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miércoles, 11 de junio de 2025

11/06/2025: "Haul" de medicina de familia

 ¿Los "influencer" médicos de familia existen?  

Me he encontrado en las redes sociales muchas personas que hablan de salud con más o menos acierto, algunos sanitarios que divulgan sobre ciencia con más o menos rigor, y muy poquitos médicos de familia que transmiten mensajes importantes para sus pacientes o sus compañeros.  No es fácil, pero voy encontrando personas que tienen rincones en internet que son de total confianza y esconden auténticos tesoros.  No es fácil, porque el formato en el que presentan sus contenidos no se parece, ni puede parecerse, a la vorágine de vídeos "shorts" con la que los "influencers"  secuestran nuestra fugaz atención.

Últimamente, me bombardean los vídeos en los que un creador de contenido se dedica a desempaquetar con entusiasmo montones de bolsas, paquetes y cajas de diferentes productos que acaba de recibir o comprar.  Y el contenido puede ser tan variopinto como ropa y accesorios, juguetes, comida o dispositivos tecnológicos. Y mientras lo hacen muestran sorpresa, decepción o satisfacción según se acerque o no a sus expectativas sobre cada producto.  A este extraño ritual lo han denominado "haul" o "unboxing". Cuanto más variado e inesperado, más atractivo y mejores valoraciones.  Me parece un proceso bastante laborioso, entretenido y, aunque os parezca una locura, me recuerda un poco a mí en la consulta.

¿No es la intriga de recibir algo nuevo cada día, a veces no saber lo que recibirás, otras desentrañar el misterio de si lo que has pedido responde a tu expectativa, lo que engancha tanto en estos vídeos?  ¿Y no es lo mismo lo que tanto me atrae de mi especialidad?  Si yo fuese "influencer" podría publicar un "haul" de pacientes cada semana, incluso cada día, y el entretenimiento estaría asegurado.  Pocos médicos manejan tan alto nivel de incertidumbre, ven patología tan variada o tienen consultas de índole tan diferente como las nuestras, como las del médico de familia.  Nuestros "hauls" reventarían las redes sociales.  

Pensando en lo que atendí la semana pasada, recuerdo que pasaron por el consultorio muchos pacientes.  Algunos eran mis propios encargos: esa infiltración de rodilla que acordamos que viniese el día más apropiado para el reposo posterior, esa consulta para subir la dosis de un tratamiento del dolor que intentamos controlar, esa paciente que me trae cada mes sus cifras de tensión apuntadas, la revisión de esa herida que cosí con paciencia...

Otros estaban por desenvolver: la espirometría que pedí, los resultados de la analítica, la respuesta de ese compañero al que pedimos opinión, ese paciente que se llevó dos inhaladores la semana pasada vino a comprobar que era lo correcto... 

Pero tuve varias sorpresas que cuando estás haciendo un "haul" puedes llamar "mistery box".  Una consulta sobre tabaco salió de una laringitis aguda.  Una petición de informe de dependencia me hizo salir a un domicilio.  Encontré en el "unboxing" de un insomnio, un profundo pesar por un fracaso.  Empecé la consulta con una paciente y acabamos detectando un signo de alarma en su hija.  Dos pacientes con semblante similar, con la sonrisa débil y desviada, acabaron de formas diametralmente opuestas.  La más mayor caminaba y estrechaba mi mano con discreta dificultad y me rompió la consulta igual que lo hizo su cuerpo, por la mitad.  Sigue ingresada en el hospital.  El más joven, aunque aún no puede guiñarme el ojo, se va recuperando en casa con fisioterapia y medicación.  

La mesa terminó siendo el reflejo de la semana, quedaron encima artilugios y cachivaches, informes, recetas, agendas.  Pasó por allí desde un niño pequeño hasta una anciana en silla de ruedas, atendí desde la herida del pie hasta el dolor de cabeza, desde la renovación de una receta hasta el código ictus.  A veces intuí cuál era el motivo de consulta, otras no lo vi venir.  Cada paciente que entró fue un envoltorio que quitar, a veces con intriga, con satisfacción, otras con pesar, a veces con un poquito de inseguridad.

En otras consultas los pacientes llegan ya desempaquetados y clasificados.  Imagínate el "haul" del compañero de oftalmología que hoy pasa consulta de catarata, apasionante a su manera, seguramente.  En otras consultas los pedidos llegan sólo programados, pero a mi en cualquier momento me puede llegar algo urgente.  En otras consultas, una vez desenvuelto el paciente finaliza la asistencia, pero yo nunca termino mi "haul", mis pacientes siempre serán mis pacientes, yo no sé lo que es dar el alta.

Yo no valgo para "influencer", no soy ejemplo de nada, mi consulta es variada y encierra sorpresas que os encantaría conocer, pero también es el territorio donde cuido, aprendo, disfruto e incluso sufro, y quiero que siga siendo solamente para mis pacientes y para mi.  

Yo sólo escribo lo que veo, pero hay compañeros que sí son excelentes divulgadores, y por ellos me dejo influir confiadamente.  Es importante seleccionar bien los referentes en la información que recibimos como médicos, es importante hacer lectura crítica, librarse de los humos de la industria farmacéutica, tener una óptica plural y enriquecer nuestra opinión conociendo la de quienes antes se han ganado el derecho a opinar.  Admiro la labor de las personas y los grupos que resisten comunicando con prudencia en medio de la infoxicación. 

Y para terminar, aquí viene lo que estabais esperando: 

"HAUL DE BLOGS QUE MERECE LA PENA SEGUIR"

miércoles, 20 de noviembre de 2024

21/11/2024: Los médicos de hoy en día… ¿a qué estamos dispuestos?

Hace algunas semanas escuché una entrevista radiofónica en la que un experimentado médico de familia se aventuraba a afirmar que “los médicos de hoy en día no son como los de antes”. Esta frase que, a priori, parece una obviedad si quiere decir que las profesiones cambian adaptándose a los tiempos y a los contextos, se llenó de connotaciones negativas a lo largo de la entrevista, con un colofón en el que se afirmaba que los jóvenes médicos de familia no estamos tan dispuestos a trabajar como aquellos médicos que iniciaron su carrera profesional hace más de 30 años. No sólo es el testimonio de este compañero, también escucho sentencias similares en otros muchos lugares y por boca de otras muchas personas. Me refiero a afirmaciones como “no quieren coger el coche para ir a trabajar”, “no les gusta el medio rural”, “no quieren hacer guardias”, “no quieren coger contratos de atención continuada”. Creo que se alimentan de titulares como: “quedan desiertas 150 plazas de atención primaria”, “movilizaciones por la falta de médicos”, “situación crítica por vacantes de médicos” … Saben a lo que me refiero, ¿verdad? Porque, quien más quien menos, ha leído alguna noticia sobre la situación actual de la atención primaria, y puede que vaya intuyendo que existe un problema real. No es difícil darse cuenta de que estos titulares y soflamas manejan la información de una forma superficial y endeble hasta darle una forma alarmista a un problema que se anunciaba hace ya más de 10 años.  Un problema con el que convivimos, resignados o enfurecidos, según la posición y el carácter de cada cual.

Yo confieso que tengo ratos de resignación, pero la entrevista me enfureció sobremanera. Precisamente porque me identifico como médica de familia joven, comprometida con la profesión y con los pacientes, aunque mi compromiso organizativo (es decir, con la empresa) esté por los suelos. Oigo muchas quejas, muchas críticas, muchos malos augurios para los médicos como yo, pero apenas escucho propuestas de mejora.

Me hubiera encantado sentarme en la mesa de esa entrevista, participar del debate, hablar de tú a tú con ese médico que parece que ha perdido la esperanza e intentar comprenderlo.  ¿Sólo yo opino que faltan médicos jóvenes participando del debate? Hoy voy a escribir, hoy le voy a escribir, tan sólo mi punto de vista, tan sólo aquello que desearía que supiera todo el que se queja, critica o presagia nuestros desastres. Sencillamente voy a exponer aquellas cosas que estoy dispuesta a hacer para mejorar el panorama actual de nuestra atención primaria, para que mi compañero vea que no está tan sólo como le parece.

Estoy dispuesta a desplazarme para acudir a mi puesto de trabajo, de hecho, lo hago diariamente hasta un pueblecito a 35 km de mi casa. Estoy dispuesta a seguir utilizando mi propio vehículo personal en mi trabajo, incluso para realizar la asistencia urgente a pacientes, y a soportar los gastos de gasolina y mantenimiento de este sin que sea reconocido ni retribuido, como hacen cientos de compañeros en silencio.

Estoy dispuesta a trabajar en el medio rural, como de hecho trabajo, a sabiendas de que no disponemos de los mismos recursos y de la distancia que me separa de muchos servicios que son fundamentales para la salud de mis pacientes. Estoy trabajando sin dermatoscopio, sin ecógrafo, sin bisturí eléctrico, y lo que es de verdad grave, sin electrocardiograma en mi consultorio (el más cercano está a 10 km). Estoy dispuesta a seguir ejerciendo en el medio rural, donde las poblaciones no suelen superar los 1000 pacientes por médico, sólo allí encuentro el último reducto donde ejercer mi profesión con cierta serenidad sin sobrecargas de agenda, dando a cada cual el tiempo que necesita, siendo accesible y sin lista de espera. 

Estoy dispuesta a asumir la formación de profesionales residentes con una remuneración mínima, sin tiempo designado a la actividad docente (como de hecho muchos compañeros están haciendo). No podemos seguir formando a la mayoría de nuestros médicos en el medio urbano y esperar que al terminar su especialidad decidan mudarse al medio rural que desconocen, porque allí es donde más necesidad tenemos. Si no se valora lo que no se conoce, ¿Qué salida laboral esperan que valoren nuestros residentes?

Estoy dispuesta a compaginar mi trabajo en la consulta con las guardias (jornadas atención continuada de 17 horas), como de hecho hago, sabiendo que puede surgir una emergencia en medio de la noche y que tendremos que salir con el coche del centro de salud y puedo terminar incluso subida en una ambulancia. Pero necesito saber que puedo descansar al día siguiente (librar la guardia) y no estoy dispuesta a soportar turnos de atención continuada que pueden llegar a superar las 48 y hasta 72 horas encerrada en el centro de salud. No puede pagar el paciente un despiste que tuve por agotamiento.

Estoy dispuesta a trabajar algunos fines de semana y festivos, pero no estoy dispuesta a aceptar contratos exclusivamente de atención continuada. Me he formado en medicina familiar y comunitaria y mi profesión consiste en la atención longitudinal a los pacientes, no en trabajar cubriendo los huecos, cada día en una consulta y encadenando guardias los fines de semana y todos los festivos del año. Es imperativo cuidar a los profesionales que se encuentran trabajando de esta forma, no se merecen ser profesionales de segunda cuando están solucionando un problema estructural al que hay que encontrar otra solución.  Creo que debo asumir, junto con todos mis compañeros, la cobertura de una atención continuada que no puede ser responsabilidad de tan solo unos pocos médicos, ni de la urgencia hospitalaria.

Estoy dispuesta a trabajar con contratos temporales cuando esa es la necesidad existente. Pero perdonen que exponga mis dudas. No consigo entender por qué en mi comunidad se convoca un examen de oposición con más de 200 vacantes ofertadas y se decide adjudicar solamente 25 de ellas, para seguir abandonando al resto a la temporalidad.  Estoy dispuesta a aprobar también la siguiente oposición, claro que sí, es la única vía que me llevará a la longitudinalidad que ansío, pero no estoy dispuesta a escuchar sandeces sobre contratos que se dejan desiertos.

Estoy dispuesta a seguir acudiendo a sus llamamientos centralizados para cubrir las vacantes de otros médicos de familia, a sabiendas de que los hacen con la mínima anticipación (sacan la convocatoria oficial con menos de 24 horas de antelación), sin baremación previa de los méritos de los profesionales (se valoran tan solo una vez al año, cuando conviene), e incluso teniendo que estar en el paro o con contratos de días sueltos hasta que los convoquen. No estoy dispuesta a seguir encubriendo que las “movilizaciones” del personal sanitario se hacen siempre de esta manera, tarde y mal.

Estoy dispuesta a todo esto, y probablemente mucho más, si todos mis compañeros trabajan conmigo en igualdad de condiciones, minimizando las tremendas diferencias entre los profesionales rurales y urbanos, equiparando los derechos del personal fijo y el eventual o temporal. 

Esta es mi declaración de intenciones, la mía. Cada cual tiene la suya propia y deberían escuchar la de muchos de mis jóvenes compañeros para encontrar solución a esta “falta” de médicos. Para sorpresa de nadie, las condiciones de nuestro trabajo entre otros factores hacen que muchos compañeros jóvenes médicos de familia estén eligiendo la medicina privada, el trabajo en urgencias extrahospitalarias u hospitalarias, muchos repitan el examen MIR para hacer otra especialidad o emigren a otros países donde el trato es algo mejor. Los médicos que les faltan son los que dejan escapar; no lo digo yo, lo dice por ejemplo Juan Simó aquí: el super-bulo de la falta de médicos. 

Así que, sí, los médicos jóvenes de hoy en día hemos cambiado, como cabía esperar. No somos ni mejores ni peores, somos protagonistas de un escenario muy distinto.  Venimos de un proceso selectivo muy exigente para entrar en la universidad que culmina con una elección de la especialidad tremendamente sesgada. Cuando por fin nos convertimos en médicos de familia, hay tantos lugares en los que podemos trabajar que nos vemos en la tesitura de elegir, y hacerlo bien.  Tras el salto al mundo laboral nos encontramos, casi antes de empezar, con el desprestigio y las carencias de nuestra atención primaria que hacen sencillo instalarse en la cultura de la queja y no iniciar movilizaciones activas (que echo en falta).  Ojalá las herramientas (sindicatos, sociedades científicas, movimientos…), que tienen capacidad para organizar el relevo de la generación que abrió camino con la nuestra, lo hagan. Porque hacen falta cambios y obligatoriamente pasarán por nosotros.  Nuestra disposición, no será en absoluto incondicional, entonces me queda la duda… ¿vosotros, hasta dónde estáis dispuestos a llegar?

sábado, 16 de noviembre de 2024

16/11/2024: ¿Te apuntas conmigo? A propósito de mi caso

El viaje en tren después de un congreso es para mí un momento perfecto para la reflexión. Vengo del 44° congreso de la Sociedad Española de Medicina de Familia celebrado en Barcelona.

Si empiezo por el principio hace casi un año que empieza el proyecto que hoy no sé si se termina o por fin se inaugura.  Fue entonces cuando un mensaje de un buen amigo proponía una nueva aventura juntos: coordinar un monografico sobre laboratorio clínico en atención primaria (tema interesantísimo a mi parecer), en una revista de tirada nacional.  A priori el vértigo me inmovilizó, me abrumaba la responsabilidad y la carga de trabajo previsibles, y tuve miedo de no dar la talla y de verme obligada a sacrificar tiempo y esfuerzos sin éxito.  Pero como no me falta valor o inconsciencia (aún hoy no lo tengo claro), dije que sí, porque me cuesta mucho decir que no (y más a Carlos), y porque sabía que un proyecto tan interesante tenía la capacidad de volver a introducirme en el hábito del estudio, la lectura crítica, el trabajo en equipo y el disfrute de la medicina más allá de la consulta. 

Y así fue, acepté la propuesta de Carlos (se veía venir), confiando en que su compañía siguiera trayéndome golpes de suerte, como hace siempre.

Siguieron 11 meses de trabajo, estimulante y gratificante, no exento de tropiezos superados de la mano de mi socio; un trabajo que ha llegado a término de una forma espectacular.

Esta experiencia me ha permitido conocer a personas excepcionales, aprender no solo contenidos interesantísimos y de alto valor para mi profesión, sino también metodología de trabajo y de comunicación, estilos de redacción, normas de publicación...  Me ha acercado a autores impresionantes, que han hecho fácil un trabajo verdaderamente dificil.  He trabajado de noche, de día, en la consulta, en las guardias, sola, acompañada y hasta con una bebé colgando.  He leído innumerables artículos, borradores, notas, libros... He redactado miles de mensajes y correos que bien podrían haber hecho desesperar a mí compañero de fatigas, que ha sido tremendamente paciente y comprensivo como sólo puede serlo alguien que te aprecia de verdad.

Y cuando el trabajo de coordinación, redacción y revisión se terminó, culminamos con la presentación del monográfico en un congreso nacional que hace 6 años me recibió como médica residente, hace 3 me vió exponer este Diario ante una comunidad cientifica de profesionales que respeto, hoy me permite ser ponente en compañia de médicos a los que admiro, e incluso disfrutar de las ponencias de auténticas eminencias que al bajar de la tribuna se hacen uno de tantos.  Los congresos tienen el poder de reunir al personaje más pequeño junto al grande en una misma mesa.  Este congreso tiene el valor de hacerlo sin que medie financiación de la industria farmacéutica, libre de humos que intoxican.  El congreso Semfyc es punto de reunión de médicos de familia de toda España, es una inyección de entusiasmo para los que llegamos cansados y agobiados, una reafirmación del inmenso valor de la medicina de familia para los que tenemos la suerte de venir con optimismo.

Este congreso en Barcelona ha sido una experiencia inolvidable y, seguramente, no sólo para mí.  Mi participación en el monográfico de una revista como AMF (Actualización en Medicina de Familia) también la recordaré siempre con cariño.

Visto en perspectiva, ha merecido la pena decirle  que sí a Carlos y decirme que sí a mí.  Espero recordar en adelante que cuando un compañero propone un proyecto interesante, un curso, un congreso, una sesión, una lectura o cualquier aventura compartida, tendré que decirle que SÍ

viernes, 20 de septiembre de 2024

20/09/2024: Agradecimientos a mi primer destino rural


Hace un par de años yo era médica de familia urbana, y estaba tremendamente cansada. Mi vocación temblequeaba y me empujaba a abandonar y cambiar de especialidad. Pero por misteriosas razones, hace 9 meses decidí dar la ultima oportunidad a la medicina de familia acercándome al mundo rural.  Nunca me había resultado atractivo, sin embargo la medicina rural parecía el único refugio posible donde hacer medicina de la forma en que yo la entiendo.


Resultó que había tres pequeños pueblecitos de Teruel que se quedaban sin su médica, y aunque llegar hasta ellos en coche era complicado, prometían buenas vistas y muy buena gente, así que me lancé a la aventura.   Y hasta hoy, que me tengo que marchar porque aprobar una oposición, acumular méritos que aún nadie ha revisado y trabajar agusto con los compañeros y los pacientes no es suficiente para poder quedarme aquí; y alguien vendrá que un día también tendrá que marcharse.  Me voy a otro pueblecito a unos 30 km, con buenas vistas y buena gente a seguir enamorándome de la medicina rural un ratito más.  


No pretendo quejarme porque de nada sirve, no pretendo despedirme porque creo que volveré un día de estos.  Digamos que quiero compartir un resumen de mi experiencia y lanzar un grito en defensa de la medicina rural.


Aquí, en pueblos a los que sólo llegan carreteras serpenteantes, he descubierto que aún hay lugares en los que el tiempo por paciente puede ser el que cada cual necesite, donde no se trabaja con prisas todos los días.  Hay una medicina que, aunque no lo tiene todo a mano, tira de ingenio y sale adelante, hay una medicina que siempre va con las llaves, el ordenador y el maletín a cuestas, que depende del coche y de la climatología, que no lleva bata y va del forro polar al chaleco reflectante.  Hay una medicina que hace espaldas con enfermería, que trabaja codo con codo con la farmacia comunitaria, que se entiende bien con trabajo social.  La medicina rural me ha hecho dejar de ser la Dra Escorihuela, porque aquí tengo el honor de ser, sólo o además, María.


He tenido la suerte de conocer a unos pocos pacientes nuevos, unos han nacido mientras he estado aquí, otros han sufrido pero ya se encuentran mejor, otros tienen dolores que aún no han remitido y a unos cuantos los he acompañado hasta su muerte.  Quiero agradecer a todos ellos su paciencia cuando no me aprendo sus nombres a la primera ¡ni a la quinta!, agradezco las muchas docenas de huevos de corral, aceitunas y hortalizas que traen a escondidas a la consulta, agradezco la confianza que hay detrás de "dame cita un dia que estés tú" y el cariño del "si te vas a otro pueblo nos vamos contigo". Gracias por hablar en castellano en la consulta aunque os guste más el chapurriau que yo no manejo, y gracias a quien me dijo: "no hablarás como nosotros pero nos entiendes como nadie".  Gracias a todos por llenar mi consulta de momentos preciosos. 


He tenido la suerte de contar con los farmacéuticos que están al tanto de todas las medicaciones y recetas de los tres pueblos cuando yo no llego, con los alguaciles y los ayuntamientos que me cuidan los consultorios y pregonan mis horarios, con la trabajadora social que pasa para comentar los casos peliagudos, con las enfermeras que conocen el terreno y han sido mis guías tantas veces, con las administrativos que pilotan desde el otro lado del teléfono lo que les echen, con los compañeros médicos y los coordinadores que soportan más peso del que deben cuando la empresa no responde; cuento hasta con la tendera y los del bar del pueblo que me ayudan a reponer fuerzas.  Y es que aquí todos se conocen, todos te conocen y son accesibles, gracias a todos por ponerlo fácil y hacer que no quiera marcharme.


He aprendido muchas cosas gracias a vencer el miedo y la pereza iniciales que da formarse como médica en la ciudad y acabar trabajando en un pueblo.  He aprendido a ser más autosuficiente en consulta, a gestionar mis tiempos y los recursos menos accesibles, a estar sola a sabiendas de que siempre ha estado el equipo cerca de mi. 


No fue fácil venir hasta aquí, pero más difícil será marcharme ahora.  Nunca quise ser médica de pueblo como mi madre, y ahora creo haber encontrado mi sitio en el mundo rural.  No recordaba el nombre de estos pueblos de Teruel y ahora sé que no los olvidaré nunca.


He cambiado de opinión respecto a la medicina rural, he descubierto que me encanta y que debemos protegerla porque plantea suficientes retos como para necesitar a profesionales excelentes que la defiendan.  Por eso ahora, aunque cambio de pueblo, cambio de equipo y cambio de aires; la medicina rural no la cambio por nada.


Hasta pronto Fórnoles, hasta la vista Ráfales y hasta siempre La Portellada.



martes, 20 de febrero de 2024

20/02/2024: Medicina de familia, una especialidad mortal

Ayer falleció uno de mis pacientes.  Desde entonces ando pensando en que desde que empecé mi especialidad la muerte ha estado necesariamente presente.  Supongo que es porque todos mis pacientes se van a morir, en mi especialidad nunca daré a nadie el alta médica, no dejaré de acompañar a mis pacientes nunca, y eso implica estar a su lado en el final de sus vidas.  Aunque pudiera empezar a parecer que hablo de lo mucho que me gustan los cuidados paliativos, que son inherentes a mi profesión aunque muchos otros colegas también los desempeñan; estoy hablando de cualquier tipo de muerte, la que se prepara acompañado y la que ocurre en soledad, la que se anticipa y la que sorprende, la de casa y la del hospital, la del que tuvo suficiente y la del que deja la terrible sensación de terminar antes de tiempo.

Ayer fui a verle por última vez, ya no me veía ni creo que me oyese, lo exploré y me despedí, le dije a la familia que era incierto el tiempo que tardaría en marcharse, quizá horas, quizá días.  Murió al rato, tumbado en su cama después de más de 90 años en pie, en casa de su hijo donde se encontraba a gusto y protegido.  Murió tranquilo habiendo dicho previamente que ya valía de tanto vivir, acababa de ver a su familia cuidar de él, pero en ese momento estaba solo en la habitación o quizá estaba allí su Dios, yo no lo sé.  Murió de noche, en silencio, hubiera hecho dudar si se dormía o dejaba de respirar, porque su muerte fue el final de paz y quietud que yo le deseaba.

Ayer falleció mi paciente y me ha hecho pensar en las veces que he encontrado a la muerte en sitios y condiciones espantosas, y las que he tenido el privilegio de acompañar y que me construyen como médica de familia.

Hace 3 años falleció otro paciente.  Él estaba solo en su casa cenando y notó ese dolor bajo los botones de la camisa que ya le había dejado heridas en el corazón.  Llamó a los servicios de emergencias sabiendo que era muy grave y se dispuso a abrir la puerta en cuanto escuchó la sirena de la ambulancia en su calle, la ambulancia en la que yo llegaba.  Subimos a todo correr 4 pisos de escaleras, pero al tocar la puerta nadie abría.  Sólo el silencio respondía al timbre una y otra vez.  Y uno de nosotros, movido por la emergencia y la gravedad de lo que pasaba, mentiré y diré que empujó la puerta que se abrió, para que no se identifique un epígrafe del código penal en lo que de verdad ocurrió.   

La puerta se abrió golpeando algo tras ella, golpeándole a él, a ella, la muerte inerte en el suelo boca abajo.  Antes de morir había llamado a una familiar que estaba en camino asustada y que al llegar, en medio de las maniobras de resucitación, me encontró comprimiendo el pecho de su padre.  Las maniobras de reanimación fueron inútiles, la intubación, el monitor desfibrilador, la vía y la medicación no consiguieron revertir aquel desastre, y murió después de mucho rato intentando traerlo de vuelta entre los cinco, con una hija que callada contenía el dolor que después se convertiría en el grito más desgarrador que haya escuchado.  Esa noche volví a mi casa deshecha, no cené, apenas dormí, solo recé y lloré, como procedía.

Ahora sé que la muerte no tiene solo 1000 caras, tiene todos los rostros posibles.  Soy médica de familia y contactaré con ella con frecuencia, me prepararé para evitarla cuando sobreviene inexplicablemente y también para acompañarla cuando avisa y da sus motivos.  Por más que me prepare, reconozco que siempre me impresiona certificarla.  Confirmar que esa persona dejó de vivir y ahora ofrece frío en la piel y silencio absoluto en la auscultación, una línea plana en el electro, ausencia de movimiento en los ojos, son ojos que no miran ya, solo piden estar cerrados... Soy médica de familia y también yo siento el duelo cuando despido a un paciente, mi especialidad también acompaña de luto a la familia, mi especialidad también llora a veces, mi especialidad es mortal (del latín, que está sujeta a la muerte),  pero es preciosa.



viernes, 2 de febrero de 2024

01/02/2024: Un jueves rural

Después de un par de semanas de medicina en el mundo rural creo poder decir que estoy cambiando el chip.  Aquí todo es distinto respecto a mi anterior trabajo en el medio urbano, diferente, ni mejor ni peor.  En mi momento vital actual me encuentro a gusto donde estoy, eso es lo verdaderamente relevante. 

Hoy es jueves, me dirijo en coche al pueblo más chiquitín de los tres que, junto con enfermería, tenemos a cargo.  Aparco bien pegada a sus paredes de piedra, cojo del maletero el maletín, el ordenador y la mochila, camino pocos metros para pasar bajo el arco que guarda la entrada al consultorio.   Me reciben decenas de macetas adornando la puerta y su cartel que anuncia que la consulta conmigo es hoy a primera hora.  Encuentro la llave en el manojo que custodio y la puerta abierta deja paso a unas escaleritas.  El consultorio es una bodega bajo la piedra, un espacio íntimo donde únicamente me acompaña el quemador de la estufa con su sonido, la mesa, la camilla y las sillas.  Aquí no hay cobertura, no hay línea de teléfono y no hay nadie, no hay pacientes todavía.  Ya vendrán, sé que por las ventanas me han visto llegar.  No tardaré en conocer a toda la población, pocos faltarán por acercarse a saludar.  

Después de un par de visitas es momento de recoger los bultos y marchar al coche.  Otro consultorio a menos de 10 km de carretera serpenteante entre los montes me espera.  "¡Bon día doctora!" dicen varias voces mientras mis tres maletas y yo aparcamos y abrimos las puertas, "¡Bon día!" digo mientras pienso que me gustaría aprender el idioma local.  

El sistema de cita es una fila india en la salita de espera, ellos gestionan el triaje en caso de urgencia "pasa tú que te corre más prisa" "que pase este que no tiene buena cara".  Saben que el ordenador va lento a veces, saben que ante la urgencia debo salir pitando, "ya vendremos otro día" es la mejor estrategia de gestión de la demanda.   

Hoy me han consultado toses, dolores de rodilla, cambios en la piel, tristeza porque falta un ser querido, fallos de memoria que preocupan, heridas que tardan en cerrar, una tensión arterial que se niega a bajar, molestias que han ido a mejor, ganas de volver a trabajar, análisis que son para enmarcar y otros que hay que repetir, recetas que hay que renovar con mucho cuidado...  Hoy he escuchado pulmones de 2 años y de 97.  No he curado a nadie, yo no soy tan importante aquí como creen, he cuidado no hacerles daño ante todo y a alguno lo he ayudado a mejorarse, que no es poco.

No he experimentado aún la falta tiempo en consulta, poco a poco me voy acostumbrando a decir y hacer lo que antes daba por imposible con las prisas constantes.  De momento invierto el tiempo en escuchar mucho a la gente y observar mucho el entorno, y me alivia poder hacerlo sin remordimientos.  

Soy una médica sin bata, aquí aprecio más los jerseys o el forro polar.  Soy una médica de coche y maletín, me cuesta poco decir "dentro de un rato paso a verle", "mañana iré por casa", la atención domiciliaria siempre me ha gustado y ahora tengo el tiempo que requiere.  Soy una médica para largo, he venido para quedarme tiempo, para disfrutar de la longitudinalidad.  Soy una médica rural, estoy mucho tiempo en ruta, estoy para menos gente, pero estoy para más cosas.  Soy una médica de familia feliz con su trabajo, no estoy segura de haber llegado para sanar a mis pacientes o para que sean ellos quienes me hagan sanar.



viernes, 12 de enero de 2024

12/01/2024: El maletín del médico

Ayer dediqué parte de la tarde a poner a punto mi herramienta de trabajo. Algunos lo llaman cabás, otros bolsa médica, y muchos maletín.  Es un complemento que sólo llevamos los médicos de familia y que nos identifica, porque nosotros salimos a la calle y a las casas cargando con él, porque cada médico configura el suyo para que le sea útil allá donde esté.  Y como no hay dos médicos iguales, tampoco los maletines deben serlo.  Es decir, tu maletín es tan único como tú. 

El mío es en realidad una mochila muy compartimentada, gris y azul, muy ligera, en apariencia muy corriente, pero en el fondo es especial porque me la regalaron los compañeros del centro de salud donde me convertí en médica de familia y siempre siempre siempre me acompañarán entre los bolsillos de mi maletín. 

En mi nuevo puesto de trabajo (en el medio rural) se hace aún más indispensable que lo lleve dentro y fuera de las consultas.  Me acompañará a los tres consultorios, a los domicilios y a las urgencias.

Es mi fiel escudero.  Yo sin él no podría desenvolverme igual de rápido, y él sin mí no sirve de mucho, de modo que tenemos que estar coordinados.  Sé que dentro debo llevar artilugios y herramientas que me ayuden a diagnosticar y tratar la mayor parte de las consultas, lo más ordenadamente posible, para encontrar las cosas rápido y reponer lo que falte de forma sencilla. 

Pero en el maletín no cabe todo, ni debe hacerlo, tenemos que equiparlo con lo más rentable.  Eso implica que hay algunas cosas que son tan indispensables que siempre van a estar dentro y otras que iré adaptando a la situación y al medio en el que me encuentre. Para configurarlo tengo una pequeña guía donde apunté tanto lo que uso con más frecuencia como lo que una urgencia grave me requeriría utilizar en la primera asistencia. Tengo claro que de nada sirve incluir medicaciones que no sabría utilizar, instrumentos que no puedo manejar en la mayoría de escenarios, materiales a los que apenas doy uso en consulta.

A mí me han servido los ejemplos de algunos compañeros que se desenvuelven bien en el medio rural, así que dejo aquí mi organización por si sirve de inspiración a algún novato como yo:

- Bolsillo de documentación: recetas, p10, hojas en blanco (para dibujar o apuntar cosas), sello, tinta, bolígrafos, subrayador, manual de emergencias en atención primaria (luego casi nunca lo miro, pero llevarlo me da una serenidad que la emergencia requiere).

- Estuche súper-imprescindible (cosas de uso diario que suelo sacar sobre la mesa de la consulta): fonendoscopio, pulsioxímetro, termómetro, martillo de reflejos, linterna, otoscopio.  Yo tengo también un pequeño otoscopio con cámara que me ayuda a compartir imágenes de otoscopia con compañeros y un kardia para hacer ecg de 6 derivaciones. 

- Estuche imprescindible (este no lo dejo sobre la mesa pero lo abro todos los días): glucómetro con tiras y lancetas, tensiómetro digital y manguito manual por si algo falla, pilas para no quedarme colgada.

- Estuche "pringoso" (lo llamó así porque dentro llevo todos los líquidos que "pringan"): lubricante, Betadine, suero fisiológico, pomada antibiótica, pomada antiinflamatoria, tiras de orina, test rápidos, guantes (muchos guantes), mascarillas.

- Estuche de fungibles (constantemente tengo que estar reponiéndolo, intento agrupar las cosas con gomitas pero reina el caos con frecuencia): vendas, gasas, apósitos, tiras de aproximación, gasa de hemostasia, gasa orillada, campos estériles, compresas, esparadrapo, guantes estériles, seda, nylon, hojas de bisturí, tijera, pinza, kit vía IV, kit vía SC, smach, agujas diferentes, jeringuillas de distintas capacidades, contenedor de punzantes, guedel.

- Ampulario (dentro van medicaciones IM, IV y VO) yo las ordeno alfabéticamente porque las encuentro antes.  

- Ampollas: adrenalina, amiodarona, atropina, akineton, Buscapina, cloracepato, dexametasona, Diazepam, diclofenaco, flumacenilo, furoaemida, haloperidol, konakion, levomepromacina, metamizol, metoclopramida, mepivacaína, midazolam, morfina, naloxona, polaramine, stesolid rectal, sulpirida, urbason. 

- Orales (llevo algunos extra porque en mi medio la accesibilidad a la farmacia es algo más complicada): Acetilsalicílico, captopril, dexametasona, Diazepam, diclofenaco, ebastina, furoaemida, Ibuprofeno, lorazepam, metamizol, Omeprazol, Paracetamol, prednisona.

Llevo también un mechero y algunos clips, un paquete de clínex, unos caramelos, un triturador de pastillas, un cargador de móvil, las llaves, un papel con teléfonos de interés de la zona, una chuleta que detalla lo que llevo dentro del maletín.  

Dejo siempre un bolsillo exterior vacío y ahí van los extras de ultima hora y los papeles de información confidencial del paciente que voy a ver.  Que me llaman de una laceración en el ojo, echo la fluoresceína, que me llaman de una herida, echo el kit de suturas, de una quemadura echo silvederma, a veces echo el dermatoscopio, oftalmoscopio... Que parece que me voy a pasar un buen ratito en el aviso, meto en ese bolsillo hasta el bocata del almuerzo.

Y si algo tiene mi maletín es que está abierto a cambios.  Me da seguridad llevar lo que he considerado importante pero soy consciente de que siempre falta alguna cosa que un día necesitas y que siempre llevamos algo que va a caducar sin usar.  Yo creo que el arte de tener un buen maletín es el de encontrar el equilibrio en su contenido, tener cierta seguridad con lo que llevamos y toda la humildad con lo que no podemos llevar.  Y es que hay veces que aunque metiéramos el hospital entero dentro del maletín no conseguiríamos solucionar los problemas, y otras veces que sin ni siquiera abrirlo seremos capaces de reconfortar a los pacientes.  

El maletín marca muchas veces los tiempos de la consulta.  Por eso siempre trato de escuchar antes de abrir el maletín y trato de hablar de todo lo necesario antes de cerrarlo.  

El maletín habla del carácter del médico.  Lo que llevas dentro revela lo que estás dispuesto a hacer por tus pacientes.  Importa que se vea limpio y ordenado en lo posible, importa que lo manejes con cierta soltura, y puede que sea importante hasta cómo lo lleves y dónde lo dejes.

Y ahora que ya he terminado de revisarlo me parece que no pesa mucho considerando la responsabilidad con la que carga,  la variedad de escenarios en los que me acompañará y todas las historias que ya lleva dentro.  ¿A ver si me olvidé de guardar algo? Os dejo, que voy a echarle un último vistazo. 

sábado, 6 de enero de 2024

07/01/2024: Empezar a volver y volver a empezar

Hace más de 8 meses que no escribo en mi diario, y es que Lucía nació para cambiarlo todo, cambiar mi vida, cambiarme a mi.  Mi hija es un tesoro que no merezco, ser su madre es la vocación más importante de mi vida, es maravilloso el vínculo indestructible que hay entre nosotras.

La maternidad es esa aventura de amor de la que todas hablan, sí, pero también tiene tintes de incertidumbre, inseguridad, alerta permanente, esfuerzo, agotamiento, lucha, desesperación...  Y de eso no hablamos tanto pero también nos acompaña.  Sobre todo, la maternidad trajo el cambio a mi mundo y mi vida hoy no sé parece en nada a la de hace un año.  Entonces percibía un vacío, un hueco que pedía a gritos llenarse y que sólo Lucía era capaz de ocupar.  Ahora ya no hay hueco, he dedicado estos meses por entero a cuidar y criar a Lucía que llena todos los minutos de mis días.  No hay hueco, pero sí quedaron algunas grietas en las que extraño algunas cosas que hace un año sí tenía, todo aquello que he aplazado por ser mamá.  Porque la maternidad implica también duelo silencioso por esas pérdidas o renuncias de tu vida anterior.

Y en este diario procede contar que extraño mi trabajo, echo de menos ser médica de familia.  Quizá porque me aportaba realización personal, reconocimiento social, sentimiento de pertenencia a un equipo y un colectivo.  Sobre todo era una forma de servicio a los demás con la que expresar mi agradecimiento a la vida, era mi ocupación mas allá de mi horario laboral, era mi pasión a la que había dedicado mi esfuerzo los últimos 12 años.  He echado mucho de menos la medicina de familia porque era parte importante de mi identidad.

Ahora es momento de recuperar todas las cosas que me hacen ser yo misma,  toca llenar las grietas, es hora de empezar a volver, entre otras cosas, a ser MFyC.  Quizá sea más bien volver a empezar porque he cambiado por completo el escenario desde la ciudad a los pueblos pequeños, seré parte de un nuevo equipo, descubriré nuevos pacientes, volverán las guardias ahora fuera del hospital, llegarán las horas de coche, la soledad de los consultorios, empezará una etapa de medicina rural.

Sospecho que me espera una medicina desconocida, pero no tengo miedo.  Empiezo una nueva aventura para la que me tengo que preparar y he decidido acompañarme de nuevo de mi diario.  Bienvenidos todos al Diario de una MFyC rural.

jueves, 1 de diciembre de 2022

01/12/2022: Cuando todo estaba oscuro...

 Hola de nuevo querido Diario.  Sé que han pasado muchos meses sin hablarnos, que este silencio sólo podía significar que no tenía nada bueno que contarte, ni encontraba las palabras para explicarte lo malo.

Mi situación ha sido tremendamente compleja, igual que la situación de nuestra Atención Primaria.  Ser "médica de huecos" ha implicado contratos de una semana, dos días, uno incluso.  Cada día en un hueco distinto, cada día una aventura diferente.  

He dibujado la presión asistencial de mis contratos, creo que se entiende bien pero te lo voy a explicar.

He sido una "médica trapo" o "médica bayeta".  Esa con la que "limpian la consulta", con la que "achican agua".  Claro que lo que aquí se "limpia" son 40 o 50 pacientes en una mañana, pacientes que no conozco y tienen, con suerte, entre 5 y 10 minutos para presentarse, pacientes que merecen una atención de calidad que así no puedo darles.  

He sido esa "médica bayeta" que intentan escurrir, a ver si puede limpiar 4 o 5 pacientes más, y cuando los ha atendido, le dan esa última vuelta de apretón a ver si aún le queda algo que sacar: un domicilio urgente, pacientes de otros médicos que tienen que dejar su consulta vacía cuando no pueden estar, una emergencia, ese paciente que no puede esperar a mañana, ese paciente al que acaban de dar el alta del hospital, ese que se quedó sin medicación imprescindible...

Una "médica trapo" sale bastante barata, creo que es así porque entre ella y sus pacientes pagan buena parte del precio.  No hay que pagarle descansos a los que no tiene derecho, no hay que pensar en conciliación con la que no cuenta.  Se da poco valor a la seguridad del paciente, pero la prisa y la presión hacen más probable cometer errores que saldrían caros...  Se le da mucho valor a la inmediatez que no ha demostrado gran cosa, en absoluto se valora la longitudinalidad, que sí puede hacer que nuestros pacientes vivan más y mejor.  La accesibilidad es barata y desigual, porque romper la brecha digital y procurar que los pacientes más vulnerables pudieran llegar hasta mí tan fácilmente como cualquier joven con un smartphone... saldría caro.  Por eso han aumentado las consultas innecesarias y repetidas, baratijas en el fondo; pero apenas aumentamos el control de los crónicos y el seguimiento de la fragilidad, porque me obligan a dedicar el tiempo a lo primero a pesar de que el valor de mi profesión está en cuidar de los segundos.  

Podríamos hablar del precio de la atención comunitaria pero es que eso sale completamente gratis porque depende únicamente de la energía del profesional para afrontarla siempre fuera de su agenda.  Podríamos hablar del coste de la formación pero es que la tenemos de rebajas, se deja al esfuerzo personal y del equipo para encontrar el hueco donde meterla, cada vez tenemos menos tiempo para mantenernos actualizados.   Aún me faltaría por preguntar: ¿Cuánto nos cuesta formar a un MIR MFyC que aprende a fuerza de trabajar y tiene a su tutor ahogado en la consulta?  ¿Salen caras las jubilaciones anticipadas de los sanitarios que ya no aguantan más? ¿Y las bajas laborales de los profesionales que ya se nos han roto?

En el fondo, una "médica trapo" dura lo que dura si no la cuidas.  Pero dime si no es importante el mantenimiento de una consulta en la que falta el médico, asegurar que puede seguir funcionando con seguridad y con dignidad para los profesionales y los pacientes.  Es importantísimo, porque tenemos a muchas médicas jóvenes que se han cansado de ser utilizadas y se marchan, dejando tras de sí una frase para la televisión y los periódicos: "faltan médicos".  A priori parece incontestable, pero si miras bien, te das cuenta de que formamos a muchísimos profesionales en nuestras universidades y luego les damos formación MIR a casi todos, y la gran mayoría serán médicos de familia, buena parte estarán tremendamente bien preparados.  Pero se nos escapan, y "nos faltan médicos", porque no los cuidamos.  

Todo esto es lo que he ido descubriendo con mis contratos (no diremos "basura", diremos "bayeta"), he sido plenamente consciente del abandono de nuestra Atención Primaria a su suerte, incluso de los desprecios de nuestras propias autoridades.  No solo no dan valor a lo que hacemos, intentan quitárselo constantemente.  

Por eso todo estaba oscuro, y todo está oscuro.  Pero...

Aunque en los últimos meses nada ha cambiado fuera, continúa el abandono y el desprecio, pero algo ha cambiado en mi.  He conseguido un par de contratos algo más largos, dos semanas en el mismo hueco primero, un mes entero en la misma consulta ahora.  Tiempo suficiente para reencontrarme con la médica que quiero ser, para volver a sentirme médica de familia.  No ha sido mérito mío en absoluto, tampoco de mis jefes.  El color ha vuelto con quienes he sentido que ya casi eran "mis" pacientes,  ellos lo han traído.  Fueron sus sonrisas al verme en la consulta varios días seguidos, sus "gracias, a ver si te dejan aquí" al salir,  al conocer mi voz a través del teléfono "¿eres María?", al confiar en mi criterio, al reír juntas, al llorar frente a mi.  Hasta en los desencuentros con los pacientes difíciles encuentro sentido en lo que hago, hasta en el domicilio incómodo de las 4 de la tarde que te pilla con lo puesto, hasta en ese caso que te estudias en tu casa con un café o comentas con tus colegas porque estás perdida.   

El color ha vuelto a la consulta y a mi vida, ahora puedo volver a dibujar.  El color ha pintado mis mañanas este mes y le ha dado el valor que merece mi profesión.  No puedo volver a perderlo en contratos en blanco y negro.  No va a ser nada fácil, pero MFyCs que estéis leyendo esto, tenemos que repintar la Atención Primaria y no pueden quitarle el color a nuestra maravillosa especialidad.

domingo, 21 de agosto de 2022

21/08/2021: La compañía en la consulta

Aunque aún soy una JMFyC novel (no hace ni 3 meses que empecé a trabajar completamente autónoma), circunstancialmente tengo a alguien en la consulta que pretende aprender algo de mi.

Entre 2 y 3 días a la semana en la consulta está Alma, ella es una recién estrenada MIR MFyC.  Si la residencia en medicina fuera una carrera de relevos, ella sería la mía. Alma empieza ahora su MIR justo donde yo terminé el mío.   Empieza a conocer a sus pacientes, su trabajo, su especialidad, su centro, a sus compañeros… En este momento casi todo es nuevo para ella, este año va a aprender muchas cosas, teóricas pero sobre todo prácticas, y lo hará muy rápido.  Ella lo hará genial porque es despierta, curiosa y muy dispuesta.  El vértigo me entra cuando pienso en qué le puedo aportar yo, si aquí he sido la última en llegar.

La mayor parte del tiempo tengo la sensación de que yo estoy sobreviviendo a las consultas con toda la agilidad que puedo, y ella está a mi lado, escuchándonos al paciente y a mí, observándome mientras escribo, mientras exploro, vigilándolo todo, supongo que intentando sacar algo en claro de cada una de las 35-40 consultas diarias.   

Para mí es imposible prestarle toda la atención que debería.  Me esfuerzo en lo que puedo, le cuento brevemente lo que sé de los pacientes antes de que entren o antes de llamarlos, comento con ella algunas exploraciones, vemos juntas los resultados de las pruebas, le explico porqué tomo ciertas decisiones… Si tengo que hacer alguna técnica la programo para que las vea o incluso las haga ella. Se le da bien la cirugía menor y las infiltraciones.  Incluso, cuando milagrosamente sobra un ratito de nuestro tiempo, intento hablar de otras cosas que no suenen a medicina, intento que si vamos a sentarnos pegaditas, al menos nos sintamos cerca.

Ahora que estoy con Alma, entiendo la responsabilidad que tienen los médicos que son tan valientes como para ser tutores. La exigencia de tener al lado a una futura MFyC es muy alta, la consulta se convierte en un compromiso doble: el que siempre contraemos con los pacientes, y el que implica ser, en cierta medida, ejemplo para una compañera.  Para mi consuelo, la utilidad de la consulta también se duplica: procuro que sea útil siempre para el paciente, ahora también intento que Alma encuentre en mi ejercicio algo que le sea útil para el suyo.  

Sé que todo esto no puede implicar la hipocresía de actuar de distinta manera en la consulta cuando hay alguien que te observa y cuando estás tú sola.  Sé que igual que yo supe discernir los puntos fuertes y las debilidades de quienes me enseñaron mi profesión, ella sabrá encontrar los míos.  Sé que, al igual que los valientes tutores, no dispondré de tiempo específico de docencia, más allá de esos minutos que puedo arañar en la consulta. 

No tengo claro si sabré encontrar las respuestas a las preguntas que seguro le surgen a Alma a diario viéndome trabajar a toda prisa; y me pregunto al verla muchos días si, en el futuro, podría ser tutora de alguien como ella.















Dedicado a Alma e Isa, deseándoles lo mejor en el MIR MFyC que acaban de comenzar.

jueves, 4 de agosto de 2022

04/08/2022: Dibujos en consulta

Hace un tiempo una amiga me preguntó: "Oye María, ¿tú dibujas en la consulta?".  La pregunta me sorprendió y me hizo pensar.  Yo dibujo todos los días en la consulta, pero es por necesidad.  Es que yo hay cosas que ya no sé explicarlas sin un dibujo, es que sin un bolígrafo o un lápiz yo no soy médica, es que no me hago entender con palabras tan bien como con mis garabatos.

Pero además sé que todos los sanitarios dibujan en consulta alguna vez, aunque ninguno lo confiesa.  Debe ser nuestro secreto, somos los artistas de la salud.  

Quien más, quien menos, ha dibujado delante de sus pacientes para explicarles algo.  Habréis dibujado ese cilindro que quiso ser arteria y esa maraña en su interior que la llenaba de colesterol hasta que ¡pum! surgía el dibujo del infarto.  Todos hemos hecho ese amago de fractura desplazada que asusta más que explica, donde un hueso podría llegar a angularse de formas que solo el papel soporta.   Esos cuadriláteros en fila que procuraban ser columna vertebral donde pintamos de repente uno más chato que hace el papel de vértebra aplastada, o trazamos un saquito entre dos de ellos que se sale de la línea porque quiere ser una hernia discal.   Esos garabatos que intentaban explicar intervenciones, operaciones que en la mesa de la consulta hemos pintado sin asepsia.  Alguno se habrá lanzado con esa litiasis, esa bolita que quería ser una piedra, alojada en una judía blanca aspirante a riñón, o dentro de una pera aprendiz de vesícula... ¡confesadlo!  ¡habéis pintado la medicina alguna vez!

Yo sí lo hago, me confieso, y muchas veces.  El último lo hice para explicar como se hace un renograma, porque Joaquin no tenía muy claro de qué iba la prueba que el urólogo le había pedido y él ya había firmado.  Y venga a dibujar contraste en un riñón y en el ureter y en la vejiga, y en un lado una piedra y en el otro una vía urinaria libre.  Hice dibujos simples con trazos rápidos, que dejaron sobre la mesa casi un comic.  Nadie en su sano juicio hubiera hecho otra cosa que no fuese romper y tirar todas esas rayas en el papel, pero Joaquin me pidió permiso para llevárselos a casa y guardarlos.  Para él son la explicación de la prueba que le van a hacer, y quiere enseñárselos a Luisa que le va a acompañar. 

Se puede dibujar mucha medicina tirando de geometría, líneas y curvas.  En el último mes he dejado en los folios de consulta dibujos de una intervención de catarata, un ictus de ACM, una punción de nódulo tiroideo, una infiltración de fascitis plantar, una enfermedad pulmonar grave, una otitis media aguda, la forma de saber si un inhalador está vacío, la forma de hacer un test rápido de coronavirus...  Y os aseguro que no son dibujos a los que dedique más de 30 segundos y que aunque parecen chapuceros o inacabados, son garabatos muy valiosos para el paciente.  La mayoría me dice que se los quiere llevar, alguno hasta le saca una foto ante mi asombro.  

Y es que una imagen vale más que mil palabras, y estas valen todavía más.   Estas las creamos nosotros a la medida de nuestros pacientes, y les damos dinamismo al dibujarlas frente a ellos, son una viñeta de algo que sufren, de algo que les ocurre o les ocurrirá y que será o es parte de su vida.

Dos consejos daría a quien, estando en su consulta, tenga vergüenza de dibujar lo que le apetezca.  El primero es que la pierda, porque no hace falta dibujar bonito y no hace falta firmar los garabatos que hacemos (yo no lo hago), pero son de gran ayuda en el proceso explicativo de las consultas, para nosotros y para nuestros pacientes.  Lo peor que puede pasar es que el garabato acabe en risas, como cuando yo intenté dibujar una úlcera gástrica y el paciente pensó que era una gaita gallega.  Tuve que dibujar al helicobacter pylori bailando, no tuve otra opción,  El segundo consejo es que nunca, nunca, nunca, dibujéis encima de información confidencial, porque os sorprenderá más de uno pidiéndoos permiso para llevarselo a su casa. 

Y ahora confesad, ya habéis dibujado alguna cosa... ¿no os apetece probar alguna más? ¿Y si los mensajes que transmitimos en consulta quedaran fijados en la memoria de un dibujo?  ¿Y si dibujar fuera una forma de conectar más con nuestros pacientes? ¿De verdad que no os apetece?

lunes, 20 de junio de 2022

20/06/2022: Médica en los huecos

Se cumple mi primera semana como JMFyC (joven médica de familia).  Como ya sabéis por la maravillosa profesión que he elegido, me dedico a las personas.  Ahora vengo a explicaros porqué, en mi situación laboral actual, también me voy a dedicar a los huecos. 

Imagina que conoces a tu médica de familia desde hace muchos años.  Un día pides cita para ir a verle y contarle algo que te preocupa.  Tu médica ha reservado esas fechas para tomarse unas merecidas vacaciones.  Así que, inesperadamente, abres la puerta de su consulta, pero ella no está dentro, sólo hay una chica muy joven sentada en la silla que te mira y te sonríe.  Ella te recibe con una frase que, aunque tú no lo sabes, ha repetido ya decenas de veces:

"Buenos días (aquí viene tu nombre).  Hoy la Dra. (aquí viene el apellido de tu médica) no está.  Yo soy la Dra. Escori, soy María, encantada.  Cuéntame ¿en qué puedo ayudarte?"

Pues esa chica soy yo.  A partir de ahora voy a colarme en las consultas de los MFyC mientras disfrutan de sus vacaciones y permisos para "sustituirles" mientras no estén.  Vale, entonces soy "sustituta" ¿no?... Jope, esa palabra me chirría cada día un poco más.  

Yo siempre he pensado que el MFyC es insustituible para cada uno de sus pacientes, porque uno de los valores más importantes de la atención primaria es encontrar a la misma persona siempre que abras la puerta de su consulta (a esto lo llaman longitudinalidad).  Para eso es para lo que me he formado, para ser la MFyC tras la puerta.  

Por eso, ahora que ya no tengo ni consulta ni puerta, tendré que aprender a ser lo que yo llamo "médica en los huecos".  Porque cuando tu MFyC deja su "hueco", es muy importante que puedas contar con alguien que te atienda, que te escuche, incluso que cuide de ti.

En estos "huecos" tengo que aprender a gestionar agendas muy diferentes, conocer pacientes nuevos a diario, haciéndome una idea general rápida antes de cada consulta.  Tengo que ser capaz de diferenciar las decisiones que no pueden esperar y esas que es mejor que tome el MFyC que conoce a sus pacientes.  Intento trabajar poniendo en valor lo que anteriormente ha hecho el médico que falta.  En consulta, las conversaciones son algo más complicadas, porque para una buena comunicación sólo hay algo peor que no conocer a mis pacientes, y es que ellos no me conozcan a mí.  A veces me toca decir que sí y otras decir que no, intento hacerlo siempre con la misma serenidad, paciencia y respeto.  Si consigo todo esto, no será sin esfuerzo.

Soy consciente de que la forma de trabajar de cada médico se va a expresar en la manera en la que los pacientes se van a acercar a mí y demanden mi tiempo, procuraré ser constante y equitativa con ellos.  Sé que los sucesivos cambios de compañeros de enfermería y sus diferentes dinámicas de consulta me condicionarán, intentaré ser flexible. 

Pensándolo bien, no es sencillo ser una buena "médica en los huecos".  Por suerte puedo contar con la paciencia del equipo, la comprensión de mis compañeros y la indulgencia de los pacientes.  Por fortuna, tengo a mi lado a muchos MIR MFyC que están viviendo esta transformación conmigo.

Tengo algo que decirles a todos esos "médicos de los huecos".

Lo que estamos haciendo es difícil, pero es muy importante; nos supondrá mucho esfuerzo, pero valdrá la pena; sobre todo cuando escuchéis "gracias, espero volver a verte", sobre todo cuando acompañéis a quien os necesita aún sin conocerle, sobre todo cuando le demos el valor que merece a cuidar en la ausencia del que cuida.  ¡Ánimo compañeros!

25/09/2026: No puedo dormir

No puedo dormir. En el silencio sigo escuchando una voz eléctrica que repite sin parar:  “Comprime, comprime, comprime, comprime”. ¿Cuándo s...