No hace tanto tiempo publicaba en este blog el método que diseñé y seguí para estudiar una oposición. Una oposición es, a priori, el camino para lograr la estabilidad laboral que cualquier joven médica de familia persigue. Aprobado el examen y resuelto el concurso, en unos días los opositores hemos sido citados para elegir nuestro destino. Tenemos (tengo) que tomar una decisión.
A mi me gusta el medio rural, no lo romantizo, me gustará
mientras me permita ejercer como la médica de familia que persigo ser. Porque creo en los beneficios de la longitudinalidad
- aunque suene a palabra de congreso-, pero no nos engañemos, es como una
religión, está bien creer en ella, pero hay que practicarla. Yo no quiero un sitio de paso, una plaza
trampolín, un lugar donde “hacer puntos”. Yo quiero quedarme mucho tiempo con
la misma gente, quiero volverme “longitudinal”.
Comparto mi peculiar “metodología” para clasificar y
discernir entre tantas opciones de ser médica de familia en nuestros pueblos, porque,
aunque sirva a pocos opositores -pues somos pocos en la persecución de una
plaza rural-, a mí me ayuda a pensar con más claridad.
Fase 1: Yo contra el Excel
Empiezo siendo una persona seria. Razonable. Metódica.
Intento encontrar ese número mágico de pacientes que me
permita trabajar bien. Ni desbordada, ni infrautilizada. Lo justo para poder
mirar a los ojos sin sentir que voy tarde desde las nueve de la mañana.
Todo muy científico. Todo muy bajo control.
Fase 2: Las guardias (ese tema)
Todo el mundo tiene una historia sobre las guardias rurales.
Ninguna es corta.
Y esa sensación difícil de medir de estar muy lejos de todo
cuando más cerca necesitarías estar.
Los sitios donde la gente dice que “las guardias son un
infierno” me los voy a prohibir, por mi salud mental.
Fase 3: Mirar el mapa (más que Dora la exploradora)
Llega un punto en el que dejo de mirar plazas y empiezo a mirar carreteras. Google Maps es mi traductor de kilómetros a minutos.
Pero yo calculo tiempos reales, tiempos
pesimistas. Los del día que pillas el
tractor en línea continua. Los de las infinitas curvas rozando el barranco. Los
de correr de pueblo a pueblo por un aviso urgente. Los de lunes a las ocho. Los de volver de guardia cansada hasta casa.
Porque no es requisito indispensable tener coche o siquiera carnet de conducir para que te
contraten en un cupo de 7 pueblos, pero se adivina pronto que sí, el coche es necesario
en este trabajo.
Me pongo límites otra vez:
Fase 4: La gente (lo más importante y lo menos medible)
Enfermería es la compañía por excelencia. Ojalá pudiera conocer su forma de trabajar, si hablaremos el mismo idioma, si su horario es coincidente con el mío en cada pueblo al que vamos, si lleva un tiempo conociendo el terreno, si se queda allí o está de paso.
Esto no aparece en ninguna convocatoria, pero cuando pasas
tantas horas sola en un pueblo, es importantísimo saber a quién tienes cerquita.
Fase 5: La realidad entra sin llamar (maldita sea)
Y entonces aparecen las cosas que no caben en una tabla.
Preguntarte si esa plaza seguirá existiendo como es ahora
dentro de unos años o si se transformará en algo más disperso, más complejo,
menos respetuoso con tus tiempos.
Descubrir que en algunos consultorios no hay
electrocardiógrafo ni desfibrilador, porque una ley anterior a tu nacimiento
sigue diciendo que el equipamiento depende de los ayuntamientos.
Enterarte de que un cupo incluye a un paciente conflictivo
que pone en riesgo a sanitarios —y a sí mismo— con cierta frecuencia.
Preguntar si habrá posibilidad de hacer docencia con
estudiantes y residentes pese a la distancia con la universidad y la unidad
docente.
Saber que no hay farmacia ni botiquín en algunas
poblaciones.
Escuchar historias del médico anterior que dejó dinámicas
difíciles de cambiar.
Descubrir que en muchos consultorios rurales no existe la
cita previa.
La realidad, básicamente.
Fase 6: La trampa final
Después de todo esto, el Excel es un jeroglífico incapaz de
ordenarlo todo como lo desean tu cabeza y tu corazón.
Cuanto más perfilo el método y más avanzo, más evidente se
vuelve lo subyacente: la decisión final no será solo racional. Hay una parte de
razón y otra de piel en esto.
Porque entre todos los nombres de este listado, hay uno al
que vuelvo siempre.
Y entonces entiendo algo incómodo: que puedo intentar elegir
de forma racional todo lo que quiera… pero que, en realidad, hace mucho tiempo
que elegí.
Continuará.

No hay comentarios:
Publicar un comentario