No me gustan las despedidas, la última llamada, la última consulta, la última visita. Hoy es nuestro último día juntos.
Al terminar recojo mis cosas en
una caja que, estando medio llena, no puede soportar el peso de todo lo que me
llevo de aquí. La coloco en el maletero
del coche junto a mis maletines y vuelvo al consultorio para bajar las
persianas, apagar las luces y cerrar las puertas una última vez, mientras
recuerdo lo que he vivido aquí dentro este último año y medio.
Dentro del consultorio oscuro y
cerrado, no entiendo por qué, de repente estoy llorando. Las lágrimas me hacen ver borroso todo el
camino de regreso.
Pienso en la paciencia que ha
tenido este pueblo conmigo al frente de su consulta. Han adaptado su ritmo a mi
nuevo plan de cita previa, para dejar de trabajar sobre la marcha y programar
una marcha de trabajo. Han abastecido mi
consulta de electrocardiograma y al pueblo de desfibrilador. Hemos dejado de
pasar tanto miedo ante el dolor que oprime el pecho del paciente… y el del
médico.
Juntos hemos sobrellevado el
cierre de la farmacia, los retrasos de nuestro hospital, los brotes de gripe, las mudanzas
que se llevan a nuestra gente pero traen nuevos vecinos. Hemos vivido el ocaso de pacientes muy queridos que hoy ya no están; sus nombres han quedado grabados en las losas, y en mi recuerdo.
Después de tanto tiempo podrán
decir que me conocen un poco. Saben que soy aficionada a la ciencia pero que a veces no responde a todas mis incógnitas. Saben que si me preguntan por la salud de un
vecino soy una tumba, pero que escucho siempre todo lo que tengan que decirme.
Saben que no siempre doy
respuestas inmediatas. Me valgo del tiempo y la reflexión para diagnosticar y
tratar con seguridad. Pero también saben que, cuando tengo una convicción o un
presentimiento, no desisto. Saben que el
orden es para mi una necesidad en el trabajo, pero cuando la urgencia rompe
mi equilibrio consigo priorizar y actuar con rapidez.
Saben que, aunque lo intento, no
siempre acierto, no siempre encuentro la mejor solución, y si en algo me equivoqué
o no estuve a la altura, espero que me perdonen.
Espero que sepan que durante este
tiempo me he dedicado a conocer, acompañar y cuidar de las personas que me han
necesitado, y eso me ha conducido inevitablemente a apreciar, incluso a querer a muchos de mis
pacientes. Algunos de sus nombres,
vistos en la agenda de mi consulta, despiertan esa ternura que sólo una médica
de familia conoce.
Han sido muchos los que
han venido estos últimos días a consulta para despedirse, traer un detalle o
simplemente tener una última conversación.
En muchos casos, la emoción se ha apoderado de la consulta y ha culminado
en un abrazo, y el final del abrazo, en lágrimas suyas… y también mías.
Trabajando aquí he consolidado mi apuesta
por la medicina rural, aquí he disfrutado de mi trabajo como médica de familia,
aquí he sido feliz.
Gracias por todo, pacientes,
pueblo, equipo: gracias.
Lo siento, de verdad: no me gustan las despedidas porque no me gusta marcharme. Pero me voy al lugar que será, por fin, la plaza en propiedad que perseguía, vuelvo a los pueblos que me dieron la bienvenida a esta comarca hace tres años, vuelvo al que fue mi primer destino en medicina rural.
Esta tierra me ha atrapado y no me puedo ir muy lejos. Sabed que soy de esas personas que no olvidan el camino de regreso.