Cuando invitamos a alguien a nuestra casa, podría adivinar sin conocernos que somos médicos por la ingente cantidad de libros de ciencia y revistas médicas que llenan nuestra estantería, o por la orla que corona nuestro extenso escritorio donde ambos conservamos la juventud de hace diez años.
Si confesamos que somos una pareja de médicos, las reacciones se dividen con bastante claridad. Los que no son del gremio ponen cara de romanticismo clínico —«¡qué bonito, os entendéis perfectamente!»—. Los que sí lo son esbozan una media sonrisa, de esas que contienen toda una conversación: calendarios llenos de guardias difíciles de compaginar, conversaciones médicas que parasitan los momentos más insospechados, responsabilidades que sobresalen del horario laboral...
La realidad es bastante más compleja y
bastante más bonita que cualquiera de las dos lecturas.
Ángel es mi marido desde hace cinco años,
mi pareja desde hace dieciséis, cuando ninguno de los dos sabía que la medicina
iba a ser también una confluencia entre amos. Hoy él es internista en el hospital del sector
donde yo trabajo como médica de familia en un pequeño pueblo. Compartimos
territorio, pero no escenario. Compartimos idioma, pero no siempre el mismo
diccionario. Y esos matices, que desde fuera pueden parecer pequeños, lo
cambian todo.
Un internista y una médica de familia
somos, quizá, de los pocos especialistas que aún defienden el generalismo médico
en un mundo que empuja hacia la superespecialización. Ambos miramos al paciente
como un todo, pero lo hacemos desde distintas ventanas.
Él los ve desde el hospital, en el
momento agudo, o cuando el paciente aún es una incógnita para todos los demás. Lo hace rodeado de pruebas y recursos que aportan luz o aún más tiniebla, y muchas veces con el reto y la prisa por resolver lo grave y lo urgente. Cuando considera que sus pacientes han mejorado lo suficiente como para salir de allí, les entrega un documento de «alta» y se despide de ellos, aunque posiblemente volverán a cruzarse sus caminos.
Yo acompaño en su casa, en su contexto,
con su historia de los últimos años encima de la mesa y en mi memoria. Mi
trabajo consiste en resolver lo posible, sostener lo crónico y acompañar lo
incurable. Yo no doy el alta. Aunque, paradójicamente, mi trabajo está lleno de
despedidas.
Cuando coincidimos en un mismo caso —y
ocurre, porque el medio rural tiene estas cosas—, la conversación clínica en
casa puede volverse fascinante: los dos descubrimos cosas de nuestro paciente
que desconocíamos al escuchar al otro, aprendemos los mecanismos que tiene el
hospital y la atención primaria para ayudarle, y entendemos cuán necesarios
somos ambos en este entramado de cuidados al que pertenecemos.
A veces, el planteamiento de uno encaja
completamente en el del otro, y a veces, no tanto. Los dos sabemos que la
medicina tiene muchas entradas y no siempre las mismas salidas; que la medicina
no es única ni perfecta y que incluso alberga un espacio para los errores. Ambos sabemos que asumirlos, aceptarlos y, en
lo posible, repararlos, no es sencillo. Compartir esa intimidad con alguien que
la comprende sin necesidad de traducciones tiene un valor difícil de medir.
Se manifiesta en días duros, cuando llego
a casa agarrando mi trabajo y no puedo soltarlo fácilmente. Ángel lo sostiene desde
la comprensión, sin tener que construir todo el contexto desde cero, sin
preguntas innecesarias. Tenemos una forma particular de querernos que tiene que
ver con entender el peso de lo que el otro carga, con guardarnos el debido
secreto profesional, pero confesarnos con frecuencia desde lo más personal.
La guardia es la amenaza continua para la
conciliación en nuestro hogar. Aun así, ambos comprendemos lo que supone el
trabajo extenuante y continuado durante 24 horas y experimentamos la misma
duración de una ausencia en casa. Las guardias de los médicos las hacen, en
silencio, también sus familias.
Pero el peor de los golpes llega cuando
la enfermedad nos alcanza a nosotros o a alguien muy próximo. Es imposible asumir entonces el papel de
familiar o amigo de forma exclusiva; somos médicos muy a nuestro pesar, y así
nos reconocen, aunque quisiéramos camuflarnos, a veces desaparecer. La
enfermedad familiar hace sufrir a los médicos en su doble papel, con una
intensidad que deja una cicatriz que pocos pueden ver.
No sé si tener un médico a mi lado me
hace la vida más fácil o más complicada. Probablemente sea las dos cosas a la
vez o ninguna de las dos. Sólo sé que mi
vida es increíble con él por cientos de razones, casi ninguna relacionada con
nuestra profesión.
Ángel, si estás leyendo esto -y lo harás instantes después de su publicación- gracias por acompañarme también en mi crecimiento profesional, por no enloquecer cada vez que asumo un nuevo proyecto, por resolver mis dudas, revisar mis textos, sostener mis ausencias y sobre todo por hacerme convertir la medicina en algo secundario o incluso olvidarla por completo cuando ambos nos lo merecemos. Te quiero.










