Hace unos 10 años, durante el
quinto año de carrera, un par de semanas de rotación en Medicina de Familia, bastaron
para convencerme de que yo no podía ser médica de familia. Era una especialidad
aburrida, simple y desagradecida.
En sexto, el rotatorio volvía a
ser obligatorio, aunque esta vez duraba un mes entero. Podía convertirse en un auténtico infierno.
Busqué la manera de endulzarme la
experiencia. Localicé el centro de salud de uno de los profesores de la
asignatura. Parecía un tipo motivado que prometía romper los prejuicios y
reticencias con los que yo iba absolutamente cargada. No lo pensé dos veces: miré el listado, llamé
a la compañera que se suponía que rotaba con el «superprofesor» en cuestión. Estuvo
encantada de hacerme el cambio, y yo feliz, sin sospechar que me estaba
equivocando.
Me bailó una línea.
Una sola línea.
Esa línea que lo cambió todo.
Había intercambiado mi puesto con
alguien que sí iba a rotar en aquel centro de salud… pero con otra persona. Me di cuenta la víspera de comenzar las
prácticas: mi tutor sería alguien que no conocía, un tal CCS…
No, no, no… ¡No! ¡Otra vez no!
Llamé desesperada a mi compañera
para intentar deshacer el cambio, pero ya era imposible… Anticipé un mes
desperdiciado de nuevo, lo di todo por perdido: «¿Quién diablos es ese CCS? ¿Cómo
he podido despistarme tanto? Esto me pasa por idiota…» La rabia no me dejó
descansar bien esa noche.
Al día siguiente llegué al centro
de salud resignada, arrastrando los pies. Allí me indicaron cómo llegar a su
consulta. Leí su nombre en la puerta y sentí que aquel letrero se burlaba de
mí.
—Toc, toc… ¿se puede?
Ahí estaba él. Era mucho peor de
lo que podía anticipar.
Parecía mayor. Llevaba la camisa del pijama blanco, sin una
bata que le diese la presencia que yo creía fundamental; un boli Bic en el
bolsillo y ni un solo logo farmacéutico, como si ningún “sponsor” quisiera
patrocinarle… Me pareció un tipo gris, y antes de conocerlo le adjudiqué el
papel de “mi nuevo fracaso” … Porque, lo admito, soy idiota.
Fue un primer día de rotación
atípico. Se presentó y, aunque en la consulta no había mucho espacio, me mostró
una silla cómoda junto a la suya, preparada para mí. Raro. Se preocupó por
saber si desde mi posición leía bien la pantalla. Muy raro. Antes de ver a
algunos pacientes me explicaba cosas que sabía de antemano sobre ellos. Muy, pero
que muy raro. Incluso comentaba aspectos interesantes cuando se marchaban.
Rarísimo. Como si de verdad le importara que yo aprendiera algo en cada
consulta. «Qué tipo tan… raro», pensé.
Mi madre, también médica de
familia —y conocedora de mi absoluto rechazo a su especialidad—, me llamó al salir:
—¿Qué tal ha ido? —preguntó con
miedo.
—Pues... Supongo que muy bien. No
sé si me he equivocado o he acertado de lleno. Ya te contaré. — Mi madre debió alucinar.
El segundo día yo fui con la
desconfianza de quien piensa que todo lo bueno se acaba, y que la primera
impresión puede ser forzadamente buena, pero es difícil de mantener. Cuando
llegué a su consulta, me estaba esperando. Me saludó por mi nombre. Sí, dijo “Buenos
días MARÍA”. Lo dijo alto y claro, y allí no había nadie más que yo. Ningún
tutor recordaba mi nombre al día siguiente de empezar, no señor, ninguno. “Este tipo es francamente raro y… me encanta”.
Mis resistencias se desmoronaron
por completo y los días siguientes fueron indescriptibles. Disfruté tantísimo
viendo cómo trataba de ejercer una medicina sin tantas etiquetas, mínimamente
impertinente; una medicina que escucha, siente y padece con sus pacientes; que
se desplaza hasta sus casas; que no acaba al salir de la consulta; que tolera y
convive con la incertidumbre; que se apoya en la ciencia incluso para las cosas
sencillas y que maneja la complejidad con prudencia.
Me resolvió algunas preguntas que
yo traía -eso lo hicieron muchos-, pero despertó muchas más dudas e inquietudes,
aún más importantes -eso no lo hace cualquiera. Me hizo envidiar su mirada
crítica, su curiosidad y su voluntad de seguir aprendiendo cada día.
Recuerdo muchos momentos a su
lado, se han grabado a fuego en mi memoria aquellos en los que la ciencia
mostraba su lado más humano.
Recuerdo la ternura con la que
visitaba a una anciana en su casa, sentándose en un sofá muy bajo -y seguro que
muy incómodo-, solo para estar a su altura al hablar. Recuerdo que, instintivamente, yo me agaché
para ser espectadora de la magia que había entre ellos. Lo recuerdo enseñándome
a explorar, pidiendo permiso a los pacientes y cuidando su intimidad como hasta
entonces no había visto hacerlo a nadie. Lo recuerdo confrontando con una
paciente la necesidad de una prueba, con asertividad y convicción, pero sin
perder el control ni dañar la relación en un ejercicio de equilibrio preciso y cuidadoso.
Lo recuerdo preocupado por una urgencia en un paciente conocido —una caída con
una brecha en la cabeza—; casi puedo verlo saliendo de su consulta, diciendo “nos
vamos” y dejando todo atrás, actuando rápido pero seguro, incluso estando fuera
de su zona de confort.
Recuerdo a una compañera, médica
de familia, acudir a su consulta. Él era
el médico de otros médicos, confiaban en él aunque no había grandes diferencias
en el trato impecable que daba a cualquier otro paciente; o precisamente por eso…
A mitad del rotatorio ya no podía
mirarlo sin sentir una tremenda admiración y respeto. Tenía
remordimientos por haber pensado que no sería lo suficientemente bueno para mí;
como ya he comentado, soy idiota.
Y hubo muchos más pacientes ese mes, pero hay un recuerdo que supera a los demás, el que lo cambió todo.
Un día fui a casa de un
matrimonio de ancianos para hacer una historia clínica. Era un trabajo propuesto para terminar las
prácticas. Debía acudir yo sola. Con mi
fonendo y mi libreta en la mochila, como si aquel fuera ya mi primer maletín.
La pareja me recibió en su casa porque iba de parte de su médico, y allí
desarrollé la entrevista según lo esperado.
Fue sencillo, fue cómodo, fue gratificante. Inexplicablemente me sentí
muy capaz de hacer esas visitas el resto de mi vida.
Aproveché la ocasión para
preguntar a aquella pareja algo que no estaba en el guion: ¿cómo era tener a CCS
como médico? Contestaron que siempre estaba para ellos, que tenían una
confianza ciega en él, que nunca lo culparían si les pasaba algo, porque en su
fragilidad entendían que él cuidaría de ellos, siempre. Me dijeron que lo
querían, mucho. Lo dijeron honestamente, con los ojos desbordados de un cariño genuino.
Aquel matrimonio me desveló que
la medicina de familia es la única especialidad capaz de vincular con una
fuerza arrolladora a los médicos con sus pacientes. Era la especialidad más
bonita de todas. Y entonces me lo pregunté por primera vez: ¿quizá era para mi?
Cuando el mes terminó escribí una
reflexión que quise entregarle para agradecer todo lo que había desatado en mí.
La leyó y probablemente no fue consciente de las dudas que empezaban a generarme
un agradable hormigueo en la piel. Aún así, antes de despedirnos dijo:
—Ya sé que quieres ser
pediatra, y serás una pediatra excelente. Pero si
alguna vez albergas dudas, estoy seguro de que también serías una
extraordinaria médica de familia.
No creí que lo dijese sin
pensarlo, no acostumbra a hablar a la ligera. Él me mostraba su forma de
trabajar sin hacer propaganda de su especialidad, no quería convencerme de
nada. Hasta entonces no había hecho
mención a mi elección de la especialidad.
Fui yo misma quien confesó que quería ser pediatra, casi en defensa
propia cuando vi que las dudas empezaban a aflorar. Aquella frase suya puso en palabras lo
que yo llevaba días intuyendo, verbalizó un poderoso presagio que yo aún no
sabía gestionar. Sentí que su mensaje calaba
misteriosamente en mí, haciendo tambalear a mi inquieta vocación.
Más de un año después, en el Ministerio, subí al estrado para elegir mi especialidad. Me acordé de muchas cosas; también de CCS, su consulta y sus pacientes… Convencida de lo que estaba haciendo, estando frente a aquella plaza de pediatría, elegí.
No quise ser como él -aunque le admiro
profundamente-. Pero por su culpa me enamoré de la Medicina de Familia que me presentó, la elegí porque quise dedicarle mi vida y practicarla a mi manera y, esta vez, no me equivoqué.
Si has leído todo esto —y tengo la
certeza de que lo has hecho, amigo mío—, siento no habertelo contado mucho antes; como sabes, soy idiota. Quiero
que sepas que, de alguna forma, me cambiaste la vida, y siempre te estaré
agradecida. Me volvería a equivocar de tutor una y mil veces para encontrarte.
Me encantaría convertirme en esa médica de familia de la que puedas estar
orgulloso.
Gracias por todo, Car.. digo CCS.

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