miércoles, 20 de noviembre de 2024

21/11/2024: Los médicos de hoy en día… ¿a qué estamos dispuestos?

Hace algunas semanas escuché una entrevista radiofónica en la que un experimentado médico de familia se aventuraba a afirmar que “los médicos de hoy en día no son como los de antes”. Esta frase que, a priori, parece una obviedad si quiere decir que las profesiones cambian adaptándose a los tiempos y a los contextos, se llenó de connotaciones negativas a lo largo de la entrevista, con un colofón en el que se afirmaba que los jóvenes médicos de familia no estamos tan dispuestos a trabajar como aquellos médicos que iniciaron su carrera profesional hace más de 30 años. No sólo es el testimonio de este compañero, también escucho sentencias similares en otros muchos lugares y por boca de otras muchas personas. Me refiero a afirmaciones como “no quieren coger el coche para ir a trabajar”, “no les gusta el medio rural”, “no quieren hacer guardias”, “no quieren coger contratos de atención continuada”. Creo que se alimentan de titulares como: “quedan desiertas 150 plazas de atención primaria”, “movilizaciones por la falta de médicos”, “situación crítica por vacantes de médicos” … Saben a lo que me refiero, ¿verdad? Porque, quien más quien menos, ha leído alguna noticia sobre la situación actual de la atención primaria, y puede que vaya intuyendo que existe un problema real. No es difícil darse cuenta de que estos titulares y soflamas manejan la información de una forma superficial y endeble hasta darle una forma alarmista a un problema que se anunciaba hace ya más de 10 años.  Un problema con el que convivimos, resignados o enfurecidos, según la posición y el carácter de cada cual.

Yo confieso que tengo ratos de resignación, pero la entrevista me enfureció sobremanera. Precisamente porque me identifico como médica de familia joven, comprometida con la profesión y con los pacientes, aunque mi compromiso organizativo (es decir, con la empresa) esté por los suelos. Oigo muchas quejas, muchas críticas, muchos malos augurios para los médicos como yo, pero apenas escucho propuestas de mejora.

Me hubiera encantado sentarme en la mesa de esa entrevista, participar del debate, hablar de tú a tú con ese médico que parece que ha perdido la esperanza e intentar comprenderlo.  ¿Sólo yo opino que faltan médicos jóvenes participando del debate? Hoy voy a escribir, hoy le voy a escribir, tan sólo mi punto de vista, tan sólo aquello que desearía que supiera todo el que se queja, critica o presagia nuestros desastres. Sencillamente voy a exponer aquellas cosas que estoy dispuesta a hacer para mejorar el panorama actual de nuestra atención primaria, para que mi compañero vea que no está tan sólo como le parece.

Estoy dispuesta a desplazarme para acudir a mi puesto de trabajo, de hecho, lo hago diariamente hasta un pueblecito a 35 km de mi casa. Estoy dispuesta a seguir utilizando mi propio vehículo personal en mi trabajo, incluso para realizar la asistencia urgente a pacientes, y a soportar los gastos de gasolina y mantenimiento de este sin que sea reconocido ni retribuido, como hacen cientos de compañeros en silencio.

Estoy dispuesta a trabajar en el medio rural, como de hecho trabajo, a sabiendas de que no disponemos de los mismos recursos y de la distancia que me separa de muchos servicios que son fundamentales para la salud de mis pacientes. Estoy trabajando sin dermatoscopio, sin ecógrafo, sin bisturí eléctrico, y lo que es de verdad grave, sin electrocardiograma en mi consultorio (el más cercano está a 10 km). Estoy dispuesta a seguir ejerciendo en el medio rural, donde las poblaciones no suelen superar los 1000 pacientes por médico, sólo allí encuentro el último reducto donde ejercer mi profesión con cierta serenidad sin sobrecargas de agenda, dando a cada cual el tiempo que necesita, siendo accesible y sin lista de espera. 

Estoy dispuesta a asumir la formación de profesionales residentes con una remuneración mínima, sin tiempo designado a la actividad docente (como de hecho muchos compañeros están haciendo). No podemos seguir formando a la mayoría de nuestros médicos en el medio urbano y esperar que al terminar su especialidad decidan mudarse al medio rural que desconocen, porque allí es donde más necesidad tenemos. Si no se valora lo que no se conoce, ¿Qué salida laboral esperan que valoren nuestros residentes?

Estoy dispuesta a compaginar mi trabajo en la consulta con las guardias (jornadas atención continuada de 17 horas), como de hecho hago, sabiendo que puede surgir una emergencia en medio de la noche y que tendremos que salir con el coche del centro de salud y puedo terminar incluso subida en una ambulancia. Pero necesito saber que puedo descansar al día siguiente (librar la guardia) y no estoy dispuesta a soportar turnos de atención continuada que pueden llegar a superar las 48 y hasta 72 horas encerrada en el centro de salud. No puede pagar el paciente un despiste que tuve por agotamiento.

Estoy dispuesta a trabajar algunos fines de semana y festivos, pero no estoy dispuesta a aceptar contratos exclusivamente de atención continuada. Me he formado en medicina familiar y comunitaria y mi profesión consiste en la atención longitudinal a los pacientes, no en trabajar cubriendo los huecos, cada día en una consulta y encadenando guardias los fines de semana y todos los festivos del año. Es imperativo cuidar a los profesionales que se encuentran trabajando de esta forma, no se merecen ser profesionales de segunda cuando están solucionando un problema estructural al que hay que encontrar otra solución.  Creo que debo asumir, junto con todos mis compañeros, la cobertura de una atención continuada que no puede ser responsabilidad de tan solo unos pocos médicos, ni de la urgencia hospitalaria.

Estoy dispuesta a trabajar con contratos temporales cuando esa es la necesidad existente. Pero perdonen que exponga mis dudas. No consigo entender por qué en mi comunidad se convoca un examen de oposición con más de 200 vacantes ofertadas y se decide adjudicar solamente 25 de ellas, para seguir abandonando al resto a la temporalidad.  Estoy dispuesta a aprobar también la siguiente oposición, claro que sí, es la única vía que me llevará a la longitudinalidad que ansío, pero no estoy dispuesta a escuchar sandeces sobre contratos que se dejan desiertos.

Estoy dispuesta a seguir acudiendo a sus llamamientos centralizados para cubrir las vacantes de otros médicos de familia, a sabiendas de que los hacen con la mínima anticipación (sacan la convocatoria oficial con menos de 24 horas de antelación), sin baremación previa de los méritos de los profesionales (se valoran tan solo una vez al año, cuando conviene), e incluso teniendo que estar en el paro o con contratos de días sueltos hasta que los convoquen. No estoy dispuesta a seguir encubriendo que las “movilizaciones” del personal sanitario se hacen siempre de esta manera, tarde y mal.

Estoy dispuesta a todo esto, y probablemente mucho más, si todos mis compañeros trabajan conmigo en igualdad de condiciones, minimizando las tremendas diferencias entre los profesionales rurales y urbanos, equiparando los derechos del personal fijo y el eventual o temporal. 

Esta es mi declaración de intenciones, la mía. Cada cual tiene la suya propia y deberían escuchar la de muchos de mis jóvenes compañeros para encontrar solución a esta “falta” de médicos. Para sorpresa de nadie, las condiciones de nuestro trabajo entre otros factores hacen que muchos compañeros jóvenes médicos de familia estén eligiendo la medicina privada, el trabajo en urgencias extrahospitalarias u hospitalarias, muchos repitan el examen MIR para hacer otra especialidad o emigren a otros países donde el trato es algo mejor. Los médicos que les faltan son los que dejan escapar; no lo digo yo, lo dice por ejemplo Juan Simó aquí: el super-bulo de la falta de médicos. 

Así que, sí, los médicos jóvenes de hoy en día hemos cambiado, como cabía esperar. No somos ni mejores ni peores, somos protagonistas de un escenario muy distinto.  Venimos de un proceso selectivo muy exigente para entrar en la universidad que culmina con una elección de la especialidad tremendamente sesgada. Cuando por fin nos convertimos en médicos de familia, hay tantos lugares en los que podemos trabajar que nos vemos en la tesitura de elegir, y hacerlo bien.  Tras el salto al mundo laboral nos encontramos, casi antes de empezar, con el desprestigio y las carencias de nuestra atención primaria que hacen sencillo instalarse en la cultura de la queja y no iniciar movilizaciones activas (que echo en falta).  Ojalá las herramientas (sindicatos, sociedades científicas, movimientos…), que tienen capacidad para organizar el relevo de la generación que abrió camino con la nuestra, lo hagan. Porque hacen falta cambios y obligatoriamente pasarán por nosotros.  Nuestra disposición, no será en absoluto incondicional, entonces me queda la duda… ¿vosotros, hasta dónde estáis dispuestos a llegar?

sábado, 16 de noviembre de 2024

16/11/2024: ¿Te apuntas conmigo? A propósito de mi caso

El viaje en tren después de un congreso es para mí un momento perfecto para la reflexión. Vengo del 44° congreso de la Sociedad Española de Medicina de Familia celebrado en Barcelona.

Si empiezo por el principio hace casi un año que empieza el proyecto que hoy no sé si se termina o por fin se inaugura.  Fue entonces cuando un mensaje de un buen amigo proponía una nueva aventura juntos: coordinar un monografico sobre laboratorio clínico en atención primaria (tema interesantísimo a mi parecer), en una revista de tirada nacional.  A priori el vértigo me inmovilizó, me abrumaba la responsabilidad y la carga de trabajo previsibles, y tuve miedo de no dar la talla y de verme obligada a sacrificar tiempo y esfuerzos sin éxito.  Pero como no me falta valor o inconsciencia (aún hoy no lo tengo claro), dije que sí, porque me cuesta mucho decir que no (y más a Carlos), y porque sabía que un proyecto tan interesante tenía la capacidad de volver a introducirme en el hábito del estudio, la lectura crítica, el trabajo en equipo y el disfrute de la medicina más allá de la consulta. 

Y así fue, acepté la propuesta de Carlos (se veía venir), confiando en que su compañía siguiera trayéndome golpes de suerte, como hace siempre.

Siguieron 11 meses de trabajo, estimulante y gratificante, no exento de tropiezos superados de la mano de mi socio; un trabajo que ha llegado a término de una forma espectacular.

Esta experiencia me ha permitido conocer a personas excepcionales, aprender no solo contenidos interesantísimos y de alto valor para mi profesión, sino también metodología de trabajo y de comunicación, estilos de redacción, normas de publicación...  Me ha acercado a autores impresionantes, que han hecho fácil un trabajo verdaderamente dificil.  He trabajado de noche, de día, en la consulta, en las guardias, sola, acompañada y hasta con una bebé colgando.  He leído innumerables artículos, borradores, notas, libros... He redactado miles de mensajes y correos que bien podrían haber hecho desesperar a mí compañero de fatigas, que ha sido tremendamente paciente y comprensivo como sólo puede serlo alguien que te aprecia de verdad.

Y cuando el trabajo de coordinación, redacción y revisión se terminó, culminamos con la presentación del monográfico en un congreso nacional que hace 6 años me recibió como médica residente, hace 3 me vió exponer este Diario ante una comunidad cientifica de profesionales que respeto, hoy me permite ser ponente en compañia de médicos a los que admiro, e incluso disfrutar de las ponencias de auténticas eminencias que al bajar de la tribuna se hacen uno de tantos.  Los congresos tienen el poder de reunir al personaje más pequeño junto al grande en una misma mesa.  Este congreso tiene el valor de hacerlo sin que medie financiación de la industria farmacéutica, libre de humos que intoxican.  El congreso Semfyc es punto de reunión de médicos de familia de toda España, es una inyección de entusiasmo para los que llegamos cansados y agobiados, una reafirmación del inmenso valor de la medicina de familia para los que tenemos la suerte de venir con optimismo.

Este congreso en Barcelona ha sido una experiencia inolvidable y, seguramente, no sólo para mí.  Mi participación en el monográfico de una revista como AMF (Actualización en Medicina de Familia) también la recordaré siempre con cariño.

Visto en perspectiva, ha merecido la pena decirle  que sí a Carlos y decirme que sí a mí.  Espero recordar en adelante que cuando un compañero propone un proyecto interesante, un curso, un congreso, una sesión, una lectura o cualquier aventura compartida, tendré que decirle que SÍ

viernes, 20 de septiembre de 2024

20/09/2024: Agradecimientos a mi primer destino rural


Hace un par de años yo era médica de familia urbana, y estaba tremendamente cansada. Mi vocación temblequeaba y me empujaba a abandonar y cambiar de especialidad. Pero por misteriosas razones, hace 9 meses decidí dar la ultima oportunidad a la medicina de familia acercándome al mundo rural.  Nunca me había resultado atractivo, sin embargo la medicina rural parecía el único refugio posible donde hacer medicina de la forma en que yo la entiendo.


Resultó que había tres pequeños pueblecitos de Teruel que se quedaban sin su médica, y aunque llegar hasta ellos en coche era complicado, prometían buenas vistas y muy buena gente, así que me lancé a la aventura.   Y hasta hoy, que me tengo que marchar porque aprobar una oposición, acumular méritos que aún nadie ha revisado y trabajar agusto con los compañeros y los pacientes no es suficiente para poder quedarme aquí; y alguien vendrá que un día también tendrá que marcharse.  Me voy a otro pueblecito a unos 30 km, con buenas vistas y buena gente a seguir enamorándome de la medicina rural un ratito más.  


No pretendo quejarme porque de nada sirve, no pretendo despedirme porque creo que volveré un día de estos.  Digamos que quiero compartir un resumen de mi experiencia y lanzar un grito en defensa de la medicina rural.


Aquí, en pueblos a los que sólo llegan carreteras serpenteantes, he descubierto que aún hay lugares en los que el tiempo por paciente puede ser el que cada cual necesite, donde no se trabaja con prisas todos los días.  Hay una medicina que, aunque no lo tiene todo a mano, tira de ingenio y sale adelante, hay una medicina que siempre va con las llaves, el ordenador y el maletín a cuestas, que depende del coche y de la climatología, que no lleva bata y va del forro polar al chaleco reflectante.  Hay una medicina que hace espaldas con enfermería, que trabaja codo con codo con la farmacia comunitaria, que se entiende bien con trabajo social.  La medicina rural me ha hecho dejar de ser la Dra Escorihuela, porque aquí tengo el honor de ser, sólo o además, María.


He tenido la suerte de conocer a unos pocos pacientes nuevos, unos han nacido mientras he estado aquí, otros han sufrido pero ya se encuentran mejor, otros tienen dolores que aún no han remitido y a unos cuantos los he acompañado hasta su muerte.  Quiero agradecer a todos ellos su paciencia cuando no me aprendo sus nombres a la primera ¡ni a la quinta!, agradezco las muchas docenas de huevos de corral, aceitunas y hortalizas que traen a escondidas a la consulta, agradezco la confianza que hay detrás de "dame cita un dia que estés tú" y el cariño del "si te vas a otro pueblo nos vamos contigo". Gracias por hablar en castellano en la consulta aunque os guste más el chapurriau que yo no manejo, y gracias a quien me dijo: "no hablarás como nosotros pero nos entiendes como nadie".  Gracias a todos por llenar mi consulta de momentos preciosos. 


He tenido la suerte de contar con los farmacéuticos que están al tanto de todas las medicaciones y recetas de los tres pueblos cuando yo no llego, con los alguaciles y los ayuntamientos que me cuidan los consultorios y pregonan mis horarios, con la trabajadora social que pasa para comentar los casos peliagudos, con las enfermeras que conocen el terreno y han sido mis guías tantas veces, con las administrativos que pilotan desde el otro lado del teléfono lo que les echen, con los compañeros médicos y los coordinadores que soportan más peso del que deben cuando la empresa no responde; cuento hasta con la tendera y los del bar del pueblo que me ayudan a reponer fuerzas.  Y es que aquí todos se conocen, todos te conocen y son accesibles, gracias a todos por ponerlo fácil y hacer que no quiera marcharme.


He aprendido muchas cosas gracias a vencer el miedo y la pereza iniciales que da formarse como médica en la ciudad y acabar trabajando en un pueblo.  He aprendido a ser más autosuficiente en consulta, a gestionar mis tiempos y los recursos menos accesibles, a estar sola a sabiendas de que siempre ha estado el equipo cerca de mi. 


No fue fácil venir hasta aquí, pero más difícil será marcharme ahora.  Nunca quise ser médica de pueblo como mi madre, y ahora creo haber encontrado mi sitio en el mundo rural.  No recordaba el nombre de estos pueblos de Teruel y ahora sé que no los olvidaré nunca.


He cambiado de opinión respecto a la medicina rural, he descubierto que me encanta y que debemos protegerla porque plantea suficientes retos como para necesitar a profesionales excelentes que la defiendan.  Por eso ahora, aunque cambio de pueblo, cambio de equipo y cambio de aires; la medicina rural no la cambio por nada.


Hasta pronto Fórnoles, hasta la vista Ráfales y hasta siempre La Portellada.



miércoles, 22 de mayo de 2024

22/05/2024: Mi primer aviso en mi primera guardia en mi primer destino rural

José fue mi primer aviso en mi primera guardia en mi primer destino rural.  Su familia avisó por fiebre y mal estado general así que, entrada la noche, salimos con los bártulos en el coche hacia el pueblo donde yo pasaría consulta cada mañana.  José, que entonces era para mí tan sólo un anciano con insuficiencia renal, respiratoria y cardiaca crónicas y avanzadas, tiritaba en su cama.  Estaba visiblemente afectado por un problema sobrevenido distinto a los altibajos a los que ya debía enfrentarse día a día.   Me presenté, como la médica de guardia y su médica a partir de entonces, lo exploré en profundidad intentando encontrar el foco de infección que había desencadenado todo aquello.  Hablamos con sus familiares sobre el posible origen del suceso y las complicaciones que ya se habían presentado y las que aún podían aparecer.  Fui sincera cuando les dije que cumplía criterios de ingreso pero que, sabiendo que podía ir a verlo a casa en los días posteriores, me podía comprometer a intentar tratar en domicilio y ver si podíamos evitar el traslado al hospital.   No se lo pensaron ni un segundo, José quería estar en su casa, así que quedamos en llamarnos al día siguiente y vernos a días alternos.

Pasó una semana y José volvió a ser el que era.  Pasó un mes y fui conociéndole a él y a sus familiares que, dado el buen pie con el que por suerte empezamos, me confiaban también sus propios problemas de salud.  

Pasó otro mes y José volvió a empeorar.  Esta vez vino a la consulta, con algunos kilos menos, desanimado, con un dolor nuevo, con la piel de ese color que sólo una enfermedad silente y grave puede tatuar.  Él sospechaba un cáncer pero no me lo dijo, yo sospeché un tumor que no le nombré.  

Pedimos los estudios menos invasivos para confirmar que el cáncer estaba justo donde yo pensé, justo donde a él le dolía, injustamente avanzado, extendido y complicado.  

Fui a su casa, reuní todo el valor que pude y reuní a toda su familia.  José quería oír de mí un diagnóstico que él ya tenía prácticamente confirmado.  Lo dije, sonó como un disparo y después sólo se oyó un silencio.  José no se sorprendió en absoluto, sabía que no había más pruebas que hacer, que no había cura.  Sólo tenía una pregunta para mí: "¿Cuánto me queda?".

Y yo no tuve respuesta en ese momento, porque nadie la tiene: "siento decir que no lo sé, por cómo estás supongo que entre unas semanas o pocos meses José, no sé cuándo nos despediremos pero sí sé que todos estaremos contigo si tú quieres".  

Desde entonces nos vimos todas las semanas en su casa.  Decidió quedarse en el pueblo rodeado de su gente siempre.  Las cosas se fueron complicando tal y como esperábamos: edemas, sangrado, obstrucción, dolor, maldito dolor... pero lo fuimos controlando con fármacos cada vez más potentes y la ayuda de una red de familiares cada vez más entregados al cuidado de José.  La casa se transformó en ese lugar donde hay alguien que espera morir rodeado de cariño, el sillón y la cama de José se volvieron eje central del día a día, vino familia de lejos, hubo noches difíciles, hubo despedidas y lágrimas, también hubo sonrisas y hubo una médica pesada que llamaba por teléfono y se pasaba por allí cada semana, "nunca ha venido una mujer a verme tantas veces" decía y me sonreía.

Y llegó esa visita en la que supe que a José sólo le quedaban unos días más.  Ahora que el dolor solo estaba parcialmente controlado, y que aún estaba despierto tenía que preguntarle: "José, no queda mucho y lo sabes.  Ahora tienes el privilegio de escoger si quieres terminar dormido o quieres estar despierto siempre que se pueda, necesito saberlo para preparar tu medicación y dejarlo todo escrito".  Él me pidió por favor que no le pusiera nada para dormir, sólo para el dolor y los síntomas que viniesen.  Iba a despedirme y marcharme pero entonces entró su bisnieto recién nacido en la habitación para pasar un minuto en sus brazos.  Vi llorar al bebé y a José, que triste y feliz al mismo tiempo lo sostenía y lo mecía.  Entendí bien porqué me pedía aquello, amaba la vida, pero comprendía y esperaba la muerte con total serenidad.

Hicimos lo que nos dijo, cuando ya no pudo tomarse la medicación, una palomilla azul la dejaba bajo su piel haciendo que el dolor desapareciera y así, dándole los últimos días que pidió, nos despedimos de él.

Ahora pienso en José, le agradezco que confiase en mi de principio a fin en la enfermedad, y que me dejase ser testigo de cómo el cáncer no lo derrotó porque nunca hubo lucha alguna, porque supo vivir aceptando el final y esa fue su victoria. Le agradezco la lección, nunca sabes lo que puedes aprender de tu primer aviso, en tu primera guardia, de tu primer destino rural.

miércoles, 15 de mayo de 2024

15/05/2024: El sueño de Julio

Conocí a Julio en la casa de los geranios hace 4 meses.  Yo había leído sobre él mucha información clínica en mi ordenador.  Él había oído hablar mucho de mí, sabía que en el pueblo había una médica nueva.

Julio había empeorado en las últimas semanas y nadie sabia muy bien cual era el cabo suelto esta vez.  Quizá otra vez ese proceso hematológico que le bajaba el hematocrito y el ánimo. Quizá otra vez sangraba por alguna de sus heridas ocultas, o tal vez era su hígado, tremendamente castigado por los errores del pasado, que volvía a protestar con una huelga.  En un primer contacto pude ver que era un paciente frágil pero con una red social fuerte de cuidadores entregados a la causa que seguro nos iban a resultar de gran ayuda.  

Pedí una analítica urgente y volví con los resultados a la casa de los geranios.  El hígado parecía desestabilizarse tanto como lo hacía Julio.  A días desorientado, a días alterado, a días dormido, nos fuimos viendo e intentando que la medicación le devolviera la estabilidad que su hígado le negaba.  En los periodos de lucidez hablamos de tantas cosas.. Hablamos del pueblo, de lo que hace una chica como yo en un sitio como éste, de las lejanas tierras donde el nació y las fincas que allí quedan, de lo que hace un hombre como él tan lejos de su cuna... Nos reímos viendo fotos y videos de mi hija, y nos confesamos: yo era su medica favorita y él mi hepatopaciente predilecto.  Hablamos de qué hacer cuando estos bajones que lo postraban en la cama varios días se hicieran mas frecuentes y mas acusados, cuando el ocaso nos encontrase.  Me ofrecí a acompañarle siempre en su casa hasta ese momento y a él le pareció el mejor de los finales posibles.  Nos abrazábamos para despedirnos los viernes antes del fin de semana.  Eran abrazos cada vez mas fuertes que un buen día decidió acompañar de un “mi corazón va contigo” y yo solo acerté a pensar “entonces un trocito del mio te lo dejo por aquí”.

Seguí visitando a Julio todos los viernes, siendo testigo de sus altibajos e intentando amortiguarlos en lo posible.  El amarillo del ocaso se incrustó en su piel, induciéndole cada vez más y más sueño.  Estaba muy despierto cuando tuvimos nuestra última conversación sobre esa comida que le apetecía compartir conmigo en su tierra, quería que acudiera con mi hija, en calidad de amiga y no de médica, y sobre todo, que no le dijese a nadie que se estaba muriendo.  Los dos sabíamos que no habría tiempo para todo aquello, pero aún así me hizo prometer que lo intentariamos y que no se me olvidaría, supongo que para cerciorarse de quedar en mi recuerdo, aunque eso ya lo tenia asegurado.

Y ese mismo día se durmió, como se había dormido otras veces en un sueño encefalopático que lo devolvía más débil y cansado a la vigilia días después.  Ese día se durmió, y al ir a verlo supe que no se despertaría.  Me acerqué para decirle “adiós Julio” sin saber si me oiría.  Abrió los ojos un instante y los volvió a cerrar confirmándome que ahora ya estaba preparado para no despertar.  Y no lo hizo.  Julio ya no está.  En la casa de los geranios queda una mujer que aún sin recuerdos lo echa de menos, queda una cuidadora que entre llantos puede estar orgullosa de haber proporcionado cuidados paliativos de calidad,  queda un familiar que siempre se acordará de su tío Julio, y quedo yo, que les he prometido que seguiré muy cerca por si me necesitan. 

Estoy triste porque no sé a quién le daré el abrazo de los viernes si no es a Julio, quizá ese rato pueda darme una vuelta para ver los geranios y regarlos con alguna lágrima pensando en él.  Gracias Julio por estos meses en los que he tenido el honor de ser tu médica, en los que sabiendo que te ibas a marchar, decidiste quedarte conmigo para siempre.

martes, 27 de febrero de 2024

27/02/2024: La desaparición de la mesa de mi consulta.

Cuando cualquiera se imagina una consulta de una médica creo que ubica ciertas cosas siempre en la misma disposición.  Venga, imagina una consulta.  No sé si estarás viendo por allí un fonendoscopio, no sé si la camilla está a la derecha o a la izquierda, no sé dónde has colocado los libros que siempre tenemos para consultar ni dónde metiste la impresora.  Pero lo que sí sé es que has colocado una mesa y la has puesto bien centrada posiblemente, a un lado has colocado al médico en su silla, frente al ordenador y en el otro lado has puesto una silla para el paciente o te has sentado tú.  

La silla es más importante que el fonendoscopio tanto para ti como para mi, sentarse a hablar y a escuchar es la parte que nos corresponde a ti y a mi en casi cualquier consulta.  La mesa, sin embargo... Sirve de apoyo a ese ordenador que tanto nos absorbe exigiendo registrar todo lo que hacemos, sirve para marcar una distancia algunas veces necesaria, nos ubica en la consulta.  Pero a veces, cuando el vínculo ha ganado fuerza, la mesa nos separa impertinente.  Por eso hay quien la coloca a un lado en su consulta, o incluso tras de sí, porque cuando tú y yo hablamos de verdad, no necesitamos la mesa. 

Tanto es así que estos días, en varias consultas, la he perdido, ha desaparecido.  Cuando entra un paciente a decirme que está pasando el duelo por un familiar agradecido por mi humilde acompañamiento en sus últimos días... no hay mesa, yo me levanto y me acerco para hablar de un tema que rebosa cercanía.  Cuando un niño pequeño viene temblando, pensando en que la médico tiene el poder de molestarle mucho en su exploración, la mesa se aparta para que yo pueda jugar unos minutos con ese pequeñín que manosea el otoscopio y el fonendoscopio ahora ya inofensivos.  Esa vez que un paciente con cáncer, uno de esos luchadores y echados para adelante, me confesó casi en un susurro que tenía miedo real de lo que pudiera pasarle, la mesa se desdibujó y nos dejó acercarnos más para escuchar en un sollozo la verdad de su enfermedad que ningún informe reflejaba.  Ese rato en el que hubo que charlar largo y tendido con un joven que corrió más riesgos de los habituales y ahora sólo encuentra remordimiento y culpa, tuve que acercarme para que dejase de sentirse lejos de todos.  Ese día que vino el señor que supera la noventena pero aún arregla tractores en su campo, a decir que no se encontraba bien, salté la mesa y todo se tornó en urgencia.

Ahora que tengo mucho más tiempo de consulta por paciente y que pongo mucha más atención y esmero en las entrevistas, me desaparece la mesa con mucha más frecuencia.  Las consultas empiezan conmigo tras ella, pero algunas veces no sé que ocurre que sólo vuelvo a sentarme frente a mi mesa cuando el paciente ya se ha ido.  Creo, que perder de vista la mesa a veces, en el caso de los médicos, no es un marcador de que seamos unos despistados.  Creo que indica que, cuando es necesario y nos lo permiten, rebasamos las barreras para acercarnos a la persona que tenemos delante, le ofrecemos escucha sincera, contacto y cercanía.  Los médicos de familia, somos, o deberíamos ser, médicos que sortean la mesa se acercan a sus pacientes con frecuencia.  Los médicos de familia no podemos ser estáticos; el dinamismo de la consulta y de nuestra relación con los pacientes exigen que nos levantemos y contactemos con los pacientes.  Perder la mesa significa acabar la consulta en una posición diferente a donde la empezamos, como escenificando la disposición de acompañar a nuestros pacientes que nos caracteriza.  Somos médicos que se levantan, se mueven y a veces pierden la mesa.



martes, 20 de febrero de 2024

20/02/2024: Medicina de familia, una especialidad mortal

Ayer falleció uno de mis pacientes.  Desde entonces ando pensando en que desde que empecé mi especialidad la muerte ha estado necesariamente presente.  Supongo que es porque todos mis pacientes se van a morir, en mi especialidad nunca daré a nadie el alta médica, no dejaré de acompañar a mis pacientes nunca, y eso implica estar a su lado en el final de sus vidas.  Aunque pudiera empezar a parecer que hablo de lo mucho que me gustan los cuidados paliativos, que son inherentes a mi profesión aunque muchos otros colegas también los desempeñan; estoy hablando de cualquier tipo de muerte, la que se prepara acompañado y la que ocurre en soledad, la que se anticipa y la que sorprende, la de casa y la del hospital, la del que tuvo suficiente y la del que deja la terrible sensación de terminar antes de tiempo.

Ayer fui a verle por última vez, ya no me veía ni creo que me oyese, lo exploré y me despedí, le dije a la familia que era incierto el tiempo que tardaría en marcharse, quizá horas, quizá días.  Murió al rato, tumbado en su cama después de más de 90 años en pie, en casa de su hijo donde se encontraba a gusto y protegido.  Murió tranquilo habiendo dicho previamente que ya valía de tanto vivir, acababa de ver a su familia cuidar de él, pero en ese momento estaba solo en la habitación o quizá estaba allí su Dios, yo no lo sé.  Murió de noche, en silencio, hubiera hecho dudar si se dormía o dejaba de respirar, porque su muerte fue el final de paz y quietud que yo le deseaba.

Ayer falleció mi paciente y me ha hecho pensar en las veces que he encontrado a la muerte en sitios y condiciones espantosas, y las que he tenido el privilegio de acompañar y que me construyen como médica de familia.

Hace 3 años falleció otro paciente.  Él estaba solo en su casa cenando y notó ese dolor bajo los botones de la camisa que ya le había dejado heridas en el corazón.  Llamó a los servicios de emergencias sabiendo que era muy grave y se dispuso a abrir la puerta en cuanto escuchó la sirena de la ambulancia en su calle, la ambulancia en la que yo llegaba.  Subimos a todo correr 4 pisos de escaleras, pero al tocar la puerta nadie abría.  Sólo el silencio respondía al timbre una y otra vez.  Y uno de nosotros, movido por la emergencia y la gravedad de lo que pasaba, mentiré y diré que empujó la puerta que se abrió, para que no se identifique un epígrafe del código penal en lo que de verdad ocurrió.   

La puerta se abrió golpeando algo tras ella, golpeándole a él, a ella, la muerte inerte en el suelo boca abajo.  Antes de morir había llamado a una familiar que estaba en camino asustada y que al llegar, en medio de las maniobras de resucitación, me encontró comprimiendo el pecho de su padre.  Las maniobras de reanimación fueron inútiles, la intubación, el monitor desfibrilador, la vía y la medicación no consiguieron revertir aquel desastre, y murió después de mucho rato intentando traerlo de vuelta entre los cinco, con una hija que callada contenía el dolor que después se convertiría en el grito más desgarrador que haya escuchado.  Esa noche volví a mi casa deshecha, no cené, apenas dormí, solo recé y lloré, como procedía.

Ahora sé que la muerte no tiene solo 1000 caras, tiene todos los rostros posibles.  Soy médica de familia y contactaré con ella con frecuencia, me prepararé para evitarla cuando sobreviene inexplicablemente y también para acompañarla cuando avisa y da sus motivos.  Por más que me prepare, reconozco que siempre me impresiona certificarla.  Confirmar que esa persona dejó de vivir y ahora ofrece frío en la piel y silencio absoluto en la auscultación, una línea plana en el electro, ausencia de movimiento en los ojos, son ojos que no miran ya, solo piden estar cerrados... Soy médica de familia y también yo siento el duelo cuando despido a un paciente, mi especialidad también acompaña de luto a la familia, mi especialidad también llora a veces, mi especialidad es mortal (del latín, que está sujeta a la muerte),  pero es preciosa.



viernes, 2 de febrero de 2024

01/02/2024: Un jueves rural

Después de un par de semanas de medicina en el mundo rural creo poder decir que estoy cambiando el chip.  Aquí todo es distinto respecto a mi anterior trabajo en el medio urbano, diferente, ni mejor ni peor.  En mi momento vital actual me encuentro a gusto donde estoy, eso es lo verdaderamente relevante. 

Hoy es jueves, me dirijo en coche al pueblo más chiquitín de los tres que, junto con enfermería, tenemos a cargo.  Aparco bien pegada a sus paredes de piedra, cojo del maletero el maletín, el ordenador y la mochila, camino pocos metros para pasar bajo el arco que guarda la entrada al consultorio.   Me reciben decenas de macetas adornando la puerta y su cartel que anuncia que la consulta conmigo es hoy a primera hora.  Encuentro la llave en el manojo que custodio y la puerta abierta deja paso a unas escaleritas.  El consultorio es una bodega bajo la piedra, un espacio íntimo donde únicamente me acompaña el quemador de la estufa con su sonido, la mesa, la camilla y las sillas.  Aquí no hay cobertura, no hay línea de teléfono y no hay nadie, no hay pacientes todavía.  Ya vendrán, sé que por las ventanas me han visto llegar.  No tardaré en conocer a toda la población, pocos faltarán por acercarse a saludar.  

Después de un par de visitas es momento de recoger los bultos y marchar al coche.  Otro consultorio a menos de 10 km de carretera serpenteante entre los montes me espera.  "¡Bon día doctora!" dicen varias voces mientras mis tres maletas y yo aparcamos y abrimos las puertas, "¡Bon día!" digo mientras pienso que me gustaría aprender el idioma local.  

El sistema de cita es una fila india en la salita de espera, ellos gestionan el triaje en caso de urgencia "pasa tú que te corre más prisa" "que pase este que no tiene buena cara".  Saben que el ordenador va lento a veces, saben que ante la urgencia debo salir pitando, "ya vendremos otro día" es la mejor estrategia de gestión de la demanda.   

Hoy me han consultado toses, dolores de rodilla, cambios en la piel, tristeza porque falta un ser querido, fallos de memoria que preocupan, heridas que tardan en cerrar, una tensión arterial que se niega a bajar, molestias que han ido a mejor, ganas de volver a trabajar, análisis que son para enmarcar y otros que hay que repetir, recetas que hay que renovar con mucho cuidado...  Hoy he escuchado pulmones de 2 años y de 97.  No he curado a nadie, yo no soy tan importante aquí como creen, he cuidado no hacerles daño ante todo y a alguno lo he ayudado a mejorarse, que no es poco.

No he experimentado aún la falta tiempo en consulta, poco a poco me voy acostumbrando a decir y hacer lo que antes daba por imposible con las prisas constantes.  De momento invierto el tiempo en escuchar mucho a la gente y observar mucho el entorno, y me alivia poder hacerlo sin remordimientos.  

Soy una médica sin bata, aquí aprecio más los jerseys o el forro polar.  Soy una médica de coche y maletín, me cuesta poco decir "dentro de un rato paso a verle", "mañana iré por casa", la atención domiciliaria siempre me ha gustado y ahora tengo el tiempo que requiere.  Soy una médica para largo, he venido para quedarme tiempo, para disfrutar de la longitudinalidad.  Soy una médica rural, estoy mucho tiempo en ruta, estoy para menos gente, pero estoy para más cosas.  Soy una médica de familia feliz con su trabajo, no estoy segura de haber llegado para sanar a mis pacientes o para que sean ellos quienes me hagan sanar.



martes, 30 de enero de 2024

30/01/2024: La médica del diablo

Hoy vengo a presentaros a un paciente.  Para respetar su privacidad no lo dibujaré tal como es, no hablaré de él por su nombre ni os contaré toda la verdad porque aquí todo el mundo lo conoce.  

El primer día que llegué a pasar consulta donde él vive, tres de sus médicos anteriores me habían hablado ya de él, "ten cuidado", "es problemático", "no discutas".  Ese mismo día me llamó mi jefe para advertirme "si va, no lo veas tú sola, ten cuidado".  No os voy a engañar, tenia miedo, estaba sola, estaba asustada, el diablo al que todos tememos podía venir a verme en cualquier momento.  

Los médicos a veces tenemos miedo, miedo de no hacer las cosas bien, de la incertidumbre que nos rodea, de lo que nuestro cansancio puede hacernos y a veces, de nuestros pacientes.  No os voy a engañar, tenía mucho miedo cuando la primera llamada que recibí en ese primer día, marcaba el número del diablo en el teléfono.

Descolgué y empezó a hablar en tono bronco sin dejar apenas que me presentase.  Habló de malas experiencias con el sistema sanitario, de molestias y dolores que lo acompañan desde hace años y nadie ha podido mitigar, siguió contándome cómo la vida le ha resultado difícil de sobrellevar a él y a quienes se le han acercado, reconoció que se agarra a medicaciones peligrosas que acallan el dolor físico y mental, me confesó que hace años que no sale de su casa y que la soledad es su obligada zona de confort.  Hablaba cada vez más despacio, mientras yo simplemente hacía afirmaciones que le permitiesen saber que seguía escuchándole.  Casi exhausto tras el discurso, me permitió hacerle una pregunta: "¿quieres que me acerque para que hablemos en persona?", me dijo que a los diablos nadie los visita y que su casa, en consecuencia, no estaba presentable, pero quería conocerme.  

Resultó que el diablo estaba también solo y asustado, su fachada y su reputación responden a sufrimiento propio y ajeno de muchos años de evolución, un sufrimiento que ha ido moldeando la leyenda que hoy tenemos en consulta.  Todos hemos alimentado al monstruo a base de fármacos sedantes, dándole al diablo lo que aparentemente pedía, pactando con él un periodo de calma para todos.  

Hoy ha salido de casa y ha venido a verme al consultorio.  Él hizo el esfuerzo de aparecer y estar tranquilo, yo me esforcé por transmitir calma y comprensión.  Por el momento no confiamos mucho el uno en el otro, pero ambos intentamos conocernos mejor para poder hacerlo. Él es tal reto para mí como yo lo soy para él.  Resulta que soy la médica de este diablo, porque el diablo merece que alguien atienda su dolor tanto o más que el resto.

Estoy convencida de que en la gran mayoría de consultas tendréis un diablo, cuando no varios.  Es necesario hablar de ellos, porque siempre hay pacientes que nos ponen en riesgo, hay pacientes que entienden nuestra figura desde la confrontación, hay gente que sufre y hace sufrir porque no conoce otra manera de acercarse,  hay personas desesperadas que hacen desesperar.  Los sanitarios necesitamos prepararnos para afrontar esas consultas y necesitamos respaldo institucional para atenderlos en condiciones de seguridad, porque los diablos nos necesitan, mucho más de lo que desearíamos.  

Este es uno de mis grandes desafíos, conectar con la gente con la que parece más complicado, porque la profesión así lo exige, cuidar de quien ni siquiera pretende cuidarse o que le cuiden, estar cerca en lo posible del dolor que intenta destruir y aislar a la persona.  No va a ser fácil, no va a ser rápido, no estará exento de tropiezos, puede que no salga bien, pero tengo que intentarlo; soy la médica del diablo.

viernes, 12 de enero de 2024

12/01/2024: El maletín del médico

Ayer dediqué parte de la tarde a poner a punto mi herramienta de trabajo. Algunos lo llaman cabás, otros bolsa médica, y muchos maletín.  Es un complemento que sólo llevamos los médicos de familia y que nos identifica, porque nosotros salimos a la calle y a las casas cargando con él, porque cada médico configura el suyo para que le sea útil allá donde esté.  Y como no hay dos médicos iguales, tampoco los maletines deben serlo.  Es decir, tu maletín es tan único como tú. 

El mío es en realidad una mochila muy compartimentada, gris y azul, muy ligera, en apariencia muy corriente, pero en el fondo es especial porque me la regalaron los compañeros del centro de salud donde me convertí en médica de familia y siempre siempre siempre me acompañarán entre los bolsillos de mi maletín. 

En mi nuevo puesto de trabajo (en el medio rural) se hace aún más indispensable que lo lleve dentro y fuera de las consultas.  Me acompañará a los tres consultorios, a los domicilios y a las urgencias.

Es mi fiel escudero.  Yo sin él no podría desenvolverme igual de rápido, y él sin mí no sirve de mucho, de modo que tenemos que estar coordinados.  Sé que dentro debo llevar artilugios y herramientas que me ayuden a diagnosticar y tratar la mayor parte de las consultas, lo más ordenadamente posible, para encontrar las cosas rápido y reponer lo que falte de forma sencilla. 

Pero en el maletín no cabe todo, ni debe hacerlo, tenemos que equiparlo con lo más rentable.  Eso implica que hay algunas cosas que son tan indispensables que siempre van a estar dentro y otras que iré adaptando a la situación y al medio en el que me encuentre. Para configurarlo tengo una pequeña guía donde apunté tanto lo que uso con más frecuencia como lo que una urgencia grave me requeriría utilizar en la primera asistencia. Tengo claro que de nada sirve incluir medicaciones que no sabría utilizar, instrumentos que no puedo manejar en la mayoría de escenarios, materiales a los que apenas doy uso en consulta.

A mí me han servido los ejemplos de algunos compañeros que se desenvuelven bien en el medio rural, así que dejo aquí mi organización por si sirve de inspiración a algún novato como yo:

- Bolsillo de documentación: recetas, p10, hojas en blanco (para dibujar o apuntar cosas), sello, tinta, bolígrafos, subrayador, manual de emergencias en atención primaria (luego casi nunca lo miro, pero llevarlo me da una serenidad que la emergencia requiere).

- Estuche súper-imprescindible (cosas de uso diario que suelo sacar sobre la mesa de la consulta): fonendoscopio, pulsioxímetro, termómetro, martillo de reflejos, linterna, otoscopio.  Yo tengo también un pequeño otoscopio con cámara que me ayuda a compartir imágenes de otoscopia con compañeros y un kardia para hacer ecg de 6 derivaciones. 

- Estuche imprescindible (este no lo dejo sobre la mesa pero lo abro todos los días): glucómetro con tiras y lancetas, tensiómetro digital y manguito manual por si algo falla, pilas para no quedarme colgada.

- Estuche "pringoso" (lo llamó así porque dentro llevo todos los líquidos que "pringan"): lubricante, Betadine, suero fisiológico, pomada antibiótica, pomada antiinflamatoria, tiras de orina, test rápidos, guantes (muchos guantes), mascarillas.

- Estuche de fungibles (constantemente tengo que estar reponiéndolo, intento agrupar las cosas con gomitas pero reina el caos con frecuencia): vendas, gasas, apósitos, tiras de aproximación, gasa de hemostasia, gasa orillada, campos estériles, compresas, esparadrapo, guantes estériles, seda, nylon, hojas de bisturí, tijera, pinza, kit vía IV, kit vía SC, smach, agujas diferentes, jeringuillas de distintas capacidades, contenedor de punzantes, guedel.

- Ampulario (dentro van medicaciones IM, IV y VO) yo las ordeno alfabéticamente porque las encuentro antes.  

- Ampollas: adrenalina, amiodarona, atropina, akineton, Buscapina, cloracepato, dexametasona, Diazepam, diclofenaco, flumacenilo, furoaemida, haloperidol, konakion, levomepromacina, metamizol, metoclopramida, mepivacaína, midazolam, morfina, naloxona, polaramine, stesolid rectal, sulpirida, urbason. 

- Orales (llevo algunos extra porque en mi medio la accesibilidad a la farmacia es algo más complicada): Acetilsalicílico, captopril, dexametasona, Diazepam, diclofenaco, ebastina, furoaemida, Ibuprofeno, lorazepam, metamizol, Omeprazol, Paracetamol, prednisona.

Llevo también un mechero y algunos clips, un paquete de clínex, unos caramelos, un triturador de pastillas, un cargador de móvil, las llaves, un papel con teléfonos de interés de la zona, una chuleta que detalla lo que llevo dentro del maletín.  

Dejo siempre un bolsillo exterior vacío y ahí van los extras de ultima hora y los papeles de información confidencial del paciente que voy a ver.  Que me llaman de una laceración en el ojo, echo la fluoresceína, que me llaman de una herida, echo el kit de suturas, de una quemadura echo silvederma, a veces echo el dermatoscopio, oftalmoscopio... Que parece que me voy a pasar un buen ratito en el aviso, meto en ese bolsillo hasta el bocata del almuerzo.

Y si algo tiene mi maletín es que está abierto a cambios.  Me da seguridad llevar lo que he considerado importante pero soy consciente de que siempre falta alguna cosa que un día necesitas y que siempre llevamos algo que va a caducar sin usar.  Yo creo que el arte de tener un buen maletín es el de encontrar el equilibrio en su contenido, tener cierta seguridad con lo que llevamos y toda la humildad con lo que no podemos llevar.  Y es que hay veces que aunque metiéramos el hospital entero dentro del maletín no conseguiríamos solucionar los problemas, y otras veces que sin ni siquiera abrirlo seremos capaces de reconfortar a los pacientes.  

El maletín marca muchas veces los tiempos de la consulta.  Por eso siempre trato de escuchar antes de abrir el maletín y trato de hablar de todo lo necesario antes de cerrarlo.  

El maletín habla del carácter del médico.  Lo que llevas dentro revela lo que estás dispuesto a hacer por tus pacientes.  Importa que se vea limpio y ordenado en lo posible, importa que lo manejes con cierta soltura, y puede que sea importante hasta cómo lo lleves y dónde lo dejes.

Y ahora que ya he terminado de revisarlo me parece que no pesa mucho considerando la responsabilidad con la que carga,  la variedad de escenarios en los que me acompañará y todas las historias que ya lleva dentro.  ¿A ver si me olvidé de guardar algo? Os dejo, que voy a echarle un último vistazo. 

sábado, 6 de enero de 2024

07/01/2024: Empezar a volver y volver a empezar

Hace más de 8 meses que no escribo en mi diario, y es que Lucía nació para cambiarlo todo, cambiar mi vida, cambiarme a mi.  Mi hija es un tesoro que no merezco, ser su madre es la vocación más importante de mi vida, es maravilloso el vínculo indestructible que hay entre nosotras.

La maternidad es esa aventura de amor de la que todas hablan, sí, pero también tiene tintes de incertidumbre, inseguridad, alerta permanente, esfuerzo, agotamiento, lucha, desesperación...  Y de eso no hablamos tanto pero también nos acompaña.  Sobre todo, la maternidad trajo el cambio a mi mundo y mi vida hoy no sé parece en nada a la de hace un año.  Entonces percibía un vacío, un hueco que pedía a gritos llenarse y que sólo Lucía era capaz de ocupar.  Ahora ya no hay hueco, he dedicado estos meses por entero a cuidar y criar a Lucía que llena todos los minutos de mis días.  No hay hueco, pero sí quedaron algunas grietas en las que extraño algunas cosas que hace un año sí tenía, todo aquello que he aplazado por ser mamá.  Porque la maternidad implica también duelo silencioso por esas pérdidas o renuncias de tu vida anterior.

Y en este diario procede contar que extraño mi trabajo, echo de menos ser médica de familia.  Quizá porque me aportaba realización personal, reconocimiento social, sentimiento de pertenencia a un equipo y un colectivo.  Sobre todo era una forma de servicio a los demás con la que expresar mi agradecimiento a la vida, era mi ocupación mas allá de mi horario laboral, era mi pasión a la que había dedicado mi esfuerzo los últimos 12 años.  He echado mucho de menos la medicina de familia porque era parte importante de mi identidad.

Ahora es momento de recuperar todas las cosas que me hacen ser yo misma,  toca llenar las grietas, es hora de empezar a volver, entre otras cosas, a ser MFyC.  Quizá sea más bien volver a empezar porque he cambiado por completo el escenario desde la ciudad a los pueblos pequeños, seré parte de un nuevo equipo, descubriré nuevos pacientes, volverán las guardias ahora fuera del hospital, llegarán las horas de coche, la soledad de los consultorios, empezará una etapa de medicina rural.

Sospecho que me espera una medicina desconocida, pero no tengo miedo.  Empiezo una nueva aventura para la que me tengo que preparar y he decidido acompañarme de nuevo de mi diario.  Bienvenidos todos al Diario de una MFyC rural.

domingo, 9 de julio de 2023

09/07/2023: MFyC siendo paciente

Algo que te ocurre sin que te des cuenta cuando  eres médica y estás embarazada es que eres también paciente.

Es raro, es difícil, no eres una paciente normal aunque vayas como yo, sin comentar tu profesión.

Siempre me ha parecido que anunciar que eres médica cuando te está atendiendo un compañero puede ser peligroso.  Lo pienso porque yo he sido también médica de medicas.  A veces se tiende a no actuar como lo haces normalmente, a ir a otro ritmo, a pedir cosas que quizá no pedirías, utilizar vías que quizá no utilizarías, dar la información de una forma distinta quizá porque das por hecho conocimientos que se tienen por ser sanitario... Te sientes un poco más vigilada, quieres causar buena impresión y cometes el error de no ser la médica que siempre eres, y eso te puede llevar a cometer otros errores.

Por eso intento no decir en qué trabajo hasta que no tengo una mínima confianza con la persona que me atiende.  Esta vez, en las consultas de tocología (donde te sigue el embarazo el ginecólogo), no he tenido oportunidad de apenas comentarlo.  

He conocido a 8 médicos diferentes en mis 9 consultas de seguimiento, una más el día del parto, a 2 ecografistas, y pido perdón por no recordar siquiera el número de enfermeras que me habrán atendido.   Siento vergüenza al escribir esto.  Pertenezco a un sistema sanitario incapaz de ofrecer la longitudinalidad en la asistencia, ya ni en un solo proceso de salud autolimitado como son 9 meses de embarazo.

Bajo la sentencia "servicio jerarquizado" muere la longitudinalidad sin que a nadie le importe.  Se ofrecen a cambio consultas rápidas, biomédicas, eficientes en tiempo y recursos si miras desde fuera.  Pero desde dentro... no me he sentido acompañada, no era el lugar donde plantear mis dudas y mis miedos, he ido a consulta con los nervios propios de quien se presenta a un examen, deseando que peso y tensión saliesen bien y que al menos me dieran un feedback positivo sobre el curso del embarazo y el estado de mi hija.  

Los médicos que me atendieron siguieron todas las recomendaciones que dan las guías para controlar el embarazo, fueron puntuales y rápidos (ninguna de mis consultas duró más de 15 minutos, salvo las ecografías regladas), no cabe la queja.  Pero la mayoría de esos médicos no se presentó al empezar la consulta así que no supe a quien dirigirme, no me llamaron por mi nombre, una vez no dejaron que me acompañase mi pareja en la consulta, hasta en tres ocasiones no pude ver la ecografía que me estaban realizando (yo iba con la ilusión de ver de nuevo la carita y las manitas de mi pequeña moviéndose, aunque sólo fuera un segundo).   Ninguno de los médicos que me atendió conoció finalmente a mi hija... Entiendo que su objetivo es que la gestación y el parto concluyan de la mejor manera y ya está, pero el objetivo de sus pacientes no es otro que conocer por fin al bebé por el que se han sometido a todo ese proceso, por el que han ido preocupadas a todas las consultas, al que ansiaban ver en la ecografía.  Cuando por fin nace, quieres presentársela a quienes te han acompañado en el embarazo y normalmente están deseando conocerla.

Yo normalizaba este sistema porque pensaba que no había mucho más que hacer con lo que tenemos y que mientras se cumplieran los objetivos biomédicos íbamos tirando. Pero mi experiencia más reveladora fue una consulta del tercer trimestre. 

Salí de casa con mi pareja para asistir a lo que se suponía que era una última revisión y toma de cultivo.   En el centro médico me atendieron casi a mi hora y todo fue médicamente estupendo: me pesaron, me midieron tensión, me tomaron 2 cultivos, me hicieron ecografía y me dieron cita de resultados e indicaciones a seguir y la consulta duró unos 10 minutos, así que fue súper eficiente de nuevo.  Pero también fue la primera vez que me sentí vulnerable en una consulta, donde se supone que soy fuerte.   

De nuevo la doctora no se presentó y empezó a darme comandos que fui siguiendo, uno tras otro: "deja ahí tus cosas, pasa al peso, has perdido muy bien, siéntate ahí, súbete la manga a ver tensión, bien, pasa detrás de la cortina, quítate toda la parte de abajo, sube a la camilla, sube las piernas, muévete hacia abajo, cojo cultivo, súbete la camiseta que miramos la eco, está bien vale, limpiate con esto, bajate ya y vístete".  Una vez cumplidas las órdenes me quedé detrás de la cortinilla sola con mi tripón.  Nadie me ayudó a levantarme, me vestí haciendo equilibrios y mientras tanto la gine dijo algunas cosas más al otro lado de la cortina que solo mi marido escuchó bien y entendió.  Le contó cómo tomar el hierro y cuándo y cómo pedir la próxima cita. 

Salimos, él con papeles en la mano y yo con las zapatillas aún sin atar y aturdida.  Tuve que preguntarle qué había pasado y si todo estaba bien.  Intentando seguir el ritmo de las indicaciones no había sido consciente de nada. Me sentí frágil y un poco sola.  Sentirse así después de una consulta cuando eres médica, no es fácil de digerir... sentirse así seas quien seas no es admisible, nunca.

Entonces me di cuenta de que en mi embarazo hubo alguien que sí me acompañó en consulta y en clases de preparación al parto.  La matrona de mi centro de salud, mi matrona, se llama Ce y es extraordinaria.  Ce cumple también los protocolos de seguimiento en el embarazo.  Ella también me pesa, me mira tensión y me explora pero le cuesta un poco más de tiempo, habla menos, escucha más.  Ce no se presenta cuando llego porque ya nos conocemos, porque cuando entro en su consulta siempre encuentro a la misma persona y ella conoce cosas de mi que no salen en el ordenador, sabe que las citas me vienen mejor al principio o al final de la mañana, sabe que me preocupa un poco mi futuro laboral, sabe qué nombre quiero ponerle a mi hija.

Ce me informa de temas que envuelven tanto al embarazo como a la maternidad, me aconseja en cosas que no están en las guías pero que conviene saber, y lo hace siempre desde el respeto.  Antes de despedirse siempre me pregunta si tengo alguna duda, si necesito algo más.  

Tengo la sensación de que la conozco un poco, ella nos conoce, a mí, a mi pareja y ahora a mi hija, confiamos en ella.

Ser paciente, sentarme al otro lado de la mesa, subirme a la camilla, pasar por el quirófano me ha hecho conocer las distintas formas de ofrecer acompañamiento en los procesos de salud y enfermedad.  Apostar por la longitudinalidad es rentable, tanto para mejorar la experiencia de los pacientes (por eso te he contado la mía), como en términos absolutos de salud (hay ya estudios que demuestran que tener el mismo médico de familia más de 15 años reduce la mortalidad de la población un 30% ¿fuerte no?).

He visto clarísimo el contraste entre la asistencia longitudinal y la "parcheada" en mi propia piel. Tengo claro cómo debe ser, como debemos favorecer que sea y como quiero proporcionarla yo.

lunes, 3 de julio de 2023

03/07/2023: MFyC pensando en el futuro

Dejé de trabajar a los 6 meses de embarazo, después de una semana en la que hice un domicilio a un 4° piso sin ascensor arrastrando el maletín y los restos que quedaban de mí después de esas mañanas de más de 40 pacientes que prefieres olvidar.  Aún así, hubiera preferido seguir trabajando unas semanas más, pero necesitaba un poquito de adaptación de las condiciones del puesto (para no morir ahogada y agotada) y eso, en aquel momento, no era posible según el personal de riesgos laborales, no era necesario según mis jefas. 

Así que interrumpí mi vida laboral con la sensación de que a los sanitarios que estamos trabajando por encima de nuestras posibilidades nos cuidan más bien poco y tenemos apenas respaldo de nuestros superiores cuando más lo necesitamos.   

Ya en casa, sentada con las piernas en alto y el ánimo por los suelos, el leit motif de mi reflexión fue: "La atención primaria está agonizando, se hunde, intento ayudarla pero a nadie parezco importarle, me hundo... Necesito un plan B, un bote salvavidas que nos mantenga a flote a mi hija y a mi".

Pensé en varios planes de supervivencia: preparar la oposición (a todo el mundo parece tranquilizarle la estabilidad laboral aunque sea en el Titanic), la medicina privada (tendría mejores condiciones pero la universalidad de la asistencia naufragaría), la medicina penitenciaria (¿se supone que estoy huyendo de un barco que se hunde para subirme a una balsa a la deriva?...).  Pero quizá la que más esperanza me daba era pensar en repetir el examen MIR, hacer otra especialidad, cambiar de barco, algo que siempre dije que no haría.  

Tengo presente que si me vuelvo a presentar será para elegir, ya no con el corazón como la primera vez, sino con la cabeza.  Elegiría una especialidad que no se hunda o que lo haga mucho más despacio, que tenga un contacto con el paciente más limitado, que sea menos amplia, más abarcable, más cómoda, más respetada, que no desgaste tanto, con el respaldo de un hospital, con buena perspectiva laboral tras la residencia.  Una especialidad que aunque no me haga igual de feliz que lo hace la medicina de familia, al menos me deje sobrevivir.  Decir todo esto en voz alta fue de las cosas más duras que me he escuchado.

Pero antes de llegar a eso, antes de huir hacia adelante, antes de renunciar a un sueño, quiero darle (darme) la última oportunidad.  La medicina rural podría ser mi lancha motora.  

Tengo la esperanza de que allí aún quede algo de la esencia de esta profesión, de que sea quizá el último reducto de la medicina familiar y comunitaria de la que me enamoré.   Tampoco será fácil, tendrá sus desafíos, pero tengo más ganas de enfrentarme a lo desconocido que de seguir pegándome contra una pared que ya conozco. Tendré que averiguar en un futuro si estoy a la altura, si la medicina rural cumple mis expectativas y yo cumplo las suyas.

Y con toda esta vorágine de opciones, sólo una cosa estaba clara, mi hija Lucía iba a llegar a mi vida y yo quería que estuviera orgullosa de mi.  Quería y quiero contarle que fui MIR MFyC, y que sigo enamorada de la medicina de familia, y que no me rindo.  Buscaré la manera de disfrutar de ser médica y mamá.  Decidiré cuando llegue el momento, encontraré mi sitio, lo prometo.

sábado, 1 de julio de 2023

01/07/2023: Nuevo trabajo

Querido diario:

Desde hace dos meses he cambiado de trabajo radicalmente.  Voy a intentar describirlo en pocas palabras para que quede claro que soy inmensamente feliz pero a la vez estoy tremendamente agotada.  Soy mamá, soy la mamá de Lucía.

Pensarás que no cabe en este blog, que no tiene nada que ver con el trabajo, que ser mamá es una cosa y ser médica es otra, que se puede ser mamá médica y ya está.  

Pues te equivocas, cuando te cambia la vida por completo tu profesión tiene que adaptarse a tu nueva vida (no al contrario).  Esto es lo que hemos llamado "conciliación".  Aunque cuando se pone sobre la mesa suena genial y parece que es la solución, por ejemplo, para mamás trabajadoras; en realidad es como los tapetes de ganchillo de antes, no sirven de mucho pero quedan bien.   Las medidas de conciliación necesitan una actualización que proteja y cuide a la trabajadora para que ella pueda hacer lo mismo con sus pacientes y también con los suyos.  La conciliación tiene que volverse un mantel impermeable vaya.

Supongo que empiezas a explicarte, querido diario, porqué hace meses que no me ves el pelo.  Porque ahora, y hasta dentro de muchos meses, ya no soy MFyC, soy "sólo" mamá.  

Te pondré al día poco a poco porque quiero detenerme en 3 cosas que han pasado.  La primera es que he estado embarazada y eso me hizo pensar en el futuro y tomar decisiones.  La segunda es que he parido a mi hija, he sido paciente en lugar de médica en un momento decisivo de mi vida y me he dado cuenta de algunas cosas.  La tercera es que he sido, soy y siempre seré la mamá de Lucía, y decido ponerla por encima de todo, también de mi trabajo.

Te contaré esto y luego dejaré de contarte cosas.  Porque todo lo que ahora me pasa tiene que ver con la experiencia de ser madre.  Así que ahora tengo otro diario, menos ilustrado, más íntimo.  Un diario que habla de mí pero también de nosotras, y de todo eso que da miedo decir cuando eres mamá y aún escribirlo cuesta.

Así que de momento te prometo 3 páginas más, querido diario, y luego iremos viendo.

jueves, 1 de diciembre de 2022

01/12/2022: Cuando todo estaba oscuro...

 Hola de nuevo querido Diario.  Sé que han pasado muchos meses sin hablarnos, que este silencio sólo podía significar que no tenía nada bueno que contarte, ni encontraba las palabras para explicarte lo malo.

Mi situación ha sido tremendamente compleja, igual que la situación de nuestra Atención Primaria.  Ser "médica de huecos" ha implicado contratos de una semana, dos días, uno incluso.  Cada día en un hueco distinto, cada día una aventura diferente.  

He dibujado la presión asistencial de mis contratos, creo que se entiende bien pero te lo voy a explicar.

He sido una "médica trapo" o "médica bayeta".  Esa con la que "limpian la consulta", con la que "achican agua".  Claro que lo que aquí se "limpia" son 40 o 50 pacientes en una mañana, pacientes que no conozco y tienen, con suerte, entre 5 y 10 minutos para presentarse, pacientes que merecen una atención de calidad que así no puedo darles.  

He sido esa "médica bayeta" que intentan escurrir, a ver si puede limpiar 4 o 5 pacientes más, y cuando los ha atendido, le dan esa última vuelta de apretón a ver si aún le queda algo que sacar: un domicilio urgente, pacientes de otros médicos que tienen que dejar su consulta vacía cuando no pueden estar, una emergencia, ese paciente que no puede esperar a mañana, ese paciente al que acaban de dar el alta del hospital, ese que se quedó sin medicación imprescindible...

Una "médica trapo" sale bastante barata, creo que es así porque entre ella y sus pacientes pagan buena parte del precio.  No hay que pagarle descansos a los que no tiene derecho, no hay que pensar en conciliación con la que no cuenta.  Se da poco valor a la seguridad del paciente, pero la prisa y la presión hacen más probable cometer errores que saldrían caros...  Se le da mucho valor a la inmediatez que no ha demostrado gran cosa, en absoluto se valora la longitudinalidad, que sí puede hacer que nuestros pacientes vivan más y mejor.  La accesibilidad es barata y desigual, porque romper la brecha digital y procurar que los pacientes más vulnerables pudieran llegar hasta mí tan fácilmente como cualquier joven con un smartphone... saldría caro.  Por eso han aumentado las consultas innecesarias y repetidas, baratijas en el fondo; pero apenas aumentamos el control de los crónicos y el seguimiento de la fragilidad, porque me obligan a dedicar el tiempo a lo primero a pesar de que el valor de mi profesión está en cuidar de los segundos.  

Podríamos hablar del precio de la atención comunitaria pero es que eso sale completamente gratis porque depende únicamente de la energía del profesional para afrontarla siempre fuera de su agenda.  Podríamos hablar del coste de la formación pero es que la tenemos de rebajas, se deja al esfuerzo personal y del equipo para encontrar el hueco donde meterla, cada vez tenemos menos tiempo para mantenernos actualizados.   Aún me faltaría por preguntar: ¿Cuánto nos cuesta formar a un MIR MFyC que aprende a fuerza de trabajar y tiene a su tutor ahogado en la consulta?  ¿Salen caras las jubilaciones anticipadas de los sanitarios que ya no aguantan más? ¿Y las bajas laborales de los profesionales que ya se nos han roto?

En el fondo, una "médica trapo" dura lo que dura si no la cuidas.  Pero dime si no es importante el mantenimiento de una consulta en la que falta el médico, asegurar que puede seguir funcionando con seguridad y con dignidad para los profesionales y los pacientes.  Es importantísimo, porque tenemos a muchas médicas jóvenes que se han cansado de ser utilizadas y se marchan, dejando tras de sí una frase para la televisión y los periódicos: "faltan médicos".  A priori parece incontestable, pero si miras bien, te das cuenta de que formamos a muchísimos profesionales en nuestras universidades y luego les damos formación MIR a casi todos, y la gran mayoría serán médicos de familia, buena parte estarán tremendamente bien preparados.  Pero se nos escapan, y "nos faltan médicos", porque no los cuidamos.  

Todo esto es lo que he ido descubriendo con mis contratos (no diremos "basura", diremos "bayeta"), he sido plenamente consciente del abandono de nuestra Atención Primaria a su suerte, incluso de los desprecios de nuestras propias autoridades.  No solo no dan valor a lo que hacemos, intentan quitárselo constantemente.  

Por eso todo estaba oscuro, y todo está oscuro.  Pero...

Aunque en los últimos meses nada ha cambiado fuera, continúa el abandono y el desprecio, pero algo ha cambiado en mi.  He conseguido un par de contratos algo más largos, dos semanas en el mismo hueco primero, un mes entero en la misma consulta ahora.  Tiempo suficiente para reencontrarme con la médica que quiero ser, para volver a sentirme médica de familia.  No ha sido mérito mío en absoluto, tampoco de mis jefes.  El color ha vuelto con quienes he sentido que ya casi eran "mis" pacientes,  ellos lo han traído.  Fueron sus sonrisas al verme en la consulta varios días seguidos, sus "gracias, a ver si te dejan aquí" al salir,  al conocer mi voz a través del teléfono "¿eres María?", al confiar en mi criterio, al reír juntas, al llorar frente a mi.  Hasta en los desencuentros con los pacientes difíciles encuentro sentido en lo que hago, hasta en el domicilio incómodo de las 4 de la tarde que te pilla con lo puesto, hasta en ese caso que te estudias en tu casa con un café o comentas con tus colegas porque estás perdida.   

El color ha vuelto a la consulta y a mi vida, ahora puedo volver a dibujar.  El color ha pintado mis mañanas este mes y le ha dado el valor que merece mi profesión.  No puedo volver a perderlo en contratos en blanco y negro.  No va a ser nada fácil, pero MFyCs que estéis leyendo esto, tenemos que repintar la Atención Primaria y no pueden quitarle el color a nuestra maravillosa especialidad.

25/09/2026: No puedo dormir

No puedo dormir. En el silencio sigo escuchando una voz eléctrica que repite sin parar:  “Comprime, comprime, comprime, comprime”. ¿Cuándo s...