martes, 28 de abril de 2026

28/04/2026: Eligiendo la plaza de médica rural

No hace tanto tiempo publicaba en este blog el método que diseñé y seguí para estudiar una oposición.  Una oposición es, a priori, el camino para lograr la estabilidad laboral que cualquier joven médica de familia persigue.  Aprobado el examen y resuelto el concurso, en unos días los opositores hemos sido citados para elegir nuestro destino.  Tenemos (tengo) que tomar una decisión.

A mi me gusta el medio rural, no lo romantizo, me gustará mientras me permita ejercer como la médica de familia que persigo ser.  Porque creo en los beneficios de la longitudinalidad - aunque suene a palabra de congreso-, pero no nos engañemos, es como una religión, está bien creer en ella, pero hay que practicarla.  Yo no quiero un sitio de paso, una plaza trampolín, un lugar donde “hacer puntos”. Yo quiero quedarme mucho tiempo con la misma gente, quiero volverme “longitudinal”.

Comparto mi peculiar “metodología” para clasificar y discernir entre tantas opciones de ser médica de familia en nuestros pueblos, porque, aunque sirva a pocos opositores -pues somos pocos en la persecución de una plaza rural-, a mí me ayuda a pensar con más claridad.

Fase 1: Yo contra el Excel

Empiezo siendo una persona seria. Razonable. Metódica.

Abro mi hoja de cálculo y hago lo que cualquier adulta funcional haría:
kilómetros, tarjetas sanitarias, núcleos de población.

Intento encontrar ese número mágico de pacientes que me permita trabajar bien. Ni desbordada, ni infrautilizada. Lo justo para poder mirar a los ojos sin sentir que voy tarde desde las nueve de la mañana.

Me pongo límites:
un núcleo, hasta mil.
dos, ochocientos.
tres… bueno, empezamos a negociar.
cuatro… María, piénsatelo bien.

Todo muy científico. Todo muy bajo control.

Fase 2: Las guardias (ese tema)

Todo el mundo tiene una historia sobre las guardias rurales. Ninguna es corta.

Aquí ya no hay Excel que valga. Solo intuiciones:
cuánta población,
cuánta dispersión,
cuánta soledad.

Y esa sensación difícil de medir de estar muy lejos de todo cuando más cerca necesitarías estar.

Los sitios donde la gente dice que “las guardias son un infierno” me los voy a prohibir, por mi salud mental.

Fase 3: Mirar el mapa (más que Dora la exploradora)

Llega un punto en el que dejo de mirar plazas y empiezo a mirar carreteras. Google Maps es mi traductor de kilómetros a minutos.  

Pero yo calculo tiempos reales, tiempos pesimistas.  Los del día que pillas el tractor en línea continua. Los de las infinitas curvas rozando el barranco. Los de correr de pueblo a pueblo por un aviso urgente. Los de lunes a las ocho. Los de volver de guardia cansada hasta casa.

Porque no es requisito indispensable tener coche o siquiera carnet de conducir para que te contraten en un cupo de 7 pueblos, pero se adivina pronto que sí, el coche es necesario en este trabajo.

Me pongo límites otra vez:

30 minutos de carretera lo tolero bien, es lo que dura un informativo de radio.
45 minutos de coche es el límite que puedo aceptar, pero no sé qué voy a hacer si se me acaban los podcast.
1 hora de trayecto es demasiado para mi.

Fase 4: La gente (lo más importante y lo menos medible)

Enfermería es la compañía por excelencia. Ojalá pudiera conocer su forma de trabajar, si hablaremos el mismo idioma, si su horario es coincidente con el mío en cada pueblo al que vamos, si lleva un tiempo conociendo el terreno, si se queda allí o está de paso.

El equipo y el ambiente importan mucho. 
Si hay ganas o inercia. 
Si hay apoyo o silencio. 
Si es estable o cambiante. 
Si se construye algo o simplemente se sobrevive.

Esto no aparece en ninguna convocatoria, pero cuando pasas tantas horas sola en un pueblo, es importantísimo saber a quién tienes cerquita.

Fase 5: La realidad entra sin llamar (maldita sea)

Y entonces aparecen las cosas que no caben en una tabla.

Preguntarte si esa plaza seguirá existiendo como es ahora dentro de unos años o si se transformará en algo más disperso, más complejo, menos respetuoso con tus tiempos.

Descubrir que en algunos consultorios no hay electrocardiógrafo ni desfibrilador, porque una ley anterior a tu nacimiento sigue diciendo que el equipamiento depende de los ayuntamientos.

Enterarte de que un cupo incluye a un paciente conflictivo que pone en riesgo a sanitarios —y a sí mismo— con cierta frecuencia.

Preguntar si habrá posibilidad de hacer docencia con estudiantes y residentes pese a la distancia con la universidad y la unidad docente.

Saber que no hay farmacia ni botiquín en algunas poblaciones.

Escuchar historias del médico anterior que dejó dinámicas difíciles de cambiar.

Descubrir que en muchos consultorios rurales no existe la cita previa.

La realidad, básicamente.

Fase 6: La trampa final

Después de todo esto, el Excel es un jeroglífico incapaz de ordenarlo todo como lo desean tu cabeza y tu corazón.

Cuanto más perfilo el método y más avanzo, más evidente se vuelve lo subyacente: la decisión final no será solo racional. Hay una parte de razón y otra de piel en esto.

Porque entre todos los nombres de este listado, hay uno al que vuelvo siempre.

Sin ser perfecto.
Sin ser el más cómodo.
Sin ser el más lógico.
Sin que yo lo quiera admitir.

Y entonces entiendo algo incómodo: que puedo intentar elegir de forma racional todo lo que quiera… pero que, en realidad, hace mucho tiempo que elegí.

Continuará.

miércoles, 22 de abril de 2026

22/04/2026: La casa de dos médicos.

Cuando invitamos a alguien a nuestra casa, podría adivinar sin conocernos que somos médicos por la ingente cantidad de libros de ciencia y revistas médicas que llenan nuestra estantería, o por la orla que corona nuestro extenso escritorio donde ambos conservamos la juventud de hace diez años.

Si confesamos que somos una pareja de médicos, las reacciones se dividen con bastante claridad. Los que no son del gremio ponen cara de romanticismo clínico —«¡qué bonito, os entendéis perfectamente!»—. Los que sí lo son esbozan una media sonrisa, de esas que contienen toda una conversación: calendarios llenos de guardias difíciles de compaginar, conversaciones médicas que parasitan los momentos más insospechados, responsabilidades que sobresalen del horario laboral...

La realidad es bastante más compleja y bastante más bonita que cualquiera de las dos lecturas.

Ángel es mi marido desde hace cinco años, mi pareja desde hace dieciséis, cuando ninguno de los dos sabía que la medicina iba a ser también una confluencia entre amos.  Hoy él es internista en el hospital del sector donde yo trabajo como médica de familia en un pequeño pueblo. Compartimos territorio, pero no escenario. Compartimos idioma, pero no siempre el mismo diccionario. Y esos matices, que desde fuera pueden parecer pequeños, lo cambian todo.

Un internista y una médica de familia somos, quizá, de los pocos especialistas que aún defienden el generalismo médico en un mundo que empuja hacia la superespecialización. Ambos miramos al paciente como un todo, pero lo hacemos desde distintas ventanas.

Él los ve desde el hospital, en el momento agudo, o cuando el paciente aún es una incógnita para todos los demás.  Lo hace rodeado de pruebas y recursos que aportan luz o aún más tiniebla, y muchas veces con el reto y la prisa por resolver lo grave y lo urgente. Cuando considera que sus pacientes han mejorado lo suficiente como para salir de allí, les entrega un documento de «alta» y se despide de ellos, aunque posiblemente volverán a cruzarse sus caminos.

Yo acompaño en su casa, en su contexto, con su historia de los últimos años encima de la mesa y en mi memoria. Mi trabajo consiste en resolver lo posible, sostener lo crónico y acompañar lo incurable. Yo no doy el alta. Aunque, paradójicamente, mi trabajo está lleno de despedidas.

Cuando coincidimos en un mismo caso —y ocurre, porque el medio rural tiene estas cosas—, la conversación clínica en casa puede volverse fascinante: los dos descubrimos cosas de nuestro paciente que desconocíamos al escuchar al otro, aprendemos los mecanismos que tiene el hospital y la atención primaria para ayudarle, y entendemos cuán necesarios somos ambos en este entramado de cuidados al que pertenecemos.

A veces, el planteamiento de uno encaja completamente en el del otro, y a veces, no tanto. Los dos sabemos que la medicina tiene muchas entradas y no siempre las mismas salidas; que la medicina no es única ni perfecta y que incluso alberga un espacio para los errores.  Ambos sabemos que asumirlos, aceptarlos y, en lo posible, repararlos, no es sencillo. Compartir esa intimidad con alguien que la comprende sin necesidad de traducciones tiene un valor difícil de medir.

Se manifiesta en días duros, cuando llego a casa agarrando mi trabajo y no puedo soltarlo fácilmente. Ángel lo sostiene desde la comprensión, sin tener que construir todo el contexto desde cero, sin preguntas innecesarias. Tenemos una forma particular de querernos que tiene que ver con entender el peso de lo que el otro carga, con guardarnos el debido secreto profesional, pero confesarnos con frecuencia desde lo más personal.

La guardia es la amenaza continua para la conciliación en nuestro hogar. Aun así, ambos comprendemos lo que supone el trabajo extenuante y continuado durante 24 horas y experimentamos la misma duración de una ausencia en casa. Las guardias de los médicos las hacen, en silencio, también sus familias.

Pero el peor de los golpes llega cuando la enfermedad nos alcanza a nosotros o a alguien muy próximo.  Es imposible asumir entonces el papel de familiar o amigo de forma exclusiva; somos médicos muy a nuestro pesar, y así nos reconocen, aunque quisiéramos camuflarnos, a veces desaparecer. La enfermedad familiar hace sufrir a los médicos en su doble papel, con una intensidad que deja una cicatriz que pocos pueden ver.

No sé si tener un médico a mi lado me hace la vida más fácil o más complicada. Probablemente sea las dos cosas a la vez o ninguna de las dos.  Sólo sé que mi vida es increíble con él por cientos de razones, casi ninguna relacionada con nuestra profesión.

Ángel, si estás leyendo esto -y lo harás instantes después de su publicación- gracias por acompañarme también en mi crecimiento profesional, por no enloquecer cada vez que asumo un nuevo proyecto, por resolver mis dudas, revisar mis textos, sostener mis ausencias y sobre todo por hacerme convertir la medicina en algo secundario o incluso olvidarla por completo cuando ambos nos lo merecemos.  Te quiero.



martes, 7 de abril de 2026

07/04/2026: Me equivocaría otra vez

Hace unos 10 años, durante el quinto año de carrera, un par de semanas de rotación en Medicina de Familia, bastaron para convencerme de que yo no podía ser médica de familia. Era una especialidad aburrida, simple y desagradecida.

En sexto, el rotatorio volvía a ser obligatorio, aunque esta vez duraba un mes entero.  Podía convertirse en un auténtico infierno.

Busqué la manera de endulzarme la experiencia. Localicé el centro de salud de uno de los profesores de la asignatura. Parecía un tipo motivado que prometía romper los prejuicios y reticencias con los que yo iba absolutamente cargada.  No lo pensé dos veces: miré el listado, llamé a la compañera que se suponía que rotaba con el «superprofesor» en cuestión. Estuvo encantada de hacerme el cambio, y yo feliz, sin sospechar que me estaba equivocando.

Me bailó una línea.

Una sola línea.

Esa línea que lo cambió todo.

Había intercambiado mi puesto con alguien que sí iba a rotar en aquel centro de salud… pero con otra persona.  Me di cuenta la víspera de comenzar las prácticas: mi tutor sería alguien que no conocía, un tal CCS…

No, no, no… ¡No! ¡Otra vez no!

Llamé desesperada a mi compañera para intentar deshacer el cambio, pero ya era imposible… Anticipé un mes desperdiciado de nuevo, lo di todo por perdido: «¿Quién diablos es ese CCS? ¿Cómo he podido despistarme tanto? Esto me pasa por idiota…» La rabia no me dejó descansar bien esa noche.

Al día siguiente llegué al centro de salud resignada, arrastrando los pies. Allí me indicaron cómo llegar a su consulta. Leí su nombre en la puerta y sentí que aquel letrero se burlaba de mí.

—Toc, toc… ¿se puede?

Ahí estaba él. Era mucho peor de lo que podía anticipar.

Parecía mayor.  Llevaba la camisa del pijama blanco, sin una bata que le diese la presencia que yo creía fundamental; un boli Bic en el bolsillo y ni un solo logo farmacéutico, como si ningún “sponsor” quisiera patrocinarle… Me pareció un tipo gris, y antes de conocerlo le adjudiqué el papel de “mi nuevo fracaso” … Porque, lo admito, soy idiota.

Fue un primer día de rotación atípico. Se presentó y, aunque en la consulta no había mucho espacio, me mostró una silla cómoda junto a la suya, preparada para mí. Raro. Se preocupó por saber si desde mi posición leía bien la pantalla. Muy raro. Antes de ver a algunos pacientes me explicaba cosas que sabía de antemano sobre ellos. Muy, pero que muy raro. Incluso comentaba aspectos interesantes cuando se marchaban. Rarísimo. Como si de verdad le importara que yo aprendiera algo en cada consulta. «Qué tipo tan… raro», pensé.

Mi madre, también médica de familia —y conocedora de mi absoluto rechazo a su especialidad—, me llamó al salir:

—¿Qué tal ha ido? —preguntó con miedo.

—Pues... Supongo que muy bien. No sé si me he equivocado o he acertado de lleno. Ya te contaré. — Mi madre debió alucinar.

El segundo día yo fui con la desconfianza de quien piensa que todo lo bueno se acaba, y que la primera impresión puede ser forzadamente buena, pero es difícil de mantener. Cuando llegué a su consulta, me estaba esperando. Me saludó por mi nombre. Sí, dijo “Buenos días MARÍA”. Lo dijo alto y claro, y allí no había nadie más que yo. Ningún tutor recordaba mi nombre al día siguiente de empezar, no señor, ninguno.  “Este tipo es francamente raro y… me encanta”.

Mis resistencias se desmoronaron por completo y los días siguientes fueron indescriptibles. Disfruté tantísimo viendo cómo trataba de ejercer una medicina sin tantas etiquetas, mínimamente impertinente; una medicina que escucha, siente y padece con sus pacientes; que se desplaza hasta sus casas; que no acaba al salir de la consulta; que tolera y convive con la incertidumbre; que se apoya en la ciencia incluso para las cosas sencillas y que maneja la complejidad con prudencia.

Me resolvió algunas preguntas que yo traía -eso lo hicieron muchos-, pero despertó muchas más dudas e inquietudes, aún más importantes -eso no lo hace cualquiera. Me hizo envidiar su mirada crítica, su curiosidad y su voluntad de seguir aprendiendo cada día.

Recuerdo muchos momentos a su lado, se han grabado a fuego en mi memoria aquellos en los que la ciencia mostraba su lado más humano.

Recuerdo la ternura con la que visitaba a una anciana en su casa, sentándose en un sofá muy bajo -y seguro que muy incómodo-, solo para estar a su altura al hablar.  Recuerdo que, instintivamente, yo me agaché para ser espectadora de la magia que había entre ellos. Lo recuerdo enseñándome a explorar, pidiendo permiso a los pacientes y cuidando su intimidad como hasta entonces no había visto hacerlo a nadie. Lo recuerdo confrontando con una paciente la necesidad de una prueba, con asertividad y convicción, pero sin perder el control ni dañar la relación en un ejercicio de equilibrio preciso y cuidadoso. Lo recuerdo preocupado por una urgencia en un paciente conocido —una caída con una brecha en la cabeza—; casi puedo verlo saliendo de su consulta, diciendo “nos vamos” y dejando todo atrás, actuando rápido pero seguro, incluso estando fuera de su zona de confort.

Recuerdo a una compañera, médica de familia, acudir a su consulta.  Él era el médico de otros médicos, confiaban en él aunque no había grandes diferencias en el trato impecable que daba a cualquier otro paciente; o precisamente por eso…

A mitad del rotatorio ya no podía mirarlo sin sentir una tremenda admiración y respeto.  Tenía remordimientos por haber pensado que no sería lo suficientemente bueno para mí; como ya he comentado, soy idiota.

Y hubo muchos más pacientes ese mes, pero hay un recuerdo que supera a los demás, el que lo cambió todo.

Un día fui a casa de un matrimonio de ancianos para hacer una historia clínica.  Era un trabajo propuesto para terminar las prácticas.  Debía acudir yo sola. Con mi fonendo y mi libreta en la mochila, como si aquel fuera ya mi primer maletín. La pareja me recibió en su casa porque iba de parte de su médico, y allí desarrollé la entrevista según lo esperado.  Fue sencillo, fue cómodo, fue gratificante. Inexplicablemente me sentí muy capaz de hacer esas visitas el resto de mi vida.

Aproveché la ocasión para preguntar a aquella pareja algo que no estaba en el guion: ¿cómo era tener a CCS como médico? Contestaron que siempre estaba para ellos, que tenían una confianza ciega en él, que nunca lo culparían si les pasaba algo, porque en su fragilidad entendían que él cuidaría de ellos, siempre. Me dijeron que lo querían, mucho. Lo dijeron honestamente, con los ojos desbordados de un cariño genuino.

Aquel matrimonio me desveló que la medicina de familia es la única especialidad capaz de vincular con una fuerza arrolladora a los médicos con sus pacientes. Era la especialidad más bonita de todas. Y entonces me lo pregunté por primera vez: ¿quizá era para mi?

Cuando el mes terminó escribí una reflexión que quise entregarle para agradecer todo lo que había desatado en mí. La leyó y probablemente no fue consciente de las dudas que empezaban a generarme un agradable hormigueo en la piel.  Aún así, antes de despedirnos dijo:

 —Ya sé que quieres ser pediatra, y serás una pediatra excelente.  Pero si alguna vez albergas dudas, estoy seguro de que también serías una extraordinaria médica de familia.

No creí que lo dijese sin pensarlo, no acostumbra a hablar a la ligera.  Él me mostraba su forma de trabajar sin hacer propaganda de su especialidad, no quería convencerme de nada. Hasta entonces no había hecho mención a mi elección de la especialidad.  Fui yo misma quien confesó que quería ser pediatra, casi en defensa propia cuando vi que las dudas empezaban a aflorar. Aquella frase suya puso en palabras lo que yo llevaba días intuyendo, verbalizó un poderoso presagio que yo aún no sabía gestionar.  Sentí que su mensaje calaba misteriosamente en mí, haciendo tambalear a mi inquieta vocación.

Más de un año después, en el Ministerio, subí al estrado para elegir mi especialidad.  Me acordé de muchas cosas; también de CCS, su consulta y sus pacientes… Convencida de lo que estaba haciendo, estando frente a aquella plaza de pediatría, elegí.

No quise ser como él -aunque le admiro profundamente-. Pero por su culpa me enamoré de la Medicina de Familia que me presentó, la elegí porque quise dedicarle mi vida y practicarla a mi manera y, esta vez, no me equivoqué.

Si has leído todo esto —y tengo la certeza de que lo has hecho, amigo mío—, siento no habertelo contado mucho antes; como sabes, soy idiota.  Quiero que sepas que, de alguna forma, me cambiaste la vida, y siempre te estaré agradecida. Me volvería a equivocar de tutor una y mil veces para encontrarte.  Me encantaría convertirme en esa médica de familia de la que puedas estar orgulloso.

Gracias por todo, Car.. digo CCS.





miércoles, 1 de abril de 2026

01/04/2026: El ficus que se plantó

Hace unos 10 años, durante mi rotación en Ginecología y Obstetricia, se me asignó un periodo de dos semanas en la consulta de reproducción asistida.  Cuando mi tutora faltó, fue un colega suyo quien se comió el marrón de atender a la estudiante.

Yo pensaba, ingenuamente, que continuaríamos la misma cadencia que mi tutora: que aunque no se presentó, no me desvelaba los motivos de consulta de las pacientes que atravesaban su puerta, ni me permitía leer sus anotaciones... quizá dejaría caer alguna explicación ocasional, quizá respondiese alguna de mis dudas si la planteaba en el momento oportuno.

Recuerdo que al salir una de las pacientes, cuando terminó de escribir en su historia, antes de que la enfermera llamase a la siguiente, se me ocurrió preguntar excusándome previamente: 

— ¿Cuál es el número máximo de ciclos de estimulación hormonal sucesivos a los que se puede someter a una paciente con seguridad?

Me pareció una pregunta estándar. Él me miró y me dijo:

-    — Si haces preguntas vamos a ir más despacio y tardarás más en irte a tu casa.

No volví a preguntar absolutamente nada, efectivamente me entraron ganas de irme a mi casa. Tenía que quedarme siguiendo la pauta de "ver, oír y callar", así que me convertí en un ficus (un ficus es una planta de clima subtropical, de porte arbóreo o arbustivo, con hojas grandes, lanceoladas y de haz brillanteuna planta común que decora y no molesta vaya).

No era la primera vez que me convertía en un arbusto, ni sería la última. Pero aquello sólo fue su tarjeta de presentación, lo que mejor recuerdo de él llegó con las últimas citas. 

Era una chica joven, delgadita, pequeña, que entraba con una inquietud palpable.  Venía a su control tras la implantación de embriones por una fecundación in vitro.  Venía sola.  Se desvistió y se colocó en la camilla para su ecografía vaginal. Como si ya supiera realmente los pasos que tenía que dar, como si ese ritual fuera habitual.  Estaba muy nerviosa, yo no entendía por qué, otras mujeres no estaban como ella.  La ecografía duró unos segundos pero aún con el ecógrafo en su interior, el ginecólogo sentenció:

-    — No ha habido suerte tampoco esta vez, ya lo siento.

Y esa mujer se rompió. Toda la tensión que su pequeño cuerpo contenía explotó en esa camilla.  El llanto era desgarrador, temblaba toda ella, temblaba la mesa y el ecógrafo.  Yo temblaba.

El ginecólogo se retiró a escribir en su mesa sin mediar palabra.  La enfermera le ofreció papel para limpiarse, pero la chica lo utilizó para secarse el rostro. Se levantó y se vistió mientras lloraba y trataba de serenarse. Aún con el pantalón a media altura tuvo que escuchar:

-   — Ya sabes que era el último que teníamos conservado y que con tu edad ya no podemos volverlo a intentar aquí.  Pero sabrás que en la privada puedes volver a probar, si quieres.

Ella sollozaba y asentía sin apenas escuchar, subiéndose el pantalón, ella necesitaba otra cosa.  

Entonces comprendí que esa chica había agotado sus posibilidades de ser madre y que venía a la consulta esperando que le dijeran que, por fin, estaba embarazada. Pero recibió una noticia tan demoledora que le quitó la voz.  Se marchó llorando. Cuando cerró la puerta el ficus empezó a llorar en silencio.  Él me vio:

-    — ¿Quieres irte? Sólo queda otra inseminación y eso ya lo has visto bastantes veces.

Asentí con la cabeza, mientras recogía mis cosas me dijo:

-    — Piensa que esto lo tienes que poder soportar si quieres ser médico ¿eh? Hoy te puedes ir, pero cuando estés donde estoy yo… te tendrás que quedar.

Aunque él esperaba que esa frase hiciera recapacitar al ficus y permaneciera en el tiesto, inmóvil como hasta entonces... El ficus se levantó, se secó las lágrimas y se fue sin decir nada. Se fue tras la paciente.

La encontré en la puerta de las consultas llorando. Me senté a su lado y le ofrecí pañuelos y agua. Sólo le pude decir “lo siento muchísimo” y ella no me pudo contestar.  No mediamos palabra, pero al rato me cogió el brazo, lo apretó un instante y se fue caminando hacia la salida.

Aquella chica necesitaba unos minutos para reponerse, un espacio seguro para llorar la pena que surgió de una ecografía, alguien que simplemente se quedara a su lado... 

Aquel tutor me enseñó que cuando ya no respondes preguntas es porque te quieres ir pronto a casa.  Que no es lo mismo “tener que quedarte” que “querer quedarte” con tus pacientes. Me enseñó que dar malas noticias requiere un tiempo y un escenario propicio. Me enseñó que “soportar” el sufrimiento humano no pasa por permanecer impasible frente al que sufre, sino estar a su lado y acompañarlo.

Si te sientes identificado al leer esto quiero darte las gracias porque aprendí un par de cosas útiles contigo.  Te debo un café, porque, humildemente, ahora que estoy donde tú estabas, creo que soy yo quien tiene un par de consejos para ti: si quieres ser médico te tendrás que quedar… con tus pacientes.

28/04/2026: Eligiendo la plaza de médica rural

No hace tanto tiempo publicaba en este blog el método que diseñé y seguí para estudiar una oposición.  Una oposición es, a priori, el camino...