Hace unos 10 años, durante el mes
de rotación de neumología, me enamoré de mi tutor, metafóricamente, creo.
Yo llegaba con una neumología
estudiada sin pena ni gloria, con las manos aún torpes de quien apenas ha
tocado pacientes y con la expectativa tibia de quien espera, simplemente,
sobrevivir a la rotación.
Se me asignó un tutor, aunque
habitualmente esa era una figura meramente nominal, y la
estudiante pasaba de mano en mano por el servicio correspondiente sin que nadie
reparase demasiado en su presencia.
Pero, en este caso, el tutor fue
precisamente eso, una referencia de la que aprender mucho. Para preservar su identidad, lo llamaremos
Jota, pero recuerdo perfectamente su nombre, sus apellidos y el cariño con el
que me trató.
La primera semana me animó, una y
otra vez, a entrar sola en las habitaciones. A sentarme frente a pacientes
desconocidos con un guion que habíamos construido juntos. Después, me esperaba
en el despacho para revisar juntos aquellos bocetos de historias clínicas a
medio hacer, como si aquello mereciera un tiempo que a él no le sobraba. La
primera vez que nos sentamos frente a mis notas me dijo:
- — ¿Porqué le has preguntado a este señor en qué ha trabajado?
Mi torpe inocencia le contestó:
- — Porque es una de las preguntas que figuran en el informe de ingreso, mira. – dije señalándole la pregunta.
Entonces me desveló que no iba a
aprender solamente neumología estando a su cargo:
- — No quiero que vuelvas a preguntar nada a un
paciente porque lo pone en un formulario, porque sale en los apuntes o incluso
porque te lo diga yo. Cuando preguntes
algo tienes que darle valor a la respuesta: tiene que servir para algo, tiene
que ser relevante.
Me habló de la anamnesis como
quien habla de un mapa, pero también de una brújula. Me explicó que quien no
sabe lo que busca difícilmente sabrá valorar lo que encuentra. Me invitó a
construir mi propia manera de escuchar, de escribir, de pensar. No dictaba, no
imponía: acompañaba: me daba libertad para escribir con supervisión. Aquello
fue un flechazo.
La segunda semana me preguntó si
sabía interpretar una espirometría. Yo
le dije que sí, por inconsciente. No
sabía. Al ponerme frente al resultado en papel yo entendía los números y su
traducción, pero no era capaz de decirle qué le ocurría al paciente. Me dijo:
- — Esto es lo que has aprendido en clase. Ahora tienes que ver más allá; para eso son las prácticas.
Me explicó el aire como si fuera
algo vivo. El esfuerzo, el límite, la resistencia. Me llevó a ver cómo se hacía
la prueba, cómo se validaba, cómo se repetía. Una enfermera me enseñó a
distinguir lo correcto de lo que solo lo parecía.
—¡Sople más fuerte!
Y ella, sin piedad, despertando
una carcajada en nosotras:
—¡Pues sopla tú, niña!
Él me ayudó a comprender que la
espirometría, como tantas pruebas, sin contar con el paciente, no sirven para
tomar decisiones.
La tercera semana me llevó a ver broncoscopias, me explicó los trayectos bronquiales y me enseñó a
orientarme en una imagen circular y dinámica.
De vez en cuando me preguntaba:
- —¿Dónde estamos ahora María?
Y yo contestaba acertando el lóbulo
pulmonar, aunque en realidad quería decirle “en la gloria”.
La cuarta semana llegamos a las
toracocentesis. La primera que le vi hacer
me impresionó, pero no me pareció excesivamente compleja, así que cuando me
preguntó si quería hacer la segunda, la respuesta estaba clara.
Recuerdo el momento de presentar
la aguja frente a la espalda del paciente, y cómo comenzó a temblarme el pulso
por los nervios. Ese instante en el que
todo el conocimiento parece retirarse un paso atrás y solo queda el miedo
frente a ti.
Le miré preocupada. Jota no dijo nada. Se puso los guantes, se colocó detrás de mí
y, sin prisa, sostuvo mi mano con la suya. No para sustituirme, sino para
acompañar el gesto. Para enseñarme que la firmeza también se puede prestar. Y
mientras avanzábamos, en mi cabeza sonaba la música de Ghost y yo ya no
sabía si estaba modelando un jarrón o atravesando una pleura.
La toracocentesis salió bien, mi orgullo salió mal parado. La subcultura competitiva y meritocrática del estudiante de medicina le hace incapaz de afrontar una derrota. Pero como es humano tener dudas, inseguridades y miedos, tarde o temprano nos enfrentamos a ellos invadidos de decepción y vergüenza. Jota me vio pelear con la frustración y, cuando el paciente se
fue, me dijo:
— No te preocupes si alguna vez te tiembla el
pulso o tienes miedo. Nos pasa a todos.
– me contó una anécdota personal de juventud y me recomendó - Sólo tienes que
parar y pedir ayuda; suele haber alguien que te entienda y te eche una mano.
Le di las gracias e hice la tercera toracocentesis, y la cuarta.
El mes terminó demasiado rápido. El último día llevé dulces, como se llevan las gracias cuando no caben en las palabras. Recuerdo que, convencido de que elegiría especializarme en pediatría en su hospital, me dijo:
- — Seguro que nos volvemos a ver cuando seas
residente.
Y yo quise creerlo. Pero la vida,
que no entiende de promesas implícitas, giró en otra dirección. Jamás lo volví
a ver.
Así que, si lees esto y te estás identificando, sólo quiero que sepas que me enamoré de la forma en que hacías medicina; que fue un auténtico placer conocerte; que seguramente has ayudado a muchos estudiantes, como yo, a definirse mejor; que hoy soy médica de familia y no he vuelto a hacer una toracocentesis, pero que muchas veces, cuando me tiembla el pulso antes de pinchar a un paciente técnicamente difícil, pienso en ti y se me pasa.
Gracias, Jota.







