Hace unos 10 años, durante mi
rotación en Ginecología y Obstetricia, se me asignó un periodo de dos semanas
en la consulta de reproducción asistida.
Cuando mi tutora faltó, fue un colega suyo quien se comió el marrón de
atender a la estudiante.
Yo pensaba, ingenuamente, que
continuaríamos la misma cadencia que mi tutora: que aunque no se presentó, no
me desvelaba los motivos de consulta de las pacientes que atravesaban su
puerta, ni me permitía leer sus anotaciones... quizá dejaría caer alguna explicación
ocasional, quizá respondiese alguna de mis dudas si la planteaba en el momento
oportuno.
Recuerdo que al salir una de las pacientes, cuando terminó de escribir en su historia, antes de que la enfermera llamase a la siguiente, se me ocurrió preguntar excusándome previamente:
— ¿Cuál es el número máximo de ciclos de estimulación hormonal sucesivos a los que se puede someter a una paciente con seguridad?
Me pareció una
pregunta estándar. Él me miró y me dijo:
- — Si haces preguntas vamos a ir más despacio y
tardarás más en irte a tu casa.
No volví a preguntar absolutamente nada, efectivamente me entraron ganas de irme a mi casa. Tenía que quedarme siguiendo la pauta de "ver, oír y callar", así que me convertí en un ficus (un ficus es una planta de clima subtropical, de porte arbóreo o arbustivo, con hojas grandes, lanceoladas y de haz brillante, una planta común que decora y no molesta vaya).
No era la primera vez que me convertía en un arbusto, ni sería la última. Pero aquello sólo fue su tarjeta de presentación, lo que mejor recuerdo de él llegó con las últimas citas.
Era una chica joven, delgadita, pequeña, que entraba con una
inquietud palpable. Venía a su control
tras la implantación de embriones por una fecundación in vitro. Venía sola.
Se desvistió y se colocó en la camilla para su ecografía vaginal. Como si
ya supiera realmente los pasos que tenía que dar, como si ese ritual fuera habitual. Estaba muy nerviosa,
yo no entendía por qué, otras mujeres no estaban como ella. La ecografía duró unos segundos pero aún con el ecógrafo en su interior, el
ginecólogo sentenció:
- — No ha habido suerte tampoco esta vez, ya lo siento.
Y esa mujer se rompió. Toda la tensión que
su pequeño cuerpo contenía explotó en esa camilla. El llanto era desgarrador, temblaba toda
ella, temblaba la mesa y el ecógrafo. Yo
temblaba.
El ginecólogo se retiró a escribir en su mesa sin mediar palabra. La enfermera le ofreció papel para limpiarse, pero la chica lo utilizó para secarse el rostro. Se levantó y se vistió
mientras lloraba y trataba de serenarse. Aún con el pantalón a media altura tuvo que escuchar:
- — Ya sabes que era el último que teníamos
conservado y que con tu edad ya no podemos volverlo a intentar aquí. Pero sabrás que en la privada puedes volver a
probar, si quieres.
Ella sollozaba y asentía sin apenas escuchar, subiéndose el pantalón, ella necesitaba otra cosa.
Entonces
comprendí que esa chica había agotado sus posibilidades de ser madre y que
venía a la consulta esperando que le dijeran que, por fin, estaba embarazada. Pero
recibió una noticia tan demoledora que le quitó la voz. Se marchó llorando. Cuando cerró la puerta el ficus empezó a llorar en silencio. Él me vio:
- — ¿Quieres irte? Sólo queda otra inseminación y eso ya lo has visto bastantes veces.
Asentí con la cabeza, mientras recogía mis cosas me dijo:
- — Piensa que esto lo tienes que poder soportar si
quieres ser médico ¿eh? Hoy te puedes ir, pero cuando estés donde estoy yo… te
tendrás que quedar.
Aunque él esperaba que esa frase hiciera recapacitar al ficus y permaneciera en el tiesto, inmóvil como hasta entonces... El ficus se levantó, se secó las lágrimas y se fue sin decir nada. Se fue tras la paciente.
La encontré en la puerta de
las consultas llorando. Me senté a su lado y le ofrecí pañuelos y agua. Sólo le
pude decir “lo siento muchísimo” y ella no me pudo contestar. No mediamos palabra, pero al rato me cogió el
brazo, lo apretó un instante y se fue caminando hacia la salida.
Aquella chica necesitaba unos minutos para reponerse, un espacio seguro para llorar la pena que surgió de una ecografía, alguien que simplemente se quedara a su lado...
Aquel tutor me enseñó que cuando ya no respondes preguntas es porque te quieres ir pronto a casa. Que no es lo mismo “tener que quedarte” que “querer quedarte” con tus pacientes. Me enseñó que dar malas noticias requiere un tiempo y un escenario propicio. Me enseñó que “soportar” el sufrimiento humano no pasa por permanecer impasible frente al que sufre, sino estar a su lado y acompañarlo.
Si te sientes identificado al leer esto quiero darte las gracias porque aprendí un par de cosas útiles contigo. Te debo un café, porque, humildemente, ahora que estoy donde tú estabas, creo que soy yo quien tiene un par de consejos para ti: si quieres ser médico te tendrás que quedar… con tus pacientes.








