De esto hace unos 10 años, durante el mes de rotación de una especialidad médico-quirúrgica. Mi nombre acompañaba al de otros tres compañeros en el cuadrante aquel día. Nos asignaba un mismo destino; el quirófano del profesor responsable de la asignatura.
Los cuatro esperamos a las puertas de los quirófanos a la hora indicada, pero él no estaba allí. Esperamos casi una hora y cuando por fin hizo su aparición, nos miró diciendo:
— No puede haber 4 estudiantes en mi quirófano. Díganme la nota que les puse en el trabajo de mi asignatura.
La dijimos en voz alta. No creo
que ninguno mintiese, y no había grandes diferencias. Se dirigió a los dos estudiantes con notas más
bajas y les ordenó:
- — Ustedes dos, márchense.
Y refiriéndose a una compañera y
a mí nos ordenó:
— Ustedes dos vístanse, la enfermera las llevará al quirófano, lávense con ella y espérenme allí sin tocar nada.
Mientras dos estudiantes se
marchaban a casa y perdían un día de prácticas sin que a nadie le importase,
nosotras nos sentíamos ingenuamente “afortunadas” por poder quedarnos con él.
Entró en el quirófano y nos
indicó que nos colocásemos a su lado, cerca de la zona donde se preparaba el
campo quirúrgico. Mientras caminábamos hacia él, mi compañera rozó con el codo
una silla preparada para la instrumentista.
Él la vio y le dijo:
- — Señorita, la esterilidad se ha perdido, puede
quedarse a ver la cirugía desde allí – señaló una esquina del quirófano – pero usted
ha desperdiciado su oportunidad de intervenir.
Yo me estremecí, me coloqué a su
lado y sin moverme, sin decir una palabra, aguanté casi 2 horas en tensión. Imponía
su liturgia de luz, acero y normas invisibles. Yo era una presencia inmóvil, casi
inexistente. No me miró ni me dirigió la palabra hasta que la cirugía estaba a
punto de terminar. Entonces me dijo:
- —¿Quiere que le enseñe cómo se hace una sutura intradérmica?
Asentí, casi con alivio. Seguí
cada instrucción con una precisión casi obsesiva. No permitía errores, no permitía
que diese una puntada si no estaba en el lugar preciso, no concedía margen.
Repetí movimientos, corregí gestos, afiné la técnica hasta que la sutura quedó
impecable. Con su ayuda —literalmente—, lo bordé.
Fue entonces, con todo el
personal de quirófano mirándonos impacientes por terminar, cuando me preguntó:
- — ¿Sabe usted cocinar?”
Yo no entendí qué quería decir
aquello, pero contesté igualmente:
- — Sí, sé cocinar.
Sonrió por primera vez en toda la
mañana, y remató:
- — Pues si sabe cocinar y ahora también sabe coser, y ha demostrado que sabe estar calladita y obedecer; ya es usted toda una mujer. Ya puede salir de mi quirófano y empezar a buscar marido.
Y se rió. Se rió de su chiste y
de mí.
Nadie compartió su risa, pero tampoco
nadie le dijo absolutamente nada. El
auditorio debía estar muy acostumbrado a aquellos desplantes suyos; pero yo
no. No pude articular palabra mientras recibía
el golpe seco, preciso, casi quirúrgico, de un machismo autoritario, crudo,
incuestionado. Contenía las lágrimas
mientras me volvía diminuta y me quitaba los guantes y la bata, queriendo desprenderme
de aquella humillación.
Ese día no aprendí a hacer una
sutura intradérmica. Apenas recuerdo las
pautas que me dio. Eso lo aprendí después,
cuando mi tutora en cirugía plástica tuvo la paciencia de explicarme porqué
debía usar los materiales que eligió, y cómo debía proceder antes de empezar; y
cuando mi profesor de cirugía general trajo patas de cerdo a clase, y me
permitió equivocarme al suturar y me enseñó a rectificar.
Pero ese día aprendí algo todavía
más importante: por más que seas una eminencia en tu campo, por más
conocimiento que atesores, y aunque roces la excelencia técnica y resuelvas tu
trabajo con maestría, para ser un buen docente es indispensable ser buena
persona y saber tratar con respeto a tus semejantes, a tus superiores y a quienes
están en una posición de inferioridad.

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