Hay una pregunta que aparece con cierta frecuencia en mi consulta. A veces surge al comienzo de la primera visita con un paciente nuevo; otras, cuando alguno de los habituales se atreve a formularla con la confianza que dan los años.
— “Doctora, ¿usted nunca lleva
bata?”
Suelo sonreír y responder:
— “No, soy médica de paisano”.
La verdad es que tengo varias
batas que descansan colgadas en el armario desde hace unos años.
Mi primera bata la compré cuando
estudiaba la carrera de medicina. La quería como uniforme para las prácticas,
porque esa había sido la indumentaria de tantos médicos antes que yo. Creía que
el primer paso para convertirse en médico era parecerlo. Cuando me la ponía, me
sentía diferente; no me la quería quitar.
Las batas siguientes son algo
distintas, pues llevan impreso el nombre de la empresa que me formó como médica
de familia y me dio mis primeros y precarios contratos laborales. El membrete
de “SALUD”, impreso sobre el corazón, recordará a cualquiera que me vea
ataviada con ella que soy médica del sistema público de salud. Esas batas me
han acompañado en duros ratos de guardias y consultas, aunque yo prefería
vestir en pijama blanco. Ya me sentía profesional, extenuada y sobrecargada por
mi trabajo. Las batas terminaron convirtiéndose casi en las “chaquetas del
curro”, porque los pijamas blancos eran el uniforme más cómodo e informal que
me permitía sobrevivir mejor a las largas jornadas y, además, conservar algo de
humor mientras decía que iba al trabajo en pijama.
Aquella etapa pasó. Desde hace
unos años, no utilizo ningún tipo de uniforme en mi consulta; mi ropa no me
distingue de cualquiera de mis pacientes.
Trabajo como médica de familia en
tres pequeños consultorios rurales, que solo exigen una indumentaria cómoda que
me permita protegerme del frío y del calor, conducir de forma segura e incluso
echar una carrera si fuera necesario. Soy la médica a la que tres pueblos
enteros reconocen dentro y fuera de la consulta. Reconocen mi coche, mi
maletín, mi forma de caminar, mi voz al otro lado del teléfono y mi silueta
desde lejos. A veces soy “la doctora”, otras “la médica”, incluso “la metge”;
pero siempre soy “María”.
En medio de estos parajes,
arropada por las personas a las que cuido, deshaciéndome de las viejas
costumbres, mi bata dejó de parecerme útil o necesaria.
Pero debo reconocer que la bata
blanca es uno de los símbolos más reconocibles de la medicina. Ha representado
durante décadas el conocimiento, la ciencia y el prestigio de una profesión
admirable. Sigue protegiendo, identificando y siendo de utilidad en muchas
consultas.
Hay uniformes que otorgan prestigio,
credibilidad y autoridad, aunque sean inmerecidos. Hay símbolos que acercan
y otros que, sin pretenderlo, ponen unos centímetros de distancia. La
bata genera expectativas inevitablemente, y yo quería evitarlas a toda
costa. Pero no escribo estas líneas contra la bata: las escribo a favor de lo
que me ocurre cuando desaparece.
Entro en mis consultorios de
paisano. Me presento ante los pocos que aún no me conocen, me muevo con soltura
dentro y fuera de la consulta y me siento cerca de la gente. Con bata o sin
ella, gano o pierdo su confianza y su respeto día a día en mi consulta: me
otorgan cierta autoridad por lo que han visto que puedo hacer por ellos, pero
cuando me miren no verán a una doctora con bata blanca; verán a una persona que
es su médica.
Las batas que descansan en mi
armario podrían contarles, resignadas, que la medicina rural no se viste: se
lleva por dentro.
Imagen creada con IA (ChatGPT) a partir de viñeta original.
Tribuna publicada en el periódico "La Comarca" con fecha 24/07/2026 disponible para su lectura en:
