El pasado viernes 6 de febrero
tuve la oportunidad de congregar a más de sesenta mujeres de la comarca en la
que trabajo, el Matarraña (Teruel), para conversar sobre la brecha de género
existente en salud mental y la medicalización del sufrimiento de las mujeres.
La charla comenzó con una
pregunta tan sencilla como incómoda: ¿estamos las mujeres empastilladas?
La sorpresa fue general al
descubrir que España es el segundo país de la OCDE en consumo de ansiolíticos.
Además, en nuestro entorno son las mujeres quienes consumen el doble de
ansiolíticos, antidepresivos e hipnóticos que los hombres. Esta diferencia se
incrementa en edades muy avanzadas y la brecha de género resulta especialmente
acusada en el medio rural. A partir de estos datos, iniciamos una reflexión
compartida sobre los múltiples y antiguos orígenes de este fenómeno.
El rol de género ha construido
históricamente una identidad normativa de las mujeres bajo lo que se ha
denominado el “poder de los afectos”, asignándonos los cuidados, la entrega a
los demás y una responsabilidad sobre el llamado “hemisferio emocional” de la
vida. Este mandato suele ir acompañado de subordinación material y simbólica,
precariedad laboral, sobrecarga de cuidados no remunerados y exposición a
distintas formas de violencia.
Nada de esto constituye una
enfermedad en sí misma. Sin embargo, tanto el esfuerzo por adaptarse a este rol
como la lucha por salir de él, generan un malestar significativo. Cuando dicho
sufrimiento carece de reconocimiento social y de un lenguaje que lo nombre y lo
legitime, termina con frecuencia transformándose en una etiqueta diagnóstica. El rol de género actúa como un factor de
riesgo para la salud mental, generando subjetividades enfermantes que se
expresan con frecuencia en las consultas del médico de familia, donde muchas
mujeres buscan validar el sufrimiento que la sociedad les niega.
Nuestro sistema sanitario,
construido sobre un modelo biomédico que prioriza lo orgánico, lo lineal y lo
categorizable, tiene dificultades para captar narrativas complejas, difusas
o profundamente contextualizadas. Cuando una mujer intenta relatar un sufrimiento
atravesado por determinantes sociales, desigualdad o agotamiento vital, la
respuesta más inmediata que puede ofrecer una profesional entrenada en la
identificación de síntomas, ajena al contexto sociofamiliar de su paciente por
la pérdida de longitudinalidad y probablemente sobrecargada por el volumen
asistencial de cada jornada, sin tiempo para la escucha y víctima de sus
propios sesgos y deriva curricular, suele ser una etiqueta diagnóstica y una
pastilla, una cápsula o un comprimido.
Este modus operandi, que
se ha ido consolidando como práctica habitual en la consulta, no solo moldea la
respuesta profesional, sino que también configura las expectativas de las
pacientes, que acuden al sistema sanitario en busca de soluciones inmediatas y
tangibles a un malestar cuyo origen, en muchas ocasiones, ni ellas mismas
logran identificar. No se trata de una demanda caprichosa, sino del aprendizaje
sostenido de un solucionismo medicalizador ampliamente instalado en
nuestra cultura sanitaria.
Estas condiciones favorecen un
fenómeno de ensombrecimiento diagnóstico: las mujeres, a diferencia de
los hombres, presentan una mayor probabilidad de recibir una etiqueta de
trastorno mental común, que puede resultar innecesaria o incluso ocultar
patología orgánica. A partir de ahí, el itinerario terapéutico se orienta con
frecuencia hacia el uso de ansiolíticos, antidepresivos o hipnóticos,
situándonos en el foco de las estadísticas que hoy nos interpelan como
profesionales.
También la sociedad, muchos
medios de comunicación y las redes sociales, otorgan un gran poder a palabras
como “depresión” o “ansiedad”; mientras tienden a invisibilizar el agotamiento,
los cuidados o el dolor emocional. En
ocasiones, sólo una etiqueta médica puede justificar el malestar de una mujer
ante su familia, su trabajo o su entorno más cercano.
Revertir esta situación —esta
forma de injusticia epistémica— requiere una transformación estructural
y comunitaria. El sistema sanitario y la sociedad en su conjunto deben devolver
valor a los testimonios de las mujeres y a los relatos de su sufrimiento. Si el
origen del malestar reside en la forma desigual en que vivimos, trabajamos y
nos cuidamos, las etiquetas diagnósticas y las pastillas no pueden ser la
solución definitiva. En demasiadas ocasiones, forman parte de la perpetuación
del problema.
Y por eso, también en el ámbito
sanitario, conviene volver a formular la pregunta:
¿estamos las mujeres empastilladas?

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