repentinamente hace un par de horas. 

Se sienta jadeando, con ayuda, no tiene fuerza para estar de pie.  Me mira como si yo hubiera hecho algo mal, como si hubiera tenido la culpa de lo mucho que ha empeorado hoy.  Me estremezco, su mirada me hace daño, pero ahora tengo que ayudarla, aunque me duela.

Su tórax suena muy distinto, oigo silbidos buscando una entrada y una salida.  Su saturación hoy se queda en notable alto. Dejo puesto el termómetro pensando que algo no va bien, y quizá tenga razón y ayer pasé por alto alguna señal.  No encuentro en mi memoria los datos de alarma que hoy se sientan frente a mi.

Como una autómata le coloco las gafas de oxígeno, le doy un vaso de agua y un fármaco en el que confío para hacer efecto tan rápido como sea posible si lo muerde y se lo coloca bajo la lengua como le explico.  Mientras tanto, preparo como si se tratase de una poción, la mezcla de medicamentos que, al convertirse en vapor dentro de una mascarilla, pueden conseguir que todo vuelva a ser como antes.  Tose y no me permite colocar la incómoda mascarilla sobre su cara. Tengo la suficiente confianza como para pedirle a su marido sin mediar palabras, que por favor me ayude. Él logra colocar con mimo el aparato frente a la nariz y boca de su esposa, con una suavidad que yo no he sabido transmitirle. 

Pita el termómetro y me sorprende con la fiebre que ayer no tenía, un antitérmico será lo siguiente en administrar, y yo me tengo que calmar.

El pulsioxímetro saca mejores notas cuando la mascarilla lleva un rato burbujeando, y mientras tanto llamo a una ambulancia y les explico lo ocurrido.  Para cuando vienen a por ella ha mejorado bastante la fiebre, la tos, el esfuerzo por coger aire, y la angustia de todos. 

Ha tenido miedo, y yo también. Ha dudado de mi, y yo también. Pero ahora me coge la mano, me da las gracias por todo, y me desmonta.

La bronconeumonía vírica fue lo de menos, me asustó ver que podía haberle hecho daño.  En el informe del hospital redactaron "Acude en SVB con insuficiencia respiratoria aguda y fiebre 38ºC, valorada hace 24 horas por su MAP que inició tratamiento broncodilatador". Oigan, no soy su MAP, soy su médica.  La vi ayer y la he visto hoy, aunque no parecía la misma persona.  Y no "acude", porque soy yo quien la envía al hospital, donde la insuficiencia respiratoria y la fiebre ya habían desaparecido. 

Una radiografía, una analítica y 5 horas después "antibiótico, corticoide, inhaladores, jarabe, alta y control por su MAP" no reflejan bien todo lo que habíamos pasado.  El título que dan al episodio es "bronconeumonía" y el documento que resume lo ocurrido no me sacan de dudas. Tengo que investigar más allá de ese informe de alta, tengo que hacer algo más que "control por MAP".  

Descubrí que el primer dia que nos vimos en consulta y que acordamos empezar un par de inhaladores para su bronquitis, ella no los llegó a sacar de la farmacia.  No porque no hubiese entendido que eran necesarios, sino porque en el botiquín del pueblo no los tenían disponibles.  Y por no molestar a su hijo para que lo trajera de otro sitio, y por no hacer el feo a la farmacéutica, y por no molestarme a mi que los hubiera cambiado de mil amores por otros similares; sencillamente compró jarabe para la tos y encargó los inhaladores para otro día.

No sé si el desenlace hubiera sido el mismo o no, si realmente pasé por alto alguna cosa, o si pudimos prevenir el tremendo susto.  Sólo sé que mi paciente se encuentra bien y confía en mi; que nos hemos perdonado, que yo conozco mejor las limitaciones de mi medio, conozco un poco más a mi paciente y su forma de afrontar la enfermedad, y me conozco un poco más a mi.