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martes, 27 de febrero de 2024

27/02/2024: La desaparición de la mesa de mi consulta.

Cuando cualquiera se imagina una consulta de una médica creo que ubica ciertas cosas siempre en la misma disposición.  Venga, imagina una consulta.  No sé si estarás viendo por allí un fonendoscopio, no sé si la camilla está a la derecha o a la izquierda, no sé dónde has colocado los libros que siempre tenemos para consultar ni dónde metiste la impresora.  Pero lo que sí sé es que has colocado una mesa y la has puesto bien centrada posiblemente, a un lado has colocado al médico en su silla, frente al ordenador y en el otro lado has puesto una silla para el paciente o te has sentado tú.  

La silla es más importante que el fonendoscopio tanto para ti como para mi, sentarse a hablar y a escuchar es la parte que nos corresponde a ti y a mi en casi cualquier consulta.  La mesa, sin embargo... Sirve de apoyo a ese ordenador que tanto nos absorbe exigiendo registrar todo lo que hacemos, sirve para marcar una distancia algunas veces necesaria, nos ubica en la consulta.  Pero a veces, cuando el vínculo ha ganado fuerza, la mesa nos separa impertinente.  Por eso hay quien la coloca a un lado en su consulta, o incluso tras de sí, porque cuando tú y yo hablamos de verdad, no necesitamos la mesa. 

Tanto es así que estos días, en varias consultas, la he perdido, ha desaparecido.  Cuando entra un paciente a decirme que está pasando el duelo por un familiar agradecido por mi humilde acompañamiento en sus últimos días... no hay mesa, yo me levanto y me acerco para hablar de un tema que rebosa cercanía.  Cuando un niño pequeño viene temblando, pensando en que la médico tiene el poder de molestarle mucho en su exploración, la mesa se aparta para que yo pueda jugar unos minutos con ese pequeñín que manosea el otoscopio y el fonendoscopio ahora ya inofensivos.  Esa vez que un paciente con cáncer, uno de esos luchadores y echados para adelante, me confesó casi en un susurro que tenía miedo real de lo que pudiera pasarle, la mesa se desdibujó y nos dejó acercarnos más para escuchar en un sollozo la verdad de su enfermedad que ningún informe reflejaba.  Ese rato en el que hubo que charlar largo y tendido con un joven que corrió más riesgos de los habituales y ahora sólo encuentra remordimiento y culpa, tuve que acercarme para que dejase de sentirse lejos de todos.  Ese día que vino el señor que supera la noventena pero aún arregla tractores en su campo, a decir que no se encontraba bien, salté la mesa y todo se tornó en urgencia.

Ahora que tengo mucho más tiempo de consulta por paciente y que pongo mucha más atención y esmero en las entrevistas, me desaparece la mesa con mucha más frecuencia.  Las consultas empiezan conmigo tras ella, pero algunas veces no sé que ocurre que sólo vuelvo a sentarme frente a mi mesa cuando el paciente ya se ha ido.  Creo, que perder de vista la mesa a veces, en el caso de los médicos, no es un marcador de que seamos unos despistados.  Creo que indica que, cuando es necesario y nos lo permiten, rebasamos las barreras para acercarnos a la persona que tenemos delante, le ofrecemos escucha sincera, contacto y cercanía.  Los médicos de familia, somos, o deberíamos ser, médicos que sortean la mesa se acercan a sus pacientes con frecuencia.  Los médicos de familia no podemos ser estáticos; el dinamismo de la consulta y de nuestra relación con los pacientes exigen que nos levantemos y contactemos con los pacientes.  Perder la mesa significa acabar la consulta en una posición diferente a donde la empezamos, como escenificando la disposición de acompañar a nuestros pacientes que nos caracteriza.  Somos médicos que se levantan, se mueven y a veces pierden la mesa.



martes, 20 de febrero de 2024

20/02/2024: Medicina de familia, una especialidad mortal

Ayer falleció uno de mis pacientes.  Desde entonces ando pensando en que desde que empecé mi especialidad la muerte ha estado necesariamente presente.  Supongo que es porque todos mis pacientes se van a morir, en mi especialidad nunca daré a nadie el alta médica, no dejaré de acompañar a mis pacientes nunca, y eso implica estar a su lado en el final de sus vidas.  Aunque pudiera empezar a parecer que hablo de lo mucho que me gustan los cuidados paliativos, que son inherentes a mi profesión aunque muchos otros colegas también los desempeñan; estoy hablando de cualquier tipo de muerte, la que se prepara acompañado y la que ocurre en soledad, la que se anticipa y la que sorprende, la de casa y la del hospital, la del que tuvo suficiente y la del que deja la terrible sensación de terminar antes de tiempo.

Ayer fui a verle por última vez, ya no me veía ni creo que me oyese, lo exploré y me despedí, le dije a la familia que era incierto el tiempo que tardaría en marcharse, quizá horas, quizá días.  Murió al rato, tumbado en su cama después de más de 90 años en pie, en casa de su hijo donde se encontraba a gusto y protegido.  Murió tranquilo habiendo dicho previamente que ya valía de tanto vivir, acababa de ver a su familia cuidar de él, pero en ese momento estaba solo en la habitación o quizá estaba allí su Dios, yo no lo sé.  Murió de noche, en silencio, hubiera hecho dudar si se dormía o dejaba de respirar, porque su muerte fue el final de paz y quietud que yo le deseaba.

Ayer falleció mi paciente y me ha hecho pensar en las veces que he encontrado a la muerte en sitios y condiciones espantosas, y las que he tenido el privilegio de acompañar y que me construyen como médica de familia.

Hace 3 años falleció otro paciente.  Él estaba solo en su casa cenando y notó ese dolor bajo los botones de la camisa que ya le había dejado heridas en el corazón.  Llamó a los servicios de emergencias sabiendo que era muy grave y se dispuso a abrir la puerta en cuanto escuchó la sirena de la ambulancia en su calle, la ambulancia en la que yo llegaba.  Subimos a todo correr 4 pisos de escaleras, pero al tocar la puerta nadie abría.  Sólo el silencio respondía al timbre una y otra vez.  Y uno de nosotros, movido por la emergencia y la gravedad de lo que pasaba, mentiré y diré que empujó la puerta que se abrió, para que no se identifique un epígrafe del código penal en lo que de verdad ocurrió.   

La puerta se abrió golpeando algo tras ella, golpeándole a él, a ella, la muerte inerte en el suelo boca abajo.  Antes de morir había llamado a una familiar que estaba en camino asustada y que al llegar, en medio de las maniobras de resucitación, me encontró comprimiendo el pecho de su padre.  Las maniobras de reanimación fueron inútiles, la intubación, el monitor desfibrilador, la vía y la medicación no consiguieron revertir aquel desastre, y murió después de mucho rato intentando traerlo de vuelta entre los cinco, con una hija que callada contenía el dolor que después se convertiría en el grito más desgarrador que haya escuchado.  Esa noche volví a mi casa deshecha, no cené, apenas dormí, solo recé y lloré, como procedía.

Ahora sé que la muerte no tiene solo 1000 caras, tiene todos los rostros posibles.  Soy médica de familia y contactaré con ella con frecuencia, me prepararé para evitarla cuando sobreviene inexplicablemente y también para acompañarla cuando avisa y da sus motivos.  Por más que me prepare, reconozco que siempre me impresiona certificarla.  Confirmar que esa persona dejó de vivir y ahora ofrece frío en la piel y silencio absoluto en la auscultación, una línea plana en el electro, ausencia de movimiento en los ojos, son ojos que no miran ya, solo piden estar cerrados... Soy médica de familia y también yo siento el duelo cuando despido a un paciente, mi especialidad también acompaña de luto a la familia, mi especialidad también llora a veces, mi especialidad es mortal (del latín, que está sujeta a la muerte) pero es preciosa.



viernes, 2 de febrero de 2024

01/02/2024: Un jueves rural

Después de un par de semanas de medicina en el mundo rural creo poder decir que estoy cambiando el chip.  Aquí todo es distinto respecto a mi anterior trabajo en el medio urbano, diferente, ni mejor ni peor.  En mi momento vital actual me encuentro a gusto donde estoy, eso es lo verdaderamente relevante. 

Hoy es jueves, me dirijo en coche al pueblo más chiquitín de los tres que, junto con enfermería, tenemos a cargo.  Aparco bien pegada a sus paredes de piedra, cojo del maletero el maletín, el ordenador y la mochila, camino pocos metros para pasar bajo el arco que guarda la entrada al consultorio.   Me reciben decenas de macetas adornando la puerta y su cartel que anuncia que la consulta conmigo es hoy a primera hora.  Encuentro la llave en el manojo que custodio y la puerta abierta deja paso a unas escaleritas.  El consultorio es una bodega bajo la piedra, un espacio íntimo donde únicamente me acompaña el quemador de la estufa con su sonido, la mesa, la camilla y las sillas.  Aquí no hay cobertura, no hay línea de teléfono y no hay nadie, no hay pacientes todavía.  Ya vendrán, sé que por las ventanas me han visto llegar.  No tardaré en conocer a toda la población, pocos faltarán por acercarse a saludar.  

Después de un par de visitas es momento de recoger los bultos y marchar al coche.  Otro consultorio a menos de 10 km de carretera serpenteante entre los montes me espera.  "¡Bon día doctora!" dicen varias voces mientras mis tres maletas y yo aparcamos y abrimos las puertas, "¡Bon día!" digo mientras pienso que me gustaría aprender el idioma local.  

El sistema de cita es una fila india en la salita de espera, ellos gestionan el triaje en caso de urgencia "pasa tú que te corre más prisa" "que pase este que no tiene buena cara".  Saben que el ordenador va lento a veces, saben que ante la urgencia debo salir pitando, "ya vendremos otro día" es la mejor estrategia de gestión de la demanda.   

Hoy me han consultado toses, dolores de rodilla, cambios en la piel, tristeza porque falta un ser querido, fallos de memoria que preocupan, heridas que tardan en cerrar, una tensión arterial que se niega a bajar, molestias que han ido a mejor, ganas de volver a trabajar, análisis que son para enmarcar y otros que hay que repetir, recetas que hay que renovar con mucho cuidado...  Hoy he escuchado pulmones de 2 años y de 97.  No he curado a nadie, yo no soy tan importante aquí como creen, he cuidado no hacerles daño ante todo y a alguno lo he ayudado a mejorarse, que no es poco.

No he experimentado aún la falta tiempo en consulta, poco a poco me voy acostumbrando a decir y hacer lo que antes daba por imposible con las prisas constantes.  De momento invierto el tiempo en escuchar mucho a la gente y observar mucho el entorno, y me alivia poder hacerlo sin remordimientos.  

Soy una médica sin bata, aquí aprecio más los jerseys o el forro polar.  Soy una médica de coche y maletín, me cuesta poco decir "dentro de un rato paso a verle", "mañana iré por casa", la atención domiciliaria siempre me ha gustado y ahora tengo el tiempo que requiere.  Soy una médica para largo, he venido para quedarme tiempo, para disfrutar de la longitudinalidad.  Soy una médica rural, estoy mucho tiempo en ruta, estoy para menos gente, pero estoy para más cosas.  Soy una médica de familia feliz con su trabajo, no estoy segura de haber llegado para sanar a mis pacientes o para que sean ellos quienes me hagan sanar.



martes, 30 de enero de 2024

30/01/2024: La médica del diablo

Hoy vengo a presentaros a un paciente.  Para respetar su privacidad no lo dibujaré tal como es, no hablaré de él por su nombre ni os contaré toda la verdad porque aquí todo el mundo lo conoce.  

El primer día que llegué a pasar consulta donde él vive, tres de sus médicos anteriores me habían hablado ya de él, "ten cuidado", "es problemático", "no discutas".  Ese mismo día me llamó mi jefe para advertirme "si va, no lo veas tú sola, ten cuidado".  No os voy a engañar, tenia miedo, estaba sola, estaba asustada, el diablo al que todos tememos podía venir a verme en cualquier momento.  

Los médicos a veces tenemos miedo, miedo de no hacer las cosas bien, de la incertidumbre que nos rodea, de lo que nuestro cansancio puede hacernos y a veces, de nuestros pacientes.  No os voy a engañar, tenía mucho miedo cuando la primera llamada que recibí en ese primer día, marcaba el número del diablo en el teléfono.

Descolgué y empezó a hablar en tono bronco sin dejar apenas que me presentase.  Habló de malas experiencias con el sistema sanitario, de molestias y dolores que lo acompañan desde hace años y nadie ha podido mitigar, siguió contándome cómo la vida le ha resultado difícil de sobrellevar a él y a quienes se le han acercado, reconoció que se agarra a medicaciones peligrosas que acallan el dolor físico y mental, me confesó que hace años que no sale de su casa y que la soledad es su obligada zona de confort.  Hablaba cada vez más despacio, mientras yo simplemente hacía afirmaciones que le permitiesen saber que seguía escuchándole.  Casi exhausto tras el discurso, me permitió hacerle una pregunta: "¿quieres que me acerque para que hablemos en persona?", me dijo que a los diablos nadie los visita y que su casa, en consecuencia, no estaba presentable, pero quería conocerme.  

Resultó que el diablo estaba también solo y asustado, su fachada y su reputación responden a sufrimiento propio y ajeno de muchos años de evolución, un sufrimiento que ha ido moldeando la leyenda que hoy tenemos en consulta.  Todos hemos alimentado al monstruo a base de fármacos sedantes, dándole al diablo lo que aparentemente pedía, pactando con él un periodo de calma para todos.  

Hoy ha salido de casa y ha venido a verme al consultorio.  Él hizo el esfuerzo de aparecer y estar tranquilo, yo me esforcé por transmitir calma y comprensión.  Por el momento no confiamos mucho el uno en el otro, pero ambos intentamos conocernos mejor para poder hacerlo. Él es tal reto para mí como yo lo soy para él.  Resulta que soy la médica de este diablo, porque el diablo merece que alguien atienda su dolor tanto o más que el resto.

Estoy convencida de que en la gran mayoría de consultas tendréis un diablo, cuando no varios.  Es necesario hablar de ellos, porque siempre hay pacientes que nos ponen en riesgo, hay pacientes que entienden nuestra figura desde la confrontación, hay gente que sufre y hace sufrir porque no conoce otra manera de acercarse,  hay personas desesperadas que hacen desesperar.  Los sanitarios necesitamos prepararnos para afrontar esas consultas y necesitamos respaldo institucional para atenderlos en condiciones de seguridad, porque los diablos nos necesitan, mucho más de lo que desearíamos.  

Este es uno de mis grandes desafíos, conectar con la gente con la que parece más complicado, porque la profesión así lo exige, cuidar de quien ni siquiera pretende cuidarse o que le cuiden, estar cerca en lo posible del dolor que intenta destruir y aislar a la persona.  No va a ser fácil, no va a ser rápido, no estará exento de tropiezos, puede que no salga bien, pero tengo que intentarlo; soy la médica del diablo.

viernes, 12 de enero de 2024

12/01/2024: El maletín del médico

Ayer dediqué parte de la tarde a poner a punto mi herramienta de trabajo. Algunos lo llaman cabás, otros bolsa médica, y muchos maletín.  Es un complemento que sólo llevamos los médicos de familia y que nos identifica, porque nosotros salimos a la calle y a las casas cargando con él, porque cada médico configura el suyo para que le sea útil allá donde esté.  Y como no hay dos médicos iguales, tampoco los maletines deben serlo.  Es decir, tu maletín es tan único como tú. 

El mío es en realidad una mochila muy compartimentada, gris y azul, muy ligera, en apariencia muy corriente, pero en el fondo es especial porque me la regalaron los compañeros del centro de salud donde me convertí en médica de familia y siempre siempre siempre me acompañarán entre los bolsillos de mi maletín. 

En mi nuevo puesto de trabajo (en el medio rural) se hace aún más indispensable que lo lleve dentro y fuera de las consultas.  Me acompañará a los tres consultorios, a los domicilios y a las urgencias.

Es mi fiel escudero.  Yo sin él no podría desenvolverme igual de rápido, y él sin mí no sirve de mucho, de modo que tenemos que estar coordinados.  Sé que dentro debo llevar artilugios y herramientas que me ayuden a diagnosticar y tratar la mayor parte de las consultas, lo más ordenadamente posible, para encontrar las cosas rápido y reponer lo que falte de forma sencilla. 

Pero en el maletín no cabe todo, ni debe hacerlo, tenemos que equiparlo con lo más rentable.  Eso implica que hay algunas cosas que son tan indispensables que siempre van a estar dentro y otras que iré adaptando a la situación y al medio en el que me encuentre. Para configurarlo tengo una pequeña guía donde apunté tanto lo que uso con más frecuencia como lo que una urgencia grave me requeriría utilizar en la primera asistencia. Tengo claro que de nada sirve incluir medicaciones que no sabría utilizar, instrumentos que no puedo manejar en la mayoría de escenarios, materiales a los que apenas doy uso en consulta.

A mí me han servido los ejemplos de algunos compañeros que se desenvuelven bien en el medio rural, así que dejo aquí mi organización por si sirve de inspiración a algún novato como yo:

- Bolsillo de documentación: recetas, p10, hojas en blanco (para dibujar o apuntar cosas), sello, tinta, bolígrafos, subrayador, manual de emergencias en atención primaria (luego casi nunca lo miro, pero llevarlo me da una serenidad que la emergencia requiere).

- Estuche súper-imprescindible (cosas de uso diario que suelo sacar sobre la mesa de la consulta): fonendoscopio, pulsioxímetro, termómetro, martillo de reflejos, linterna, otoscopio.  Yo tengo también un pequeño otoscopio con cámara que me ayuda a compartir imágenes de otoscopia con compañeros y un kardia para hacer ecg de 6 derivaciones. 

- Estuche imprescindible (este no lo dejo sobre la mesa pero lo abro todos los días): glucómetro con tiras y lancetas, tensiómetro digital y manguito manual por si algo falla, pilas para no quedarme colgada.

- Estuche "pringoso" (lo llamó así porque dentro llevo todos los líquidos que "pringan"): lubricante, Betadine, suero fisiológico, pomada antibiótica, pomada antiinflamatoria, tiras de orina, test rápidos, guantes (muchos guantes), mascarillas.

- Estuche de fungibles (constantemente tengo que estar reponiéndolo, intento agrupar las cosas con gomitas pero reina el caos con frecuencia): vendas, gasas, apósitos, tiras de aproximación, gasa de hemostasia, gasa orillada, campos estériles, compresas, esparadrapo, guantes estériles, seda, nylon, hojas de bisturí, tijera, pinza, kit vía IV, kit vía SC, smach, agujas diferentes, jeringuillas de distintas capacidades, contenedor de punzantes, guedel.

- Ampulario (dentro van medicaciones IM, IV y VO) yo las ordeno alfabéticamente porque las encuentro antes.  

- Ampollas: adrenalina, amiodarona, atropina, akineton, Buscapina, cloracepato, dexametasona, Diazepam, diclofenaco, flumacenilo, furoaemida, haloperidol, konakion, levomepromacina, metamizol, metoclopramida, mepivacaína, midazolam, morfina, naloxona, polaramine, stesolid rectal, sulpirida, urbason. 

- Orales (llevo algunos extra porque en mi medio la accesibilidad a la farmacia es algo más complicada): Acetilsalicílico, captopril, dexametasona, Diazepam, diclofenaco, ebastina, furoaemida, Ibuprofeno, lorazepam, metamizol, Omeprazol, Paracetamol, prednisona.

Llevo también un mechero y algunos clips, un paquete de clínex, unos caramelos, un triturador de pastillas, un cargador de móvil, las llaves, un papel con teléfonos de interés de la zona, una chuleta que detalla lo que llevo dentro del maletín.  

Dejo siempre un bolsillo exterior vacío y ahí van los extras de ultima hora y los papeles de información confidencial del paciente que voy a ver.  Que me llaman de una laceración en el ojo, echo la fluoresceína, que me llaman de una herida, echo el kit de suturas, de una quemadura echo silvederma, a veces echo el dermatoscopio, oftalmoscopio... Que parece que me voy a pasar un buen ratito en el aviso, meto en ese bolsillo hasta el bocata del almuerzo.

Y si algo tiene mi maletín es que está abierto a cambios.  Me da seguridad llevar lo que he considerado importante pero soy consciente de que siempre falta alguna cosa que un día necesitas y que siempre llevamos algo que va a caducar sin usar.  Yo creo que el arte de tener un buen maletín es el de encontrar el equilibrio en su contenido, tener cierta seguridad con lo que llevamos y toda la humildad con lo que no podemos llevar.  Y es que hay veces que aunque metiéramos el hospital entero dentro del maletín no conseguiríamos solucionar los problemas, y otras veces que sin ni siquiera abrirlo seremos capaces de reconfortar a los pacientes.  

El maletín marca muchas veces los tiempos de la consulta.  Por eso siempre trato de escuchar antes de abrir el maletín y trato de hablar de todo lo necesario antes de cerrarlo.  

El maletín habla del carácter del médico.  Lo que llevas dentro revela lo que estás dispuesto a hacer por tus pacientes.  Importa que se vea limpio y ordenado en lo posible, importa que lo manejes con cierta soltura, y puede que sea importante hasta cómo lo lleves y dónde lo dejes.

Y ahora que ya he terminado de revisarlo me parece que no pesa mucho considerando la responsabilidad con la que carga,  la variedad de escenarios en los que me acompañará y todas las historias que ya lleva dentro.  ¿A ver si me olvidé de guardar algo? Os dejo, que voy a echarle un último vistazo. 

sábado, 6 de enero de 2024

07/01/2024: Empezar a volver y volver a empezar

Hace más de 8 meses que no escribo en mi diario, y es que Lucía nació para cambiarlo todo, cambiar mi vida, cambiarme a mi.  Mi hija es un tesoro que no merezco, ser su madre es la vocación más importante de mi vida, es maravilloso el vínculo indestructible que hay entre nosotras.

La maternidad es esa aventura de amor de la que todas hablan, sí, pero también tiene tintes de incertidumbre, inseguridad, alerta permanente, esfuerzo, agotamiento, lucha, desesperación...  Y de eso no hablamos tanto pero también nos acompaña.  Sobre todo, la maternidad trajo el cambio a mi mundo y mi vida hoy no sé parece en nada a la de hace un año.  Entonces percibía un vacío, un hueco que pedía a gritos llenarse y que sólo Lucía era capaz de ocupar.  Ahora ya no hay hueco, he dedicado estos meses por entero a cuidar y criar a Lucía que llena todos los minutos de mis días.  No hay hueco, pero sí quedaron algunas grietas en las que extraño algunas cosas que hace un año sí tenía, todo aquello que he aplazado por ser mamá.  Porque la maternidad implica también duelo silencioso por esas pérdidas o renuncias de tu vida anterior.

Y en este diario procede contar que extraño mi trabajo, echo de menos ser médica de familia.  Quizá porque me aportaba realización personal, reconocimiento social, sentimiento de pertenencia a un equipo y un colectivo.  Sobre todo era una forma de servicio a los demás con la que expresar mi agradecimiento a la vida, era mi ocupación mas allá de mi horario laboral, era mi pasión a la que había dedicado mi esfuerzo los últimos 12 años.  He echado mucho de menos la medicina de familia porque era parte importante de mi identidad.

Ahora es momento de recuperar todas las cosas que me hacen ser yo misma,  toca llenar las grietas, es hora de empezar a volver, entre otras cosas, a ser MFyC.  Quizá sea más bien volver a empezar porque he cambiado por completo el escenario desde la ciudad a los pueblos pequeños, seré parte de un nuevo equipo, descubriré nuevos pacientes, volverán las guardias ahora fuera del hospital, llegarán las horas de coche, la soledad de los consultorios, empezará una etapa de medicina rural.

Sospecho que me espera una medicina desconocida, pero no tengo miedo.  Empiezo una nueva aventura para la que me tengo que preparar y he decidido acompañarme de nuevo de mi diario.  Bienvenidos todos al Diario de una MFyC rural.

domingo, 9 de julio de 2023

09/07/2023: MFyC siendo paciente

Algo que te ocurre sin que te des cuenta cuando  eres médica y estás embarazada es que eres también paciente.

Es raro, es difícil, no eres una paciente normal aunque vayas como yo, sin comentar tu profesión.

Siempre me ha parecido que anunciar que eres médica cuando te está atendiendo un compañero puede ser peligroso.  Lo pienso porque yo he sido también médica de medicas.  A veces se tiende a no actuar como lo haces normalmente, a ir a otro ritmo, a pedir cosas que quizá no pedirías, utilizar vías que quizá no utilizarías, dar la información de una forma distinta quizá porque das por hecho conocimientos que se tienen por ser sanitario... Te sientes un poco más vigilada, quieres causar buena impresión y cometes el error de no ser la médica que siempre eres, y eso te puede llevar a cometer otros errores.

Por eso intento no decir en qué trabajo hasta que no tengo una mínima confianza con la persona que me atiende.  Esta vez, en las consultas de tocología (donde te sigue el embarazo el ginecólogo), no he tenido oportunidad de apenas comentarlo.  

He conocido a 8 médicos diferentes en mis 9 consultas de seguimiento, una más el día del parto, a 2 ecografistas, y pido perdón por no recordar siquiera el número de enfermeras que me habrán atendido.   Siento vergüenza al escribir esto.  Pertenezco a un sistema sanitario incapaz de ofrecer la longitudinalidad en la asistencia, ya ni en un solo proceso de salud autolimitado como son 9 meses de embarazo.

Bajo la sentencia "servicio jerarquizado" muere la longitudinalidad sin que a nadie le importe.  Se ofrecen a cambio consultas rápidas, biomédicas, eficientes en tiempo y recursos si miras desde fuera.  Pero desde dentro... no me he sentido acompañada, no era el lugar donde plantear mis dudas y mis miedos, he ido a consulta con los nervios propios de quien se presenta a un examen, deseando que peso y tensión saliesen bien y que al menos me dieran un feedback positivo sobre el curso del embarazo y el estado de mi hija.  

Los médicos que me atendieron siguieron todas las recomendaciones que dan las guías para controlar el embarazo, fueron puntuales y rápidos (ninguna de mis consultas duró más de 15 minutos, salvo las ecografías regladas), no cabe la queja.  Pero la mayoría de esos médicos no se presentó al empezar la consulta así que no supe a quien dirigirme, no me llamaron por mi nombre, una vez no dejaron que me acompañase mi pareja en la consulta, hasta en tres ocasiones no pude ver la ecografía que me estaban realizando (yo iba con la ilusión de ver de nuevo la carita y las manitas de mi pequeña moviéndose, aunque sólo fuera un segundo).   Ninguno de los médicos que me atendió conoció finalmente a mi hija... Entiendo que su objetivo es que la gestación y el parto concluyan de la mejor manera y ya está, pero el objetivo de sus pacientes no es otro que conocer por fin al bebé por el que se han sometido a todo ese proceso, por el que han ido preocupadas a todas las consultas, al que ansiaban ver en la ecografía.  Cuando por fin nace, quieres presentársela a quienes te han acompañado en el embarazo y normalmente están deseando conocerla.

Yo normalizaba este sistema porque pensaba que no había mucho más que hacer con lo que tenemos y que mientras se cumplieran los objetivos biomédicos íbamos tirando. Pero mi experiencia más reveladora fue una consulta del tercer trimestre. 

Salí de casa con mi pareja para asistir a lo que se suponía que era una última revisión y toma de cultivo.   En el centro médico me atendieron casi a mi hora y todo fue médicamente estupendo: me pesaron, me midieron tensión, me tomaron 2 cultivos, me hicieron ecografía y me dieron cita de resultados e indicaciones a seguir y la consulta duró unos 10 minutos, así que fue súper eficiente de nuevo.  Pero también fue la primera vez que me sentí vulnerable en una consulta, donde se supone que soy fuerte.   

De nuevo la doctora no se presentó y empezó a darme comandos que fui siguiendo, uno tras otro: "deja ahí tus cosas, pasa al peso, has perdido muy bien, siéntate ahí, súbete la manga a ver tensión, bien, pasa detrás de la cortina, quítate toda la parte de abajo, sube a la camilla, sube las piernas, muévete hacia abajo, cojo cultivo, súbete la camiseta que miramos la eco, está bien vale, limpiate con esto, bajate ya y vístete".  Una vez cumplidas las órdenes me quedé detrás de la cortinilla sola con mi tripón.  Nadie me ayudó a levantarme, me vestí haciendo equilibrios y mientras tanto la gine dijo algunas cosas más al otro lado de la cortina que solo mi marido escuchó bien y entendió.  Le contó cómo tomar el hierro y cuándo y cómo pedir la próxima cita. 

Salimos, él con papeles en la mano y yo con las zapatillas aún sin atar y aturdida.  Tuve que preguntarle qué había pasado y si todo estaba bien.  Intentando seguir el ritmo de las indicaciones no había sido consciente de nada. Me sentí frágil y un poco sola.  Sentirse así después de una consulta cuando eres médica, no es fácil de digerir... sentirse así seas quien seas no es admisible, nunca.

Entonces me di cuenta de que en mi embarazo hubo alguien que sí me acompañó en consulta y en clases de preparación al parto.  La matrona de mi centro de salud, mi matrona, se llama Ce y es extraordinaria.  Ce cumple también los protocolos de seguimiento en el embarazo.  Ella también me pesa, me mira tensión y me explora pero le cuesta un poco más de tiempo, habla menos, escucha más.  Ce no se presenta cuando llego porque ya nos conocemos, porque cuando entro en su consulta siempre encuentro a la misma persona y ella conoce cosas de mi que no salen en el ordenador, sabe que las citas me vienen mejor al principio o al final de la mañana, sabe que me preocupa un poco mi futuro laboral, sabe qué nombre quiero ponerle a mi hija.

Ce me informa de temas que envuelven tanto al embarazo como a la maternidad, me aconseja en cosas que no están en las guías pero que conviene saber, y lo hace siempre desde el respeto.  Antes de despedirse siempre me pregunta si tengo alguna duda, si necesito algo más.  

Tengo la sensación de que la conozco un poco, ella nos conoce, a mí, a mi pareja y ahora a mi hija, confiamos en ella.

Ser paciente, sentarme al otro lado de la mesa, subirme a la camilla, pasar por el quirófano me ha hecho conocer las distintas formas de ofrecer acompañamiento en los procesos de salud y enfermedad.  Apostar por la longitudinalidad es rentable, tanto para mejorar la experiencia de los pacientes (por eso te he contado la mía), como en términos absolutos de salud (hay ya estudios que demuestran que tener el mismo médico de familia más de 15 años reduce la mortalidad de la población un 30% ¿fuerte no?).

He visto clarísimo el contraste entre la asistencia longitudinal y la "parcheada" en mi propia piel. Tengo claro cómo debe ser, como debemos favorecer que sea y como quiero proporcionarla yo.

lunes, 3 de julio de 2023

03/07/2023: MFyC pensando en el futuro

Dejé de trabajar a los 6 meses de embarazo, después de una semana en la que hice un domicilio a un 4° piso sin ascensor arrastrando el maletín y los restos que quedaban de mí después de esas mañanas de más de 40 pacientes que prefieres olvidar.  Aún así, hubiera preferido seguir trabajando unas semanas más, pero necesitaba un poquito de adaptación de las condiciones del puesto (para no morir ahogada y agotada) y eso, en aquel momento, no era posible según el personal de riesgos laborales, no era necesario según mis jefas. 

Así que interrumpí mi vida laboral con la sensación de que a los sanitarios que estamos trabajando por encima de nuestras posibilidades nos cuidan más bien poco y tenemos apenas respaldo de nuestros superiores cuando más lo necesitamos.   

Ya en casa, sentada con las piernas en alto y el ánimo por los suelos, el leit motif de mi reflexión fue: "La atención primaria está agonizando, se hunde, intento ayudarla pero a nadie parezco importarle, me hundo... Necesito un plan B, un bote salvavidas que nos mantenga a flote a mi hija y a mi".

Pensé en varios planes de supervivencia: preparar la oposición (a todo el mundo parece tranquilizarle la estabilidad laboral aunque sea en el Titanic), la medicina privada (tendría mejores condiciones pero la universalidad de la asistencia naufragaría), la medicina penitenciaria (¿se supone que estoy huyendo de un barco que se hunde para subirme a una balsa a la deriva?...).  Pero quizá la que más esperanza me daba era pensar en repetir el examen MIR, hacer otra especialidad, cambiar de barco, algo que siempre dije que no haría.  

Tengo presente que si me vuelvo a presentar será para elegir, ya no con el corazón como la primera vez, sino con la cabeza.  Elegiría una especialidad que no se hunda o que lo haga mucho más despacio, que tenga un contacto con el paciente más limitado, que sea menos amplia, más abarcable, más cómoda, más respetada, que no desgaste tanto, con el respaldo de un hospital, con buena perspectiva laboral tras la residencia.  Una especialidad que aunque no me haga igual de feliz que lo hace la medicina de familia, al menos me deje sobrevivir.  Decir todo esto en voz alta fue de las cosas más duras que me he escuchado.

Pero antes de llegar a eso, antes de huir hacia adelante, antes de renunciar a un sueño, quiero darle (darme) la última oportunidad.  La medicina rural podría ser mi lancha motora.  

Tengo la esperanza de que allí aún quede algo de la esencia de esta profesión, de que sea quizá el último reducto de la medicina familiar y comunitaria de la que me enamoré.   Tampoco será fácil, tendrá sus desafíos, pero tengo más ganas de enfrentarme a lo desconocido que de seguir pegándome contra una pared que ya conozco. Tendré que averiguar en un futuro si estoy a la altura, si la medicina rural cumple mis expectativas y yo cumplo las suyas.

Y con toda esta vorágine de opciones, sólo una cosa estaba clara, mi hija Lucía iba a llegar a mi vida y yo quería que estuviera orgullosa de mi.  Quería y quiero contarle que fui MIR MFyC, y que sigo enamorada de la medicina de familia, y que no me rindo.  Buscaré la manera de disfrutar de ser médica y mamá.  Decidiré cuando llegue el momento, encontraré mi sitio, lo prometo.

sábado, 1 de julio de 2023

01/07/2023: Nuevo trabajo

Querido diario:

Desde hace dos meses he cambiado de trabajo radicalmente.  Voy a intentar describirlo en pocas palabras para que quede claro que soy inmensamente feliz pero a la vez estoy tremendamente agotada.  Soy mamá, soy la mamá de Lucía.

Pensarás que no cabe en este blog, que no tiene nada que ver con el trabajo, que ser mamá es una cosa y ser médica es otra, que se puede ser mamá médica y ya está.  

Pues te equivocas, cuando te cambia la vida por completo tu profesión tiene que adaptarse a tu nueva vida (no al contrario).  Esto es lo que hemos llamado "conciliación".  Aunque cuando se pone sobre la mesa suena genial y parece que es la solución, por ejemplo, para mamás trabajadoras; en realidad es como los tapetes de ganchillo de antes, no sirven de mucho pero quedan bien.   Las medidas de conciliación necesitan una actualización que proteja y cuide a la trabajadora para que ella pueda hacer lo mismo con sus pacientes y también con los suyos.  La conciliación tiene que volverse un mantel impermeable vaya.

Supongo que empiezas a explicarte, querido diario, porqué hace meses que no me ves el pelo.  Porque ahora, y hasta dentro de muchos meses, ya no soy MFyC, soy "sólo" mamá.  

Te pondré al día poco a poco porque quiero detenerme en 3 cosas que han pasado.  La primera es que he estado embarazada y eso me hizo pensar en el futuro y tomar decisiones.  La segunda es que he parido a mi hija, he sido paciente en lugar de médica en un momento decisivo de mi vida y me he dado cuenta de algunas cosas.  La tercera es que he sido, soy y siempre seré la mamá de Lucía, y decido ponerla por encima de todo, también de mi trabajo.

Te contaré esto y luego dejaré de contarte cosas.  Porque todo lo que ahora me pasa tiene que ver con la experiencia de ser madre.  Así que ahora tengo otro diario, menos ilustrado, más íntimo.  Un diario que habla de mí pero también de nosotras, y de todo eso que da miedo decir cuando eres mamá y aún escribirlo cuesta.

Así que de momento te prometo 3 páginas más, querido diario, y luego iremos viendo.

jueves, 1 de diciembre de 2022

01/12/2022: Cuando todo estaba oscuro...

 Hola de nuevo querido Diario.  Sé que han pasado muchos meses sin hablarnos, que este silencio sólo podía significar que no tenía nada bueno que contarte, ni encontraba las palabras para explicarte lo malo.

Mi situación ha sido tremendamente compleja, igual que la situación de nuestra Atención Primaria.  Ser "médica de huecos" ha implicado contratos de una semana, dos días, uno incluso.  Cada día en un hueco distinto, cada día una aventura diferente.  

He dibujado la presión asistencial de mis contratos, creo que se entiende bien pero te lo voy a explicar.

He sido una "médica trapo" o "médica bayeta".  Esa con la que "limpian la consulta", con la que "achican agua".  Claro que lo que aquí se "limpia" son 40 o 50 pacientes en una mañana, pacientes que no conozco y tienen, con suerte, entre 5 y 10 minutos para presentarse, pacientes que merecen una atención de calidad que así no puedo darles.  

He sido esa "médica bayeta" que intentan escurrir, a ver si puede limpiar 4 o 5 pacientes más, y cuando los ha atendido, le dan esa última vuelta de apretón a ver si aún le queda algo que sacar: un domicilio urgente, pacientes de otros médicos que tienen que dejar su consulta vacía cuando no pueden estar, una emergencia, ese paciente que no puede esperar a mañana, ese paciente al que acaban de dar el alta del hospital, ese que se quedó sin medicación imprescindible...

Una "médica trapo" sale bastante barata, creo que es así porque entre ella y sus pacientes pagan buena parte del precio.  No hay que pagarle descansos a los que no tiene derecho, no hay que pensar en conciliación con la que no cuenta.  Se da poco valor a la seguridad del paciente, pero la prisa y la presión hacen más probable cometer errores que saldrían caros...  Se le da mucho valor a la inmediatez que no ha demostrado gran cosa, en absoluto se valora la longitudinalidad, que sí puede hacer que nuestros pacientes vivan más y mejor.  La accesibilidad es barata y desigual, porque romper la brecha digital y procurar que los pacientes más vulnerables pudieran llegar hasta mí tan fácilmente como cualquier joven con un smartphone... saldría caro.  Por eso han aumentado las consultas innecesarias y repetidas, baratijas en el fondo; pero apenas aumentamos el control de los crónicos y el seguimiento de la fragilidad, porque me obligan a dedicar el tiempo a lo primero a pesar de que el valor de mi profesión está en cuidar de los segundos.  

Podríamos hablar del precio de la atención comunitaria pero es que eso sale completamente gratis porque depende únicamente de la energía del profesional para afrontarla siempre fuera de su agenda.  Podríamos hablar del coste de la formación pero es que la tenemos de rebajas, se deja al esfuerzo personal y del equipo para encontrar el hueco donde meterla, cada vez tenemos menos tiempo para mantenernos actualizados.   Aún me faltaría por preguntar: ¿Cuánto nos cuesta formar a un MIR MFyC que aprende a fuerza de trabajar y tiene a su tutor ahogado en la consulta?  ¿Salen caras las jubilaciones anticipadas de los sanitarios que ya no aguantan más? ¿Y las bajas laborales de los profesionales que ya se nos han roto?

En el fondo, una "médica trapo" dura lo que dura si no la cuidas.  Pero dime si no es importante el mantenimiento de una consulta en la que falta el médico, asegurar que puede seguir funcionando con seguridad y con dignidad para los profesionales y los pacientes.  Es importantísimo, porque tenemos a muchas médicas jóvenes que se han cansado de ser utilizadas y se marchan, dejando tras de sí una frase para la televisión y los periódicos: "faltan médicos".  A priori parece incontestable, pero si miras bien, te das cuenta de que formamos a muchísimos profesionales en nuestras universidades y luego les damos formación MIR a casi todos, y la gran mayoría serán médicos de familia, buena parte estarán tremendamente bien preparados.  Pero se nos escapan, y "nos faltan médicos", porque no los cuidamos.  

Todo esto es lo que he ido descubriendo con mis contratos (no diremos "basura", diremos "bayeta"), he sido plenamente consciente del abandono de nuestra Atención Primaria a su suerte, incluso de los desprecios de nuestras propias autoridades.  No solo no dan valor a lo que hacemos, intentan quitárselo constantemente.  

Por eso todo estaba oscuro, y todo está oscuro.  Pero...

Aunque en los últimos meses nada ha cambiado fuera, continúa el abandono y el desprecio, pero algo ha cambiado en mi.  He conseguido un par de contratos algo más largos, dos semanas en el mismo hueco primero, un mes entero en la misma consulta ahora.  Tiempo suficiente para reencontrarme con la médica que quiero ser, para volver a sentirme médica de familia.  No ha sido mérito mío en absoluto, tampoco de mis jefes.  El color ha vuelto con quienes he sentido que ya casi eran "mis" pacientes,  ellos lo han traído.  Fueron sus sonrisas al verme en la consulta varios días seguidos, sus "gracias, a ver si te dejan aquí" al salir,  al conocer mi voz a través del teléfono "¿eres María?", al confiar en mi criterio, al reír juntas, al llorar frente a mi.  Hasta en los desencuentros con los pacientes difíciles encuentro sentido en lo que hago, hasta en el domicilio incómodo de las 4 de la tarde que te pilla con lo puesto, hasta en ese caso que te estudias en tu casa con un café o comentas con tus colegas porque estás perdida.   

El color ha vuelto a la consulta y a mi vida, ahora puedo volver a dibujar.  El color ha pintado mis mañanas este mes y le ha dado el valor que merece mi profesión.  No puedo volver a perderlo en contratos en blanco y negro.  No va a ser nada fácil, pero MFyCs que estéis leyendo esto, tenemos que repintar la Atención Primaria y no pueden quitarle el color a nuestra maravillosa especialidad.

domingo, 21 de agosto de 2022

21/08/2021: La compañía en la consulta

Aunque aún soy una JMFyC novel (no hace ni 3 meses que empecé a trabajar completamente autónoma), circunstancialmente tengo a alguien en la consulta que pretende aprender algo de mi.

Entre 2 y 3 días a la semana en la consulta está Alma, ella es una recién estrenada MIR MFyC.  Si la residencia en medicina fuera una carrera de relevos, ella sería la mía. Alma empieza ahora su MIR justo donde yo terminé el mío.   Empieza a conocer a sus pacientes, su trabajo, su especialidad, su centro, a sus compañeros… En este momento casi todo es nuevo para ella, este año va a aprender muchas cosas, teóricas pero sobre todo prácticas, y lo hará muy rápido.  Ella lo hará genial porque es despierta, curiosa y muy dispuesta.  El vértigo me entra cuando pienso en qué le puedo aportar yo, si aquí he sido la última en llegar.

La mayor parte del tiempo tengo la sensación de que yo estoy sobreviviendo a las consultas con toda la agilidad que puedo, y ella está a mi lado, escuchándonos al paciente y a mí, observándome mientras escribo, mientras exploro, vigilándolo todo, supongo que intentando sacar algo en claro de cada una de las 35-40 consultas diarias.   

Para mí es imposible prestarle toda la atención que debería.  Me esfuerzo en lo que puedo, le cuento brevemente lo que sé de los pacientes antes de que entren o antes de llamarlos, comento con ella algunas exploraciones, vemos juntas los resultados de las pruebas, le explico porqué tomo ciertas decisiones… Si tengo que hacer alguna técnica la programo para que las vea o incluso las haga ella. Se le da bien la cirugía menor y las infiltraciones.  Incluso, cuando milagrosamente sobra un ratito de nuestro tiempo, intento hablar de otras cosas que no suenen a medicina, intento que si vamos a sentarnos pegaditas, al menos nos sintamos cerca.

Ahora que estoy con Alma, entiendo la responsabilidad que tienen los médicos que son tan valientes como para ser tutores. La exigencia de tener al lado a una futura MFyC es muy alta, la consulta se convierte en un compromiso doble: el que siempre contraemos con los pacientes, y el que implica ser, en cierta medida, ejemplo para una compañera.  Para mi consuelo, la utilidad de la consulta también se duplica: procuro que sea útil siempre para el paciente, ahora también intento que Alma encuentre en mi ejercicio algo que le sea útil para el suyo.  

Sé que todo esto no puede implicar la hipocresía de actuar de distinta manera en la consulta cuando hay alguien que te observa y cuando estás tú sola.  Sé que igual que yo supe discernir los puntos fuertes y las debilidades de quienes me enseñaron mi profesión, ella sabrá encontrar los míos.  Sé que, al igual que los valientes tutores, no dispondré de tiempo específico de docencia, más allá de esos minutos que puedo arañar en la consulta. 

No tengo claro si sabré encontrar las respuestas a las preguntas que seguro le surgen a Alma a diario viéndome trabajar a toda prisa; y me pregunto al verla muchos días si, en el futuro, podría ser tutora de alguien como ella.















Dedicado a Alma e Isa, deseándoles lo mejor en el MIR MFyC que acaban de comenzar.

jueves, 4 de agosto de 2022

04/08/2022: Dibujos en consulta

Hace un tiempo una amiga me preguntó: "Oye María, ¿tú dibujas en la consulta?".  La pregunta me sorprendió y me hizo pensar.  Yo dibujo todos los días en la consulta, pero es por necesidad.  Es que yo hay cosas que ya no sé explicarlas sin un dibujo, es que sin un bolígrafo o un lápiz yo no soy médica, es que no me hago entender con palabras tan bien como con mis garabatos.

Pero además sé que todos los sanitarios dibujan en consulta alguna vez, aunque ninguno lo confiesa.  Debe ser nuestro secreto, somos los artistas de la salud.  

Quien más, quien menos, ha dibujado delante de sus pacientes para explicarles algo.  Habréis dibujado ese cilindro que quiso ser arteria y esa maraña en su interior que la llenaba de colesterol hasta que ¡pum! surgía el dibujo del infarto.  Todos hemos hecho ese amago de fractura desplazada que asusta más que explica, donde un hueso podría llegar a angularse de formas que solo el papel soporta.   Esos cuadriláteros en fila que procuraban ser columna vertebral donde pintamos de repente uno más chato que hace el papel de vértebra aplastada, o trazamos un saquito entre dos de ellos que se sale de la línea porque quiere ser una hernia discal.   Esos garabatos que intentaban explicar intervenciones, operaciones que en la mesa de la consulta hemos pintado sin asepsia.  Alguno se habrá lanzado con esa litiasis, esa bolita que quería ser una piedra, alojada en una judía blanca aspirante a riñón, o dentro de una pera aprendiz de vesícula... ¡confesadlo!  ¡habéis pintado la medicina alguna vez!

Yo sí lo hago, me confieso, y muchas veces.  El último lo hice para explicar como se hace un renograma, porque Joaquin no tenía muy claro de qué iba la prueba que el urólogo le había pedido y él ya había firmado.  Y venga a dibujar contraste en un riñón y en el ureter y en la vejiga, y en un lado una piedra y en el otro una vía urinaria libre.  Hice dibujos simples con trazos rápidos, que dejaron sobre la mesa casi un comic.  Nadie en su sano juicio hubiera hecho otra cosa que no fuese romper y tirar todas esas rayas en el papel, pero Joaquin me pidió permiso para llevárselos a casa y guardarlos.  Para él son la explicación de la prueba que le van a hacer, y quiere enseñárselos a Luisa que le va a acompañar. 

Se puede dibujar mucha medicina tirando de geometría, líneas y curvas.  En el último mes he dejado en los folios de consulta dibujos de una intervención de catarata, un ictus de ACM, una punción de nódulo tiroideo, una infiltración de fascitis plantar, una enfermedad pulmonar grave, una otitis media aguda, la forma de saber si un inhalador está vacío, la forma de hacer un test rápido de coronavirus...  Y os aseguro que no son dibujos a los que dedique más de 30 segundos y que aunque parecen chapuceros o inacabados, son garabatos muy valiosos para el paciente.  La mayoría me dice que se los quiere llevar, alguno hasta le saca una foto ante mi asombro.  

Y es que una imagen vale más que mil palabras, y estas valen todavía más.   Estas las creamos nosotros a la medida de nuestros pacientes, y les damos dinamismo al dibujarlas frente a ellos, son una viñeta de algo que sufren, de algo que les ocurre o les ocurrirá y que será o es parte de su vida.

Dos consejos daría a quien, estando en su consulta, tenga vergüenza de dibujar lo que le apetezca.  El primero es que la pierda, porque no hace falta dibujar bonito y no hace falta firmar los garabatos que hacemos (yo no lo hago), pero son de gran ayuda en el proceso explicativo de las consultas, para nosotros y para nuestros pacientes.  Lo peor que puede pasar es que el garabato acabe en risas, como cuando yo intenté dibujar una úlcera gástrica y el paciente pensó que era una gaita gallega.  Tuve que dibujar al helicobacter pylori bailando, no tuve otra opción,  El segundo consejo es que nunca, nunca, nunca, dibujéis encima de información confidencial, porque os sorprenderá más de uno pidiéndoos permiso para llevarselo a su casa. 

Y ahora confesad, ya habéis dibujado alguna cosa... ¿no os apetece probar alguna más? ¿Y si los mensajes que transmitimos en consulta quedaran fijados en la memoria de un dibujo?  ¿Y si dibujar fuera una forma de conectar más con nuestros pacientes? ¿De verdad que no os apetece?

domingo, 10 de julio de 2022

10/07/2022: La "J" tiene su lado oscuro

Yo siempre me presento por mi nombre.  Mi apellido es precioso pero complicado, así que digo mi nombre a mis pacientes.  Todos recuerdan que me llamo María, sin embargo, muchos me devuelven tantos apelativos que creo que los voy a anotar en mi diario.  

Los más frecuentes son los que hablan de la bata que llevo puesta.  La mayoría me llama "doctora", otros "médica", incluso alguno sale diciendo "¡está la sustituta!".  No sé muy bien si lo hacen simplemente por soltar la primicia en la sala de espera, o buscando dar la voz de alarma para que los demás puedan huir a tiempo antes de que les invite a pasar.

Pero hoy quiero destacar los que hacen referencia a mi "corta" edad.  Van desde "señorita", "joven" o "chica", hasta "niña" o "nena".  Escucharlos me produce unas cosquillas en el oído interno que, dependiendo del tono, el contexto y la actitud del emisor, pueden ser cariñosas o, a veces, un poco desagradables.  

Y es que me he dado cuenta de que la "J" del título de mi diario, tiene su lado oscuro.  Cuando eres una joven médica de familia (JMFyC), y además aparentas serlo, tienes que demostrar tu capacidad con más esfuerzo que tus colegas médicos mayores, casi siempre.  No me parece injusto, a veces me parece agotador.  

Aunque asumo que este hándicap me va a acompañar un tiempo, aunque intento superar con elegancia el "niña, ponme bien la receta", y no brotarme con los "tú dame la baja nena"... Prometo que hay frases que me descolocan por completo:

  • "¡Qué suerte que tengas trabajo al terminar la carrera!"
  • "¿Ya terminas las prácticas?"
  • "Si no es indiscreción...¿Cuántos años tienes hija?"
  • "¿Y qué especialidad harás cuando acabes?"
  • "¡Qué gusto da ver médicas tan jovencitas!"
  • "Mi nieto empieza este año medicina, ¡igual vas a clase con él!"
  • "¡Trabajas muy bien para la edad que tienes niña!"

Al oírlas debo abrir los ojos como platos, mirando al paciente mientras sufro un síndrome de Benjamin Button que me va quitando años de encima rápidamente.  De repente noto que la bata me queda muy muy grande y yo me vuelvo muy muy pequeña.  En medio de estas escenas no me queda más opción que reírme mucho, agradecer lo que decido tomarme como un cumplido y explicar que ya no soy estudiante, ni practicante, ni MIR.  

Soy JMFyC, y la "J" está llena de energía pero a veces cuesta manejarla, es toda ilusión pero también inexperiencia, te da un aire como fresco pero a veces te devuelve un vendaval en contra.  La "J" es como una revolución interna algunos días, en los que me siento pequeña y grande a partes iguales.  La "J" es como el punto medio entre lo mucho que ya he superado para llegar a esta consulta, y todo lo que aún me queda por vivir dentro y fuera de ella.  

Igual es que de todo esto, mucho antes de que lo hiciera yo, los pacientes ya se dieron cuenta.  Igual me lo están haciendo saber con ocurrencias que me sacan una sonrisa en medio de la consulta.  Quizá sea más evidente de lo que creo que ahora soy JMFyC.

jueves, 30 de junio de 2022

30/06/2022: Consulta sagrada con Quique

Quique esperaba tener una cita con su médico porque ya no puede más.  Pero abre la puerta de la consulta y su médico hoy no está, hay una chica a la que no conoce.  Pero eso hoy importa poco porque Quique, hoy, no puede más.

Se sienta y la mira, le ha preguntado "¿qué necesitas?".  Quique tembloroso sólo puede contestar "¡ayuda!" antes de empezar a llorar desconsoladamente.  

María hoy tiene un día complicado, han surgido a lo largo de la mañana varias visitas a domicilio que tendrá que hacer dentro de un rato.  Aún le quedan varios pacientes a los que atender en la consulta y Quique, un hombre de edad media aparentemente sano, pinta fácil de solucionar.  Lo llama por la megafonía y en ese instante se conocen.

María sabe que algo pasa, Quique parece muy preocupado por su mirada y por la forma en la que toma asiento.  Decide presentarse y preguntarle "¿qué necesitas?".  Su sospecha se confirma cuando la desesperación rompe a llorar ante ella, pidiendo ayuda.

Y así es como empezó una consulta sagrada hace unos días.  En ese momento todo desapareció de la consulta salvo María y Quique, el ordenador se evaporó, el tiempo se detuvo, las prisas se pospusieron, la confidencialidad se hizo más fuerte, la confianza los envolvió poco a poco y sólo hubo espacio para una larga conversación que no sería fácil para ninguno de los dos. 

Quique había roto su vida definitivamente la noche pasada.  No se había dado cuenta de que una desconocida pero terrible adicción lo había ido engullendo sigilosamente durante los meses previos; alejándolo de las cosas que le gustaban, de su pareja y del resto del mundo real para secuestrarlo en una celda virtual de la que ahora se veía incapaz de salir.  

María escucha el relato de una derrota que no le resulta extraña.  Por eso intenta que la contratransferencia quede oculta, contiene las lágrimas y calla mientras revive infiernos pasados.  Cuando él termina de hablar, ella decide convertir su experiencia en la ayuda que le ha pedido.  

Él está decidido a rendirse y cambiar, ella conoce algunas formas para lograrlo.  Él se va haciendo consciente del problema y va intuyendo el largo camino que ese mismo día inicia hacia la recuperación; ella va sanando una herida antiigua y confía en que él pueda sanar la suya también.   Él se marcha con las pautas para dibujar una vida nueva con paciencia, ella se queda y sabe que le dedicará un dibujo.  Él le da las gracias al salir y pregunta si estará en la siguiente consulta; ella explica que ahora será su médico quien le acompañe y aunque querría darle las gracias sólamente le desea mucho ánimo, le regala una sonrisa y le pide que cierre la puerta.    María no podía más, tras la puerta llora por un dolor antiguo y una alegría nueva. 

lunes, 20 de junio de 2022

20/06/2022: Médica en los huecos

Se cumple mi primera semana como JMFyC (joven médica de familia).  Como ya sabéis por la maravillosa profesión que he elegido, me dedico a las personas.  Ahora vengo a explicaros porqué, en mi situación laboral actual, también me voy a dedicar a los huecos. 

Imagina que conoces a tu médica de familia desde hace muchos años.  Un día pides cita para ir a verle y contarle algo que te preocupa.  Tu médica ha reservado esas fechas para tomarse unas merecidas vacaciones.  Así que, inesperadamente, abres la puerta de su consulta, pero ella no está dentro, sólo hay una chica muy joven sentada en la silla que te mira y te sonríe.  Ella te recibe con una frase que, aunque tú no lo sabes, ha repetido ya decenas de veces:

"Buenos días (aquí viene tu nombre).  Hoy la Dra. (aquí viene el apellido de tu médica) no está.  Yo soy la Dra. Escori, soy María, encantada.  Cuéntame ¿en qué puedo ayudarte?"

Pues esa chica soy yo.  A partir de ahora voy a colarme en las consultas de los MFyC mientras disfrutan de sus vacaciones y permisos para "sustituirles" mientras no estén.  Vale, entonces soy "sustituta" ¿no?... Jope, esa palabra me chirría cada día un poco más.  

Yo siempre he pensado que el MFyC es insustituible para cada uno de sus pacientes, porque uno de los valores más importantes de la atención primaria es encontrar a la misma persona siempre que abras la puerta de su consulta (a esto lo llaman longitudinalidad).  Para eso es para lo que me he formado, para ser la MFyC tras la puerta.  

Por eso, ahora que ya no tengo ni consulta ni puerta, tendré que aprender a ser lo que yo llamo "médica en los huecos".  Porque cuando tu MFyC deja su "hueco", es muy importante que puedas contar con alguien que te atienda, que te escuche, incluso que cuide de ti.

En estos "huecos" tengo que aprender a gestionar agendas muy diferentes, conocer pacientes nuevos a diario, haciéndome una idea general rápida antes de cada consulta.  Tengo que ser capaz de diferenciar las decisiones que no pueden esperar y esas que es mejor que tome el MFyC que conoce a sus pacientes.  Intento trabajar poniendo en valor lo que anteriormente ha hecho el médico que falta.  En consulta, las conversaciones son algo más complicadas, porque para una buena comunicación sólo hay algo peor que no conocer a mis pacientes, y es que ellos no me conozcan a mí.  A veces me toca decir que sí y otras decir que no, intento hacerlo siempre con la misma serenidad, paciencia y respeto.  Si consigo todo esto, no será sin esfuerzo.

Soy consciente de que la forma de trabajar de cada médico se va a expresar en la manera en la que los pacientes se van a acercar a mí y demanden mi tiempo, procuraré ser constante y equitativa con ellos.  Sé que los sucesivos cambios de compañeros de enfermería y sus diferentes dinámicas de consulta me condicionarán, intentaré ser flexible. 

Pensándolo bien, no es sencillo ser una buena "médica en los huecos".  Por suerte puedo contar con la paciencia del equipo, la comprensión de mis compañeros y la indulgencia de los pacientes.  Por fortuna, tengo a mi lado a muchos MIR MFyC que están viviendo esta transformación conmigo.

Tengo algo que decirles a todos esos "médicos de los huecos".

Lo que estamos haciendo es difícil, pero es muy importante; nos supondrá mucho esfuerzo, pero valdrá la pena; sobre todo cuando escuchéis "gracias, espero volver a verte", sobre todo cuando acompañéis a quien os necesita aún sin conocerle, sobre todo cuando le demos el valor que merece a cuidar en la ausencia del que cuida.  ¡Ánimo compañeros!

lunes, 13 de junio de 2022

13/06/2022: "Médica, como su madre"

Querido diario, esta primera entrada quiero dedicarla a alguien especial que hoy viene a mi recuerdo constantemente.  Permíteme que empiece entonces de otra forma.  

Querida abuela Chon:

Hoy me he acordado de aquellos días en los que salíamos a pasear tú, con tu lista de la compra, y yo, con mis 6 años.  Recuerdo que me cogías fuerte de la mano para que no me escapase cuando parábamos a saludar a esa vecina que a menudo te preguntaba: "¿y María qué quiere ser de mayor?"  Recuerdo que tú, orgullosa, contestabas: "médica, como su madre".  

Me hice mayor y decidí que sí, que la medicina era para mi.  Pero si podía elegir, no quería esa medicina de familia de mi madre.  Esa que hacía que pasase más horas en el centro de salud que conmigo, no quería esa medicina que le hacía conocer a todo el pueblo y coger capazos allá donde fuésemos, esa que le obligaba a perderse fines de semana y noches en casa, esa que le hacía estudiar tantísimo mientras yo dibujaba...   Aunque yo nunca quise ser médica de familia, tú seguías contestando "médica como su madre".  Y yo pensaba: "mi abuela no tiene ni idea".     Pero hace tiempo que me di cuenta de que sabías muy bien lo que decías, de que me conocías mejor que yo misma.   

Siento haber tardado y siento que te perdieses el día que entré en la facultad, el día de mi graduación, el día que cogí la plaza de MIR MFyC, el día que conseguí mi especialidad... y que hoy no estés aquí para ver esto, porque hoy ha sido uno de esos días más importantes de mi vida.  

He empezado a trabajar en el centro donde me formé.  Me han regalado un maletín nuevo, he comprado una agenda que se va a llenar de notas y nombres, tengo llaves que abren muchas puertas porque cada poco tiempo voy a mudarme de consulta, me he rodeado de buena gente que me puede echar una mano si lo necesito, llevo una foto tuya en el móvil por si algo no fuera del todo bien, por si te vuelvo a echar tanto de menos como hoy.  

Pero tú no te preocupes por mí, la ilusión no me cabe en la mochila abuela, esto es lo que siempre hemos querido, este es mi sueño, hoy soy Médica de Familia y Comunitaria.  

Abuela, hoy soy médica como mi madre, baja un momento a verlo. 

09/02/2026: ¿Estamos las mujeres empastilladas?

El pasado viernes 6 de febrero tuve la oportunidad de congregar a más de sesenta mujeres de la comarca en la que trabajo, el Matarraña (Teru...